Perdedor mundial

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

Entre todas las selecciones nacionales de futbol, la mexicana se caracteriza por ser una de las más asiduas a los Mundiales y la que menos ha ganado algo. Con dieciséis participaciones (de veintiún ediciones), asombra que ni siquiera haya disputado una semifinal. El mejor lugar obtenido en el certamen es dos veces el 6º lugar. Ambos en sendas competencias celebradas en México.
Una ventaja que tenemos es que nos eliminamos con Centroamérica y el Caribe, cuyos países gozan de afición leal pero carecen de infraestructura deportiva: sus estadios se caen a pedazos, su profesionalismo apenas rebasa el nivel amateur –a veces ni eso– y su inversión es inferior a la habida en la segunda división mexicana. Y aún así, ya resulta un viacrucis calificar al Mundial.
Una postura fácil está en echar la culpa a los dueños de los equipos. Han prestigiado el negocio sobre el éxito deportivo. El “equipo de todos” recaba miles de dólares en venta de camisetas, entradas al estadio y publicidad. Todos quieren patrocinar a un equipo cuya afición abarca 100 millones de consumidores, en este país y en Estados Unidos. Si el parámetro está en los caudales de dinero recaudados, la selección lo cumple de sobra. Los miembros de la Federación pueden dormir tranquilos cubiertos con cobijas de armiño.
Cada cuatro años, el equipo llega a los Mundiales con más dudas que certezas. Los triunfos obedecen más a una actitud impetuosa que a la calidad futbolística. Contrario a lo que definió Bernardo de Balbuena, no estamos hechos para la grandeza. En el 78 quedó demostrado que con el complejo no se ganan partidos. Ni siquiera se empatan. En 16 participaciones, México ha ganado 14 juegos disputados, empatado 14 y perdido 25. ¿Por qué nos aferramos a un deporte para el que no somos buenos?
En el mencionado Mundial del 78, que Argentina ganara representaba una válvula de escape para una sociedad a punto estallar, en medio de la guerra sucia implementada por la dictadura militar. Aunque los anfitriones pasaron a la final con ciertas dudas, fueron campeones merecidos.
Ni el 70 restañó la crisis de la Matanza de Tlatelolco ni el 86, la tragedia del terremoto. México se mostró como un digno perdedor. Un anfitrión con un buen equipo, pero sin la condición de un campeón: la suerte.
Un juego que estimula los valores del nacionalismo y el orgullo patrio, cada cuatro años nos confirma que nuestra identidad es un acto de fe. Si en otras culturas ganar es una convicción a prueba de fuego, para nosotros es una promesa sin cuajar. Nadie cree que ganemos el Mundial, pero una parte secreta de nosotros espera que ahora sí ocurra el milagro. (Pero sabemos que no pasará.)

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

  • Nicandro Tavares Córdova
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    Cada cuatro años, se repite la historia y esta vez no será la excepción, aunque los Alemanes jueguen con las piernas amarradas.

  • MARCO ANTONIO GONZÁLEZ VILLA
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    Un texto lamentablemente realista en lo que se refiere a la forma en que significa la sociedad mexicana el fútbol y en la incapacidad que hemos demostrado en este deporte que nos apasiona sí, pero en el que no somos nada buenos. De hecho somos el equipo que más partidos ha perdido en todos los mundiales; somos el peor participante de la historia. Muchas gracias por su texto profesor, fue agradable leerlo

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