Otro día de madres

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

El día de las madres, mejor no tener hijos. Según la publicidad que todos conocemos, quien no regala algo costoso a su madre el 10 de mayo, se gana el adjetivo de ingrato. Para las campañas de promoción, el agradecimiento supone una cabeza humillada, la cartera del tamaño de un restaurante italiano y la concesión de un monólogo salpicado de recuerdos vergonzosos: cuando el hijo se comía los mocos, cuando se cayó de la azotea o cuando se abrazó de la pierna de una madre equivocada.
La madre no necesita un día. No espera la felicitación del hijo. Asume el heroísmo con la naturalidad de los párpados. Una madre quiere porque quiere. Es un acto de gratuidad que comienza con el alumbramiento: con el despojo de sí para fundar a otro. Y la resignación que con el tiempo se depura.
Ser mamífero es ostentar por la vida un cordón umbilical herrumbroso. Ser para siempre el hijo de una mamá. Llevar su manera de mirar las cosas, sus miedos, sus certezas, sus afectos. Su lunar, su mechón de pelo, sus rodillas chuecas…
El día de las madres es un día de culpa dirigida a los hijos. Se reprochan no estar más al pendiente, no estar más cerca, no dar más besos ni abrazos. Pero las madres lo perdonan todo porque son madres y saben que el afecto es un sino, más allá de los minutos y de las demostraciones.
Un hijo regala flores. Pasteles de sabores varios. Fotos con marcos cursis, zapatos equivocados o vestidos inoportunos. No hay regalo que la madre no festeje ni agradezca. Los armarios de las madres están abarrotados de desatinos: dibujos del Kínder, viajes incumplidos y besos apresurados.
Hay hijos sin madre que sólo cumplen los protocolos. Regresan de muy lejos para decir torpezas. Fingen el cariño con un televisor gigante o una hija bautizada con su nombre. La madre que tuvieron se bajó hace mucho del barco: navegó por otro rumbo, hacia la isla de la soledad. A esas madres, más les valdría estar muertas y esperar flores. Unas cuantas lágrimas.
Están las que siempre esperan. Envejecen con la dignidad de una calle transitada. Conservan ecos y pasos y gente. Ni las lluvias ni los soles las despeinan. Sólo les dejan las canas.
Nadie elige madre. Nos tocan buenas o nos tocan malas. Regañonas, displicentes, obsesivas, frías…
Pero sí podemos elegir el agradecimiento. Entre el agradecimiento y la ingratitud celebramos de por vida el vínculo. Siempre seremos hijos. Nunca los mejores.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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