Para ser maestro

 In Miguel Bazdresch Parada

Miguel Bazdresch Parada*

Si pensamos en un tema discutido en el marco de la formación de las personas en el ámbito profesional, sin duda el primer lugar es la formación de maestros. En especial de maestros para la educación básica. La fundamentación del tema la da, sin lugar a duda, la amplia variedad de dispositivos, organización e instituciones utilizados por los diferentes países, y aun en el interior de algunos de tales países, para formar maestros.
Si bien todos, salvo algunos extremistas, coinciden en la tarea principal y fundamental de los maestros, las formas concretas varían en muchos de los puntos que organizan esa formación de maestros. Por ejemplo, se coincide en la tarea de formar a los infantes para “estar” en el mundo: la lengua, los significados y los valores básicos y la acción y los hechos necesarios para saber, saber hacer y saber convivir.
Estas coincidencias centrales no se traducen en una misma consideración acerca del cómo y dónde se ha de formar una persona que quiera ser maestro de educación básica. Una somera revisión del caso muestra una discrepancia: unos países le dejan a la universidad la tarea de diseñar e impartir un currículo cuyo curso le proporcione al aprendiz las nociones, habilidades y competencias fundamentales para formar a niños y jóvenes en los elementos básicos y centrales de la cultura del país: su historia, su configuración por ciertos prohombres y mujeres, quienes, como decimos en México, “nos (les) dieron patria”, y desde luego los diversos modos de vida de los grupos humanos que configuran la vida de cada país.
Otros países apuestan a la formación de ese maestro en el conjunto de saberes y haceres propio del país, basados en la religión, y cuya educación básica se deja a personal religioso, por ejemplo, algunos países budistas. Ahí la formación de maestros ha de ofrecer y lograr una capacidad específica en ética, filosofía y, sobre todo, en los métodos de aplicación práctica de esas materias en la vida de todos los días.
En México, la educación de maestros es mediante escuelas Normales, en las cuales se recoge la abundante historia de la formación de maestros en nuestro país. El nombre es un recordatorio del espíritu educador de siglos anteriores, en los cuales la formación de las personas se asentaba en las normas que rigen los diversos ámbitos de la vida humana. Normas para aprender a respetar y utilizar de parte de los educandos y normas para enseñar aplicadas por los profesores. De ahí la importancia de cumplir tales conductas del profesor prescritas para enseñar y, desde luego, cumplir las conductas y acciones del estudiante para aprender.
Hoy, la complejidad de las sociedades, la presencia cotidiana de los avances y aplicaciones de la ciencia y la técnica, así como la configuración de las ciudades y las poblaciones, hace necesario aceptar, además de las normas, las decisiones que las diversas situaciones piden para ser procesadas y resueltas, sin tiempo para pensar o recurrir a normas escritas. Por tanto, se hace imperativo utilizar el poder de la humana comprensión de los sucesos con base en preguntas, las cuales, una vez respondidas, facilitan entender y comprender dichos sucesos y deseos. Un ejemplo, tan cotidiano, puede ser comprender cómo la velocidad de un automóvil con un chofer en la conducción no se controla con la luz roja, pues si el conductor no quiere detener el auto, éste continúa avanzando, aunque el semáforo tenga la luz roja prendida. La norma no es la luz roja, sino adivinar por la velocidad si será respetada por el chofer.
Nuestras escuelas Normales en particular y la formación de maestros para operar nuestro sistema educativo requieren adaptarse continuamente a las situaciones construidas por los avances técnicos y científicos, el derroche de informaciones al cual estamos diariamente expuestos y a ratos abatidos; y además, todos los días “empujados” a diseñar nuevas prácticas para los retos planteados por los aprendices, con inquietudes, preguntas, deseos y, a ratos, poco interés en aprender con base en acciones cuyas características ya no los mueven o motivan.
Hoy, el profesor requiere formarse ya en las Normales, en universidades o centros de aprendizaje para las nuevas tareas del educar. El trabajar, no tanto con base en las normas o programas, y sí con el proceso de aprender manifestado por los estudiantes, del cual puede arribarse a aprendizajes con base en experiencias propias y apoyo eficaz de los profesores. Estamos ante el reto de tejer entre nosotros una nueva sociedad, con vínculos fuertes, capaces de resolver nuestras calamidades y hacer al mundo, al menos un poquito mejor, y así se motive a las nuevas generaciones al gusto por la ciencia, al buen uso de la técnica y al compromiso con la cultura de la paz.

*Doctor en Filosofía de la Educación. Profesor emérito del Instituto Superior de Estudios Superiores de Occidente (ITESO). mbazdres@iteso.mx

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