Tecnología virtual, cansancio real

 en Rodolfo Morán Quiroz

Luis Rodolfo Morán Quiroz*

Una de las más notables transformaciones de la pandemia de coronavirus en las vidas de quienes nos dedicamos a la enseñanza ha sido el traslado de algunas de nuestras actividades del aula a la realidad virtual. Como docentes, éramos conscientes ya que la educación no se agota en las horas de interacción entre estudiantes y profesores, sino que requiere de prolongados periodos de preparación y práctica. En ocasiones hemos escuchado la crítica a algunos estudiantes que sólo “van a ver qué pescan” y a algunos docentes “que van a improvisar” (o peor, que usan la sesión para hablar de ellos mismos sin sacar siquiera una moraleja atingente para la asignatura). Sin embargo, cuando hay interés en aprender, queda claro que el aprendizaje de docentes y de estudiantes se realiza durante muchas horas más de las transcurridas en los momentos en que intercambian ideas, argumentan, establecen directivas para los productos a realizar.
Las medidas para evitar los contagios durante la pandemia nos han limitado radicalmente en las interacciones directas con los estudiantes y con otros docentes. Y el uso de las tecnologías remotas nos ha permitido continuar la comunicación. A pesar de sus bondades, hemos caído en la cuenta de que la cantidad de horas de interacción a través de las tecnologías representa también un uso distinto de las energías. Mientras que, por una parte, reducen los desplazamientos y, con ello, la huella de carbono asociada a los traslados de decenas de personas a las escuelas, por el otro implica considerar a los espacios de la vida íntima como parte de la vida laboral.
Estudiantes y docentes solemos hacerlo: estudiar, leer, preparar las sesiones en casa, pero rara vez habíamos sustituido tantas horas de interacción directa en la escuela por interacción virtual que se realiza desde nuestros hogares. En las semanas transcurridas en el encierro, muchas personas se han enfrentado a la necesidad de combinar distintos roles como docentes, trabajadores de oficina, padres y madres de familia y estudiantes.
Durante esas semanas, he escuchado o leído comentarios de algunas personas que señalan que trabajan más horas en la realidad virtual de las que solían requerirse en el trabajo presencial en el aula (sin considerar el trabajo que de todos modos ha de realizarse fuera de la interacción con los estudiantes y las tecnologías). Algunas de esas personas han tenido alteraciones en los ritmos de sueño, han tenido que dar retroalimentación y asignar o resolver tareas con mayor frecuencia e intensidad, algunas han tenido cefaleas o ardor de ojos por el prolongado uso de pantallas. Estudiantes de distintas edades se quejan de stress y de la presión que representa tener fechas más rigurosas para la entrega de tareas.
En las instituciones educativas se han tenido que enfrentar con que los progenitores no están capacitados para orientar a los hijos en el manejo de las tecnologías, lo que se une al problema de no estar familiarizados con varios de los contenidos de las asignaturas. Lo que representa, en parte, la ventaja de que ahora los progenitores han de informarse mejor acerca de los temas que abordan sus hijos y cómo los resuelven. En varios casos, incluso en países desarrollados, ha sido notable la “brecha digital” y en algunas regiones han optado por adelantar la conclusión del ciclo escolar a falta de los aparatos o la capacitación en su uso.
Por otra parte, ha habido algunos estudiantes que encuentran en el trabajo en casa una reducción en las presiones para levantarse a determinadas horas, en las exigencias de uniformes o ropas formales, en la presión por entregar o en la irritación de maestros o progenitores por los horarios. En algunos casos, han logrado ajustarse con cierta naturalidad a las dinámicas de la tecnología, lo que no deja de representar una gran pérdida en las oportunidades de interacción directa. Algunos docentes comunican que sus estudiantes se distraen con otras actividades simultáneas mientras participan en reuniones en línea. En todo caso, estamos todavía probando en qué medida la educación virtual nos genera algunos desgastes (como el uso prolongado de pantallas) y nos salva de otros (como la tensión de trasladarse en determinados horarios).
Habrá que reconocer, empero, que esta modalidad de enseñanza-aprendizaje no estaba en los planes de muchos de los docentes y estudiantes y que no podrá prolongarse durante muchas semanas o meses más, en espera de las vacunas o los tratamientos más efectivos para combatir a la COVID-19.

*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología del CUCSH de la UdeG. rmoranq@gmail.com

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