Ojos II

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

Aduana natural del mundo, los ojos rescriben las imágenes, las formas y colores y texturas de las cosas. Gracias a los ojos que tenemos, somos lo que somos.
Somos lo que vemos. Sabemos gracias a ojos inquietos, observantes, incisivos. Lo que no ven, elucubran; lo que no saben, deducen.
Los ojos son ventanas, dicen, para tantear el alma de las personas. Hay ojos brillantes, abiertos y gentiles que anuncian la transparencia de las convicciones. Hay otros que son turbios, semicerrados, que niegan lo que creen y confunden lo que ofrecen.
Los ojos de los niños son dulces, casi siempre francos. Los viejos los tienen amargos, cansados de tanto ver, opacos y hastiados.
Los enamorados los abren tanto que les caben grúas, plazas de toros, edificios de diez pisos, playas y ríos y cascadas. Pero sólo prefieren ojos de la persona amada.
Los hipócritas los muestran chiquitos como las rendijas de las puertas. Ahí sólo caben chisguetes de voces tibias y sombras.
Los ojos pueblan el mundo como brochas de pintura. Ordenan el universo, dotan de paz a los pueblos si son santos, veraces y honestos. Esos ojos no caben en un mundo hostil. Por eso se cierran pronto.
Hay ojos que disparan balas y provocan lamento. Ojos de rencor y de angustia, son canicas frías que ruedan sin dejar huella.
Podemos aprender mucho de los ojos de los perros cuando miran a sus dueños. Ven con indulgencia y afecto. Cuidan nuestros pasos, velan nuestro sueño. Ladran para espantarnos fantasmas.
Las personas que ya no se quieren apartan sus ojos, ven por encima del hombro, evitan tocarse con la mirada. Sus ojos divagan y se pierden en la distancia.
Los mentirosos ven sin mirar. Viven ojos adentro, complacidos en el espejo de sí mismos.
Una mirada compasiva es un rayo láser, un arma afilada, una mano que toca el alma de los otros. Son ojos que riegan los corazones afligidos con agua del mar de la esperanza.
Ojos que deben evitarse: los burlones, los furtivos, lo que se alzan para adjudicar amenazas.
Los ojos tímidos miran el suelo para reconocer los pasos de los otros. Se hacen un mapa mental, preciso y completo, de lo andado. Son ojos agachados para no conceder ningún halago.
Los ojos ciegos se niegan a ser parte del mundo. Viven bajo la aproximación sonora; la posibilidad táctil y olfativa, siempre vaga. Tienen la costumbre de la imprecisión.
La edad se mide por los ojos, por la nitidez y el asombro. Por el reflejo con que demuestran la intensidad de las pasiones. Los ojos se desgastan de tanto ver vida. Un día se cierran definitivamente. Ojos que no ven, corazón que no siente.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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