Que decida Benito

 en Rodolfo Morán Quiroz

Luis Rodolfo Morán Quiroz*

Cuentan algunos italianos que el trazado de las rutas del transporte metropolitano por tren en Roma, al principio resultó muy fácil: Benito Mussolini decidió por dónde habrían de pasar los trenes. Iniciadas en 1930, las obras no se iban a detener por detalles menores como la existencia de ruinas del imperio romano. “¡Por aquí!”, era el úkase del Duce. Y no había habitante de la ciudad ni ingeniero que se atreviera a contradecirlo. La participación de Italia en la Segunda Guerra Mundial trastornó las obras iniciadas por Mussolini, que debían estar listas para la exposición universal de 1942 (que no se realizó), y el transporte metropolitano de Roma se inauguró finalmente el 10 de febrero 1955. Con todo y sus orgullos imperiales, esta ciudad cuenta con un tren urbano de apenas 60 kms. menos extenso, aunque con un trazado más recto que el de la Ciudad de México.
Después de las primeras rutas, el proceso se volvió más complejo y había que considerar no sólo los puntos de partida y destino, como había hecho Mussolini, sino los lugares por los que pasaría, los recursos y las personas a las que afectaría y transportaría, además de diversas cuestiones técnicas. Por eso, algunos italianos decían: “la democracia echó a perder el tren”.
En el ámbito educativo de Jalisco, ocurre todavía que muchas de las decisiones, que en otras instituciones se toman de manera colegiada, quedan en manos de un sólo Duce, César, Káiser, Zar, caudillo o, en los lenguajes originales de estos territorios, caudillo o Tlatoani. Juan Gabriel parece establecer el tono de la reflexión: “¿pero qué necesidad? ¿para qué tanto problema?”, si don Benito puede decidir, ¿para qué meternos en establecer y encausar procesos democráticos? La democracia es costosa, no se puede tener satisfechos a todos, implica mucha discusión; sobre todo, es compleja y requiere tomar en cuenta muchos argumentos, los impactos negativos y positivos que tendrán las decisiones y las acciones sobre distintas poblaciones.
Así que las instancias que fueron diseñadas y cuyos estatutos fueron redactados para democratizar y reflexionar las decisiones de las más importantes instancias educativas de Jalisco, se acabaron convirtiendo en simples portavoces de las decisiones del Duce. Que decida él, parecen expresar quienes componen esas instancias que, en teoría, deberían tomar las decisiones y que simplemente acaban anunciándolas y emitiendo un voto que ya ha sido determinado desde la única conciencia que tiene peso. ¿Para qué argumentar, sopesar, capacitar, decidir trayectorias, si la participación como cortesanos leales al monarca es el criterio más importante a tomar en cuenta?
Parecería que no hemos aprendido que dejar en manos de un líder omnisciente (o de su pequeño sanedrín) el peso de las decisiones, más que quitarnos la responsabilidad de las acciones que se derivan, nos convierte en dependientes, apáticos, cínicos e irresponsables. Dejar que decidan otros lo que se debería determinar tras la deliberación en el ágora o, al menos desde las cátedras universitarias, acaba por retrasar y pervertir los procesos de decisión, de destino de los recursos, de los tiempos e interrelaciones de los procesos universitarios. Y perpetúa una tradición de paternalismo y dependencia ligada a la formación de clientelas y cortesanos. Habría que revisar la historia; habría que anticipar qué sucederá cuando Benito ya no esté para decidir, en instituciones que no se han preparado para tomar las riendas de su propia conducción.

*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología del CUCSH de la UdeG. rmoranq@gmail.com

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