Somos contradictorios

 en Rodolfo Morán Quiroz

Luis Rodolfo Morán Quiroz*

Una mañana, cuando cursaba el quinto de primaria, al mostrarle mi tarea de inglés a Mrs. Moore, sólo atinó a expresar su asombro ante mis garabatos: “take your time!”. Así que, en delante, tanto en clase como en la realización de mi tarea, empecé a escribir lo más lento y claro posible. Hasta que, en alguna otra ocasión, se desesperó por mi lentitud y se olvidó del primer consejo para sustituirlo por un apremiante: “hurry up!” De ella me quedé con dos enseñanzas: una forma especial de escribir la letra “r” que a mi madre no le gustó jamás, pero que desde entonces ha formado parte de mi conjunto de garabatos, y la sensación de que, como maestros, “we are of two minds”.
Un poco en consonancia con la canción de “Bésame morenita” (“no muerdas tan duro no seas goloso” y “ese mordisco no sabe a nada”) esperamos que los estudiantes sean capaces de autorregularse a partir de instrucciones poco claras. Solemos pedir que los estudiantes se esfuercen al máximo, mientras que nosotros bajamos la guardia cuando comienzan a exigir mayor ritmo o mejores explicaciones en nuestros cursos. Pedimos trabajos que deben alcanzar una calidad que no siempre somos capaces de ejemplificar; esperamos puntualidad y constancia de su parte, mientras que no logramos cumplirlo nosotros; cuando pedimos productos en los que se cuide cada detalle es raro que logremos revisar y dar retroalimentación para cada parte de lo realizado.
No solo en el contexto del aula nos contradecimos, sino que lo hacemos con nuestros comportamientos fuera de ella: nos proponemos bajar de peso y, a la primera oportunidad, nos excedemos con los tacos, la rosca de reyes, los tamales. A nuestra pareja o a nuestros parientes y amigos les prometemos amor eterno y después enfurecemos a tal grado que quisiéramos no volver a saber de ellos jamás. Nos proponemos levantarnos temprano y hacer ejercicio y resulta que el día programado para iniciar nuestros nuevos regímenes es cuando más tarde despertamos.
Así que en la escuela no es de extrañar que sigamos siendo contradictorios. Proponemos que nuestros estudiantes recuerden muchos recovecos de nuestras asignaturas y, en la primera oportunidad, les tenemos que confesar que hay secretos de nuestra especialidad que todavía no manejamos. Exigimos que las tareas se entreguen en determinadas fechas y en determinados formatos y luego olvidamos cuándo y cómo era requisito que se hiciera la entrega. A veces nos quejamos por falta de intervención de las autoridades representadas por los funcionarios a los que ya nos les creemos que harán lo que prometen. Y a veces nos quejamos de que algunos funcionarios tengan iniciativas acordes con algunas normas que habían dejado de aplicarse por fuerza de la costumbre.
Si, efectivamente, resulta verdad que “es de sabios cambiar de opinión” y contradecirse, entonces estamos de camino hacia la sabiduría… o quizá hacia la estulticia. Sí sé que no hay que contradecirse tanto, pero ya tampoco sé si será lo más adecuado…

*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología del CUCSH de la UdeG. rmoranq@gmail.com

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