Octubre

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

Octubre se presenta con lunas de fantasía y lluvias imprevistas. En esta parte del mundo, el otoño tiene la reputación de una estación indecisa.
Las hojas de los árboles no cometen necesariamente el suicidio que observó Neruda, pero se sienten provocadas por ráfagas de un viento espontáneo y un devenir incierto. Se montan en la casualidad y alfombran las calles de un tono sucio y cobrizo.
Es amarillo.
En octubre vuelven los muertos. Se aparecen en los altares dispuestos y en las personas distraídas. Piden fuego para prender un cigarro. Soplan su tibieza para que los extrañemos. Se niegan al olvido y al paso del tiempo. Tlatelolco retumba en escenas confusas y olor a pan. Se oyen los lamentos como ladridos de perros.
Celebramos el día de la Raza. Contamos la historia de las carabelas; de un marino ingenuo y ambicioso que desembarcó en otro planeta.
Octubre se monta en el calendario como un actor sustituto: con temor escénico y vacilación de los parlamentos.
Su nombre es impreciso y su destino incierto. Viene adornado de calabazas y de nostalgia. Es un tren sin conductor que no para en las estaciones ni anuncia su llegada.
Octubre es una noche larga y un día sin esperanza. Una tarde de café, un vuelo de palomas, un rumor de gente, una campana de iglesia… Es un danzón a la distancia, sin alguien que lo baile.
Humo de chimeneas desperdigadas. Brujas sin brújula ni escoba. Pregón anónimo. Frío manso.
Octubre se instala levantándose las crinolinas de papel picado con sus manos expertas, para tejer los días como chambritas para sobrinos remotos. Hay una sensación de un año más que se aleja. De una anécdota ambigua. De una vida que se rebosa.
Es amarillo y triste, como los ojos de un gato callejero.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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