Silencio

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

El músico y filósofo norteamericano John Cage compuso en 1952 la obra musical “Cuatro, treinta y tres”, tiempo durante el cual no se toca una sola nota, para demostrar que el silencio es imposible.
En la civilización del ruido, la tele es una deidad complaciente. Reproduce con exactitud asombrosa nuestros excesos auditivos: palabras, canciones, sonidos cotidianos, onomatopeyas del tedio…
Bandas musicales como Rammstein maniobran como paladines del escándalo. La afinación se mide bajo los automotores que pueblan las calles con la cacofonía de los fierros. Ahí, el camotero practica una forma de sinestesia: sus productos desnutren lo mismo orejas que panza. En el estéreo del coche, El Recodo consigue redefinir el disgusto desde la filosofía musical de los platillazos, los tubazos sin partitura y los argumentos vocales de melifluas impostaciones. Fastidiar es su mejor atributo.
En un mundo que no se calla, las cabinas del silencio pregonan su fracaso. Aíslan, pero no cancelan el murmullo. Están diseñadas para evitar el vicio de su propio ruido, no para conseguir el silencio absoluto.
Ni siquiera los tapones evitan el latido cardíaco que fluye de adentro del cuerpo. Incluso dormidos, el oído se ancla en los rumores que percibe para traducirlos en imágenes que son sueños. Las pesadillas son el resultado de los sonidos que nos lastiman, que nos provocan.
La jerarquía del alboroto recurre a los gritos de las ballenas como terapia de relajación. En ese catálogo incierto, los trinos de los pájaros permiten la meditación Zen.
Existen aparatos auriculares que transportan la alharaca de manera individual. Un hombre con audífonos que canta exhibe la pantomima del alboroto privado. El ruido puede individualizarse, pero no evitarse. Puede merecer logros eufónicos pero no la total, pretendida afonía.
Sólo los astronautas adquieren el privilegio de no oír nada. Desde el espacio exterior, la Tierra es un sitio azul y silencioso. La frontera atmosférica nos regresa a la perpetuidad del sonsonete. Nuestro planeta está compuesto por oxígeno y escándalo. La manera como éste se organiza y canaliza ha generado una gran diversidad cultural a través de la historia.
Como una guerra franca contra su propia naturaleza, los monjes se niegan a la transmisión de la palabra oral. Rezan en la mente y realizan actividades insulsas. Aún su silencio falso es una forma de ennoblecer el ruido. Las oraciones son ecos de fonemas primigenios con que tocan a Dios. La negación vocal recalca su condición de seres sonoros en la partitura de la Creación.
Puede que en el fondo seamos el ensayo de la sinfonía de una deidad. Quizá sólo ruido.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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