Periodismo del absurdo

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

El teatro informativo tiene consecuencias. Sujeto a investigación por parte de la Fiscalía, Loret de Mola lo confirmó de forma empírica: pasó de rockstar del teleperiodismo nacional a conductor sin escrúpulos en unas cuantas “Mañaneras”. Se demostró que alguna de las notas publicadas en su noticiero estelar de Televisa, fue un montaje. Así lo han declarado desde hace más de quince años su entonces jefe de noticias y la reportera que cubrió la nota acerca de una supuesta red de secuestradores en la que estaba involucrada una ciudadana francesa, quien por motivos extraños no fue procesada y regresó a su país. Por su parte, un hombre de apellido Vallarta sigue en prisión preventiva sin probarse su culpabilidad ni su inocencia. Justicia a la mexicana.
La desaparecida Agencia Federal de Investigaciones (AFI) se prestó a la puesta en escena para complacer a la teleaudiencia dirigida por Loret. El teatro del absurdo se actualiza y supera sus propias expectativas. El “raiting” justifica una condena.
El enredo alcanza repercusiones sólo digno de las tablas. Loret de Mola acusa al presidente de una cacería en su contra. El presdiente acusa a los medios de difundir “fake-news” sin verificación de las fuentes. El inculpado (y su familia), desde la cárcel, acusa al periodista. La Fiscalía investiga la falsedad de la noticia pero sólo arremete contra Loret. El jefe de noticias y la reportera acusan al director del noticiero de presionarlos para difundir una noticia impostada, mientras que el propio Loret acusa a los otros dos de no haberles avisado que se trataba de un montaje.
Todos acusan a todos mientras el inculpado continúa en la cárcel y las autoridades no demuestran ni tampoco demeritan las acusaciones. Tal vez esperen también que un noticiero lo confirme.
En un arrebato de sensacionalismo imprevisible, únicamente faltaría que Loret de Mola se acusara a sí mismo.
La conclusión de la parodia periodística está en el hecho de que en nuestro país la culpabilidad está determinada por la opinión pública y que las redes sociales representan un arma de doble filo, capaces de revelar una mentira o de reproducirla con impunidad temeraria.
El periodismo también es susceptible de simpatías y la fuerza pública consiente su participación en “reality-shows”.
El televidente es un consumidor indulgente de noticias sin fuente. Basta que lo diga el conductor condescendido. La historia y el advenimiento de las redes sociales nos han enseñado a los mexicanos que la tele es un medio que admite las posturas editoriales y, por lo tanto, su veracidad depende de la simpatía. El asunto de Loret confirma que sus adeptos lo abandonaron, como antes a López Dóriga y en un tiempo remoto a Jacobo Zabludowsky. O que se pasaron de la raya: las divas también caducan. Nadie toma en serio a las estrellas noticiosas que centran su compromiso periodístico en el color de la corbata o el engominado de su peinado. El “chayote” tuvo su mejor época con Carlos Denegri y el cobijo de un gobierno en el que nadie confiaba pero todos temían.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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