Prohibir la realidad

 In Jaime Navarro Saras

Jaime Navarro Saras*

Hace muchos años, cuando aún existía la sala de cine El cinematógrafo, que ante se llamó Acuario, ubicado por la avenida Vallarta en la Colonia Americana de Guadalajara, el cual era de los pocos, junto al Greta Garbo que se proyectaban películas que valían la pena; una ocasión se presentaba El tambor de hojalata, basada en la novela de Günter Grass. Estando en la fila para entrar, y al cual acudíamos casi los mismos, estaba, entre otros, un viejo amigo, Manuel Huerta Wilde, un psiquiatra reconocido y un maestro inolvidable para quienes estudiaron en la Escuela Normal Superior de Jalisco, iba en grupo y junto con él iba una niña entre 11 o 12 años a quien no se le permitió pasar porque la clasificación de la película era para mayores de 18 años, por más que le explicaron de la madurez de la infante al personal que recogía boletos en la entrada, no la dejaron pasar y uno de los adultos se quedó con ella afuera y supongo que la llevó a tomar una nieve o algo así.
La prohibición de menores de edad para poder entrar al cine a mirar una película con clasificación para adultos era lo común, pero no en todos los cines. Había unos cuantos, sobre todo los que se ubicaban de la Calzada Independencia hacia el oriente o algunos otros como el Cuauhtémoc, el Tonallan, el Azteca y el Roble, que me quedaba muy cerca. Los vendedores de boletos y el personal de la entrada se hacían de la vista gorda y nos dejaban pasar a ver películas de adultos donde el desnudismo era lo común. Es más, cualquier telenovela de hoy en día, y con los criterios de la década de los 60, 70, 80 y quizás 90 del siglo pasado, eran consideradas para mayores de edad y el hecho de que estén disponibles para cualquier persona ha quitado ese velo propio de la Inquisición. No digamos las plataformas; hoy en día depende de las familias poner ese tipo de restricciones a niños, niñas y adolescentes, lo cual suele no suceder porque hay exceso en la práctica y cultura por consumir contenidos que generan influencia y manipulación en el lenguaje, la moda, las conductas, no sólo de los menores, sino de toda la población que consume contenidos que son manipulados por las plataformas y las redes sociales para someter mentalmente a la población.
La reciente multa al gigante tecnológico Meta demuestra que las plataformas de Facebook e Instagram son fuertemente adictivas, sin más fines que mantener mucho tiempo a los usuarios en ellas, cuyos propósitos son eminentemente comerciales y poco educativos, lo cual se venía diciendo por expertos desde hace años. Algunos países se vieron en la necesidad de prohibir el uso de celulares, tablets y demás medios en las escuelas, tanto por estudiantes como por el personal, incluidos directivos y docentes. En México se tiene previsto para este ciclo escolar hacer lo mismo y que las escuelas se centren en actividades ajenas a ello. Pero qué va a suceder en casa, ¿acaso los padres y tutores se verán en la necesidad de hacer lo mismo o vigilar de una manera más estricta su uso? Eso está por ver.
Lo cierto es que el tema no tendría que centrarse en el uso o no de los celulares en la escuela o en la vida misma, sino en los procesos de su uso, en lo que le aporta a las personas y la posibilidad de desarrollar herramientas metodológicas encaminadas al poder hacer, pero hay muchos peros y estos se centran en las bases educativas y culturales que carece la población. Al uso de tecnología se entró sin ningún tipo de instrucción escolar; las personas aprendieron a través del ensayo-error y apoyados por los que más saben. De hecho, a la fecha hay múltiples niveles del manejo de los celulares y de los programas y aplicaciones que desde allí se consumen; lo mismo hay personas que con esos teléfonos inteligentes sólo hablan por teléfono y ven videos, hasta otras (las menos) que producen contenidos y se han hecho de tecnología sofisticada para generar productos que les generan recursos y una fuente de empleo atractiva (y no me refiero a los denominados influencers o personajes de OnlyFans). De hecho, el uso de dispositivos da para ello y mucho más; todo es cuestión de propósitos definidos.
Sin embargo, y conociendo cómo se dan las cosas en México, esta decisión gubernamental poco a poco se irá desvaneciendo y en unos meses o antes de que termine el ciclo escolar las cosas volverán al punto desde donde partimos porque el fenómeno del uso de celulares y pantallas ya nos rebasó; a los padres de familia se les hace de lo más fácil darle un celular a sus hijos para mantenerlos tranquilos que invertirle tiempo e imaginación para interactuar con ellos y apoyarlos para que sus tiempos libres y de ocio requieran de un humano real y no uno virtual para aprender lo que la familia está obligada a realizar para el bien social.
Veamos y seamos testigos de lo que sucederá con esta prohibición de aquí a unos años. Lo cierto es que la niña a la que no se le permitió acceder al cine a mirar El tambor de hojalata en 1979 en la actualidad es adulta; a ella y a todos los de su generación se nos prohibió mirar películas de adultos porque había cuerpos desnudos y, en cambio, podíamos entrar a ver películas del Santo, quien luchaba contra monstruos y hasta contra la mafia, donde la violencia y los hechos de sangre estaban por doquier. Gracias a esa clasificación moralina, se nos negó ver el cuerpo humano desnudo, pero se nos presentó como algo normal la muerte, la violencia y demás cuestiones donde se confrontan los “buenos” y los “malos” en las ficciones del cine mexicano y Hollywood; al tiempo, el manejo del cuerpo se hizo una industria y la violencia una forma de vida. Así de triste es nuestra realidad.

*Editor de la Revista Educ@rnos. jaimenavs@hotmail.com

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