Palabras

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

El entrenador de futbol Fabio Capello declaró alguna vez que le bastaban 100 palabras para poder entrenar a un equipo.
Suponemos que el centenar de vocablos a los que se refiere el italiano pertenecen al campo semántico de la disciplina deportiva que preside, muchos de las cuales son términos ingleses que se han universalizado: “off-side”, “corner”, “penaltie” y otros tecnicismos semejantes, reduciendo el número fijado por él a unas cuantas palabras que posiblemente emplee para la arenga, el regaño o la condolencia de los jugadores cuando el resultado lo requiera. Habría que ver con cuáles competencias no verbales es capaz de establecer un vínculo humano con sus dirigidos: ¿abrazos?, ¿emojis?, ¿pulgares arriba o abajo?
Capello tiene razón. No se necesita ser Miguel de Cervantes para dirigir a un equipo de futbol. El lenguaje deportivo es limitado e ideográfico: posiblemente baste un dibujo táctico sobre una pizarra para comunicar la estrategia del juego y el parado de los jugadores. No importa lo que piensen o lo que les preocupe. Para Capello la práctica del futbol implica obediencia y constricción verbal.
Más allá de Capello, fuera del futbol, el dominio del lenguaje permite a una persona promedio utilizar 20 mil palabras, pudiendo a reconocer de manera pasiva hasta 40 mil.
El vocabulario revela la aptitud de un hablante para comprender y expresar matices conceptuales que, de acuerdo a su amplitud, demuestran inteligencia y precisión comunicativa.
Un perro puede reconocer hasta 160 palabras. Más si las personas con quienes convive le estimulan esa habilidad. Posiblemente, Capello no podría entrenar a un equipo de perros. O le bastaría el cumplimiento de un acto específico como traer las pantuflas, echarse de panza o centrar un pase y pegarle al balón con la cabeza.
Las palabras son conjuros mágicos que la evolución humana ha conquistado para consignar su paso por el mundo. Parece no ser suficiente pedir unas pantuflas. El lenguaje aspira a la inmortalidad. “La eternidad por fin comienza un lunes”, dijo Eliseo Diego. Una frase así sería incomprensible en una final de la Copa del Mundo. Al menos para Capello.
Los significados de las palabras, articuladas de cierta manera, permiten expresar otra cosa más allá de lo evidente. Esos tonos sólo se consiguen mediante el conocimiento de los connotadores básicos y del contexto en que se dice. La posibilidad es infinita. La poesía ha demostrado que una metáfora puede provocar complejas experiencias humanas a partir de la extensión del sentido. Su ambigüedad –de la metáfora– provoca pirotecnia: certezas, convicciones, emociones fuera de lo ordinario.
El centenar de locuciones podrá servir (le a Capello) para señalar una estrategia. No para definir una postura, manifestar una idea, heredar una visión de las cosas. Del mundo, de lo humano, de sí. Para esto, cuarenta mil palabras parecen muy pocas.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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