Periodismo

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

El periodismo en México durante la época del priato corrió la suerte del estoicismo riesgoso o del embute descarado. Época de la conformación de las instituciones y el corporativismo que garantizaron la sucesión presidencial y la quietud de las masas.
Los periodistas sin moral desarrollaban su labor para distribuir disimulo. Los políticos corruptos y los empresarios con cola pagaban una renta considerable para evitar la denuncia o la exhibición.
Enrique Serna lo retrata sabrosamente en “El vendedor de silencio”. Carlos Denegri, el protagonista, representa ese periodismo mexicano al servicio de los gobernantes. El “chayote” como práctica corriente; el “guayabazo” como editorial con tendencia que ilustraba a las masas y delineaba lo que convenía a los perversos.
Bajo la Inquisición que lideraron los empleados de Gobernación, Julio Scherer y otros románticos de la noticia soportaron los golpes bajos, los allanamientos y las calumnias como mártires sin adeptos.
Los Denegri se multiplicaron y profesionalizaron en un régimen de complacencias y amenazas donde se dirimían las diferencias a balazos. En tal contexto se estructuró nuestra política. Los medios de comunicación recibían un pago permanente para decir lo permitido y callar lo peligroso.
Una época en que la televisión fue factor clave para mostrar y ocultar. Con su vasta cultura, Zabludowsky es hijo predilecto del sistema. Anunciaba las noticias con una seguridad que no dejaba lugar a dudas: la realidad podía ser contemplada desde el beneficio de los anunciantes y la censura de los secretarios.
La verdad era un ejercicio de puertas adentro. Las familias comunes interpretaban, compartían y se resignaban a un estado inamovible de cosas.
El comunicólogo McLuhan dijo alguna vez que “el medio es el mensaje”. Aunque después se retractaría, queda claro que el control de los “mass media” permite y tienta una postura. En este sentido, el advenimiento de la red digital ha democratizado las posiciones. No hace falta una presencia oficial que desentrañe el acontecer. Por el contrario, las opiniones de los neófitos son las que marcan tendencia y la suma de todas populariza su explicación. Ahí también el riesgo: donde todo puede decirse, nada parece cierto. La verdad defendida con el propio prestigio por los periodistas honestos hoy es sólo una postura más.
El periodismo no expone certezas: únicamente las muestra. El porqué admite argumentos, bandos, ditirambos. Nadie lee noticias (ni las ve). Éstas se expresan al oído o a través de la pantalla del teléfono celular, previamente procesadas por espontáneos más o menos aptos.
La realidad es un caleidoscopio en espera de intérprete. Adiós a los Denegris y Zabludowskys. Ganamos perdiendo.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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