Sembradores

 In Rubén Zatarain

Rubén Zatarain Mendoza*

En el medio rural, los padres, primeros responsables y aliados en el proyecto formativo de las infancias y adolescencias, siembran, y al sembrar, educan.
Educan en el valor del trabajo, el valor de la puntualidad y la colaboración.
El hogar, el camino y la parcela se constituyen en una escuela de vida en materia de valores.
El maíz, el frijol, las calabazas, entre otros cultivos, otorgan la oportunidad de aprender valiosas lecciones de naturaleza y ciencia.
La semilla en las pequeñas manos, la explicación parca del proceso de ponerla en la tierra a la profundidad indicada, la coordinación ojo, mano y pie, el zurco, el coamil.
El número, la correspondencia, el peso, el método.
La retroalimentación de la palmada en el hombro, de la mirada de aceptación, el intercambio de miradas en ese clima de integración y confianza en la atmósfera de relaciones entre padres sembradores e hijos aprendices.
El horizonte y el paisaje en los cuatro puntos cardinales, el viento, el calor, los insectos que ocasionalmente chocan en los rostros.
El valor del agua, la lluvia que moja las humildes ropas, el sol de la tarde que evapora las últimas energías.
El valor de la humedad, los colores y las temperaturas de la tierra, los cielos y el día que se extiende como un reloj para todos.
La germinación y el crecimiento progresivo. La visión de cosecha futura, el producto del esfuerzo individual y colectivo. La tierra y sus bondades, la tierra y sus exigencias.
Observar cómo emergen los brotes de su sueño, mirar con orgullo el primer saludo de las plantas en los escasos días transcurridos.
La imaginación brota a la par de aquellas líneas de plantas que buscan su dotación de luz solar.
La mirada del sembrador adulto, del sembrador niño, brilla con el sol del nuevo día, brilla y saluda con amor a cada una de sus pequeñas plantitas.
De la semilla al tierno germinado, la vida de las plantas que murmuran su lenguaje de vida y adaptación.
Observar las diferencias e identificar las tiernas hojas que, cual aguzados mástiles, inician su viaje y desarrollo.
Los ojos de los pequeños sembradores no ven las raíces, pero saben que invisibles se hunden casi proporcionalmente, en sincronía con las hojas que buscan tocar el cielo.
La integración de luz solar, humedad, tierra y manos trabajadoras, la psicogénesis de la agricultura y sus grandes lecciones de vida.
La psicogénesis de la habilidad, el manejo de la herramienta, el azadón, el machete, las tareas de quitar las hierbas.
El sombrero sobre las pequeñas cabezas, el sudor que seca y vuelve.
La ampolla, el callo, el tropezón entre las piedras, aprender a sortear los escollos del camino inexistente entre los lomillos de los surcos.
Toda la humanidad y civilización que ha hecho el descubrimiento de la agricultura en esa imagen común del ciclo de siembra, los saberes transmitidos generacionalmente en este nuevo ciclo de optimismo y esperanza.
La mano que se educa progresivamente en sus habilidades psicomotoras, el padre sembrador que asiste al hijo que aprende el viejo arte de sembrar, de hacer agricultura.
Sembrar, cuidar, fertilizar, llorar las pérdidas que dejan el granizo o la inesperada inundación en las partes bajas de la parcela cuando hay exceso de lluvia.
El duelo por lo que no cristalizó y la tolerancia a la frustración, la resiembra y la actitud que se fortalece.
Sembrar es un poema, pero también un imperativo de necesidad y sobrevivencia.
Las lecciones emocionales del campo y la moderación del optimismo, la naturaleza que siempre marca la pauta, el campesino y el casi natural acercamiento a lo teológico como proyección de sus deseos de cosecha, la transmisión de virtudes como la entereza y la paciencia.
El campo y sus lecciones gratuitas sobre sustentabilidad y conciencia ecológica. El riesgo de plagas, los roedores que merodean, las aves que revolotean y también esperan la llegada de los granos y frutos.
El niño y los ciclos del sol en un lapso de doce horas, la toma en familia de los frugales alimentos, el arte de cultivar virtudes como la paciencia, la solidaridad, la escucha de la rica comunicación paraverbal alrededor de la mesa de la familia rural.
La profunda relación entre tierra y campesino. La paternidad en el campo que fluye con otros valores e imperativos, la educación socioemocional de los “te amo” restringidos.
Las lecciones de vida alrededor de la convivencia y el trabajo familiar.
Hacer las cosas, afilar las herramientas, fortalecer los lazos.
El sentido de comunidad y pertenencia, la progresiva integración y conquista de un lugar en el núcleo familiar.
La siembra y la producción de alimentos, los sembradores que transmiten sus saberes y conocimientos a las nuevas generaciones: enseñar haciendo.
Las biografías de esos niños y adolescentes ahora en vacaciones, esculpidas con ese componente del trabajo en el campo: ellos hacen y se apropian de las habilidades observando, comunicando, leyendo el código de la tierra a través de sus manos: aprender haciendo.
El libro de la naturaleza que abre cada día y les aporta esa imagen, ese nicho ecológico donde concurren manifestaciones de la diversidad vegetal y diversidad animal, con sus colores y sonidos, con riesgos y oportunidades.
La rica educación extraescolar que sucede en las parcelas, en los caminos, en los arroyos y lagunas y charcas. La espina del huizache y del nopal, que también son maestras.
La escuela en la lejanía, cerrada por ahora, que siempre tendrá como reto apropiarse de los saberes y conocimientos comunitarios en cada uno de los portadores, en cada uno de los sembradores que por un turno dejarán los utensilios de labranza en el ya próximo ciclo escolar.
Tomarán sus libretas, lápices y libros y volverán a significar otras maneras de cultivar el futuro a través de la labranza de educadoras y educadores.

*Doctor en Educación. Profesor normalista de educación básica. zatarainr@hotmail.com

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