Pedagogía de la luz y de la vida

 en Rubén Zatarain

Rubén Zatarain Mendoza*

Las aulas y las escuelas son el espacio de encuentro en donde deviene la vida misma. Ahí están las edades de primavera donde se preparan las semillas de siembra de futuro, en las escuelas a manera del paradigma agrícola del sembrador, se trabaja alimentando plantas y flores para que crezcan y desarrollen saludablemente.
En cada calendario anual se contabilizan 364 días para celebrar y prepararse para la vida. En este ciclo escolar hay 190 días laborables para tal objeto, en ese escenario de lucha que es el arte de vivir en las condiciones de convivencia social practicada cada vez más como suma desestructurada de proyectos en competencia e individualistas.
Educar en la vida puede ser una frase reiterativa para enfatizar ese necesario correlato entre enseñanza y aprendizaje significativo, para coordinar todos los contextos en los que cada educando escribe todos los días su biografía como ser social.
Educar para la vida es el sentido de la institución escolar. A la escuela se asiste para afinar las inteligencias y habilidades para que los ciudadanos en ciernes se inserten productivamente a la sociedad, las familias y comunidades llevan a las escuelas los niños, niñas y adolescentes con esa misión.
La escuela, objeto de deseo institucional donde se armonizan con dificultad los proyectos educativos nacional y estatal, donde llega a cuentagotas el cambio prometido, donde nuevo es viejo y donde refundar es regalar la propuesta de evaluar a los maestros.
Las escuelas y sus edificios, muchas veces vecinas de los cementerios, donde hay vida y alegría, pero también donde se construyen sueños y se provocan pesadillas.
Los edificios escolares a veces vecinos de las iglesias donde las campanas de duelo suenan por el sentido fallecimiento de algún poblador y a veces confluyen con las campanillas y sus llamadas a recreo y clases.
Las escuelas suma de potencias y energías necesitan de sus comunidades laicas y creyentes para desempeñar la misión con eficacia.
Porque el reto no es pequeño y las necesidades sociales evolucionan y exigen la innovación de la propuesta formativa, la escuela requiere de la integración de esfuerzos y capacidades de todos los responsables, para ser dadora de vida.
Porque educar para la vida en ambientes sociales donde se vivencia el culto a Tánatos de variadas formas, se requiere de trabajo formativo en variados objetivos.
Educar en y para la vida es proveer de herramientas y también formar la inteligencia emocional.
Menudo mapa a transitar sin coordenadas para formar adecuadamente emociones mucho tiempo ignoradas o asumidas de manera implícita y asistemáticamente en las propuestas curriculares.
Educar en y para la vida es construir una Pedagogía de la luz, es apostar a construir acciones contra la oscuridad, contra los estados depresivos de los niños y adolescentes mal diagnosticados y peor comprendidos, contra la ausencia de vida, la erosión de la paz, el desierto donde abundan los riesgos.
Educar para portar un equipaje digno de conocimientos, valores, habilidades, destrezas y actitudes para la existencia y dignidad humana es una dirección de necesario debate profesional.
En estos días de celebración del Día de Muertos hay implícito un mensaje de canto común al valor de la vida cuando escribimos juntos –esto si es comunidad– el guión de la calidad con inclusión y equidad.
Las aulas y las escuelas abrieron sus puertas a una celebración más del Día de los Muertos los nacientes días del mes de noviembre.
La vida se manifiesta con las manos y voces artísticas que tomaron como tema la muerte.
Sus trabajos en grupo no son labor de un día ni individual; expresan emociones en la confección de sus máscaras, concentración en el recorte, en el dibujo; trabajar disfrutando en equipo –eso sí es comunidad y grupo escolar– y contemplan juntos la obra tétrica y bella que es cada corona de flores, cada tapete de papel picado en el altar.
La obra artística del Día de Muertos en muchas instituciones escolares son comprometidos proyectos de muchos participantes.
La infancia y la adolescencia es consciente apenas parcialmente del tema de la muerte, lo hemos dialogado con varias generaciones. Su pensamiento sobre la existencia humana apenas da cabida a la reflexión sobre Hades y Caronte.
El trabajo filosófico con estudiantes en entornos formativos de educación básica en nuestro país apenas es un tema en posibilidad.
Estos días, ellos se expresaron de variadas formas desde la expresión artística.
Estos días, algunos educadores y directivos se plantearon el reto formativo del respeto a los antepasados y el reto de recuperar en las comunidades escolares costumbres y tradiciones en las que nuestro país manifiesta un rostro diverso, expresa una gran riqueza cultural.
La Nueva Escuela Mexicana sustenta también a nivel discursivo una parte de su planteamiento de esa idea de fortalecer las identidades y el encuentro con lo valioso de nuestras tradiciones.
Las calaveras, los altares, la decoración de puertas, paredes y ventanas con motivos relativos al Día de Muertos aún lucen en los edificios escolares y libretas de los educandos y algunos maestros.
Las panteonadas, los microdesfiles, los cafés literarios y eventos culturales ya forman parte de esa bitácora de encuentro escuelas-comunidad, educador-padre de familia en este ciclo escolar.
La edición 2019 del Día de Muertos pintó de amarillo cempasúchil, morados, rojos y verdes de papel picado, ofrendas alimenticias y canto los patios cívicos. Cruces y calaveras en cartulinas negras bailan sus huesos y hacen sonreír sus expresivas mandíbulas descarnadas.
Porque las escuelas están llenas de vida, pletóricas de esperanza, por eso sus equipos se detienen unas horas para honrar la memoria de los santos inocentes, de los fieles difuntos, para resistir a la cultura del halloween.
Porque tenemos conciencia de la deuda que existe con quienes nos precedieron por eso también les honramos y les evocamos sus buenas obras.
2019, ha visto partir hacedores de bien y hombres y mujeres de ciencia, arte y letras.
A guisa de ejemplo podemos mencionar a Francisco Toledo, Fernando del Paso, Miguel León Portilla…
El mexicano reta a la muerte. Bebe, come, escucha música con banda y mariachi ante las lápidas de sus seres queridos. El mexicano juega a la lotería de niño y adulto y reta a la muerte, sus canciones, gritos de algarabía y folclore dan cuenta de ello.
También hay quienes la hacen permanencia en tatuajes, devoción, grafitti, mural, en quienes lo hacen calaverita de dulce, pan de muerto o la hacen poema u orfebrería.
Como civilizaciones humanas tenemos cerca de 7 milenios de enterrar a nuestros deudos en panteones, como especie, nuestra historia es más rica y se habla que ya hace cuarenta mil años los neandertales y primeros hombres modernos le lloraban a sus muertos y les dotaban de ofrendas para su viaje en un pensamiento humano que hacía consciente un invisible más allá.
En nuestro territorio la tradición prehispánica de olmecas, teotihuacanos, mayas, toltecas zapotecos, aztecas entre otros pueblos, han transmitido de muchas formas el culto y respeto a la muerte. La conquista española y la evangelización cristiana viene a reconfigurar la conciencia del mexicano sobre tal destino común.
Esa es nuestra conciencia como especie del tema de la muerte, del tema de la partida de las personas que amamos.
La muerte, tan antigua como nuestra conciencia y hominidad bien vale un altar y nuestra ofrenda de flores y lágrimas.
En la medida en que interpretamos los intersticios de la muerte portadora de información valiosa sobre la pregunta de dónde venimos y hacia dónde vamos, hacemos mejor conciencia del valor de la vida, y podremos generar una Pedagogía de la luz respetuosa de las emociones y sentimientos de los seres humanos.

*Doctor en educación. Supervisor de Educación Secundaria del sistema federalizado. zatarainr@hotmail.com

Comentarios
  • Griselda Gómez
    Responder

    La pedagogía de la luz, la que a través de la recuperación de tradiciones, se vive el sincretismo de mezclas de culturas y la escuela como el espacio vital de la vida en sociedad .
    El humanismo que encierra la pedagogía de la luz, como elemento clave en la reivindicación social de ideales formadores de generaciones. Lugar en el que confluyen los fines educativos y las expectativas sociales, lugar de encuentro y formación de habilidades para la socialización, el deber ser en formación, el saber hacer en desarrollo de la inteligencia humana y el sentido crítico del aprendizaje para llegar a ser de las emociones e integración de la persona. La pedagogía de la luz que encierra la flama eterna de la docencia, el estandarte con que enarbola la mística educativa, el proceso y momento de coincidencia entre el maestro y el alumno y nos preguntamos : quien enseña a quien? He ahí la razón de ser de la luz como flama del conocimiento humano .

Deja un comentario

Escriba su búsqueda y presione ENTER para buscar