Nunca nada ni nadie dura para siempre jamás

 en Rodolfo Morán Quiroz

Luis Rodolfo Morán Quiroz*

Por más que hay cosas en la vida que deseamos que duren para siempre, como la etapa del enamoramiento de la pareja, la fuerza de la juventud u otros placeres y recursos, la verdad es que hay pocas cosas que trasciendan unos cuantos instantes y pocas llegarán a dilatarse por generaciones. Aun cuando algunos imperios se han erigido bajo la ilusión o la falsa promesa de ser eternos, en la historia hay evidencias de que, aun cuando su poderío y sus territorios tengan amplios alcances, ni cubren toda la faz del planeta ni alcanzan toda la extensión de los tiempos. Ni siquiera las dinastías, las casas reales, los partidos políticos, las especies, ni la yerba mala resultaron tan inmortales como se proponían.
Tampoco es verdad que las cosas terminen según nuestros deseos. Ni la pandemia ha llegado a su fin, a pesar de las promesas de diversos políticos que declaraban que en unas cuantas semanas se acabaría el virus. Las nuevas cepas, identificadas con nombres de países, han prolongado la emergencia sanitaria más allá de las predicciones de legos y expertos, escépticos y ansiosos. Podríamos concluir, como dicen los cronistas deportivos, que los periodos de contagio, al igual que los encuentros entre equipos, los cursos, las conferencias, los dolores y otros males del corazón y diversas vísceras, duran hasta que se acaban. Aun a sabiendas de que hay algunos acontecimientos o vidas que tienen un fin súbito y con giros imprevistos.
Una moraleja del transcurso de los acontecimientos humanos y naturales es que, efectivamente llegarán a un fin, aunque no siempre el desenlace sea el deseado o el esperado o tras el periodo predicho. Sabemos que hasta la tristeza termina en la vida, a menos que haya quien decida acabar con su vida a raíz de una tristeza a la que cree interminable. Y en el ámbito escolar hemos aprendido que hasta los cursos más difíciles tienen una fecha de conclusión. Se sabe de múltiples casos en que quienes aspiran a un título académico han terminado y defendido sus tesis; hay quienes han conseguido empleo después de varios años de escuelas y estudios; hay otras personas que han llegado a recibir sueldo por trabajar y, en algunos otros, contados casos, hasta hay quien recibe un aumento de ese sueldo que sirve para comprobar que el dinero no alcanza para todo ni para siempre.
A veces es cuestión de paciencia, a veces de tenacidad para acabar con determinadas condiciones, a veces de voluntad para revertir efectos como los del cambio climático, que sirve para recordarnos que ni el planeta durará eternamente. Por más que haya quien cite ejemplos como tocar el piano, bailar, andar en bicicleta, hablar idiomas, pintar, esas habilidades pueden conservarse, mejorar con la práctica y también pueden deteriorarse y agotarse. Cada concepto, solución, destreza, truco o artimaña que aprendamos podrá perder efectividad y quizá llegará a olvidársenos antes de que pierda vigencia en el mundo. Habrá otras personas que encuentren utilidad a elementos caducos de aprendizajes e ideas de otros tiempos, que los resuciten, rediseñen, aderecen, relacionen, aliñen. Habrá otros elementos que tardarán en caer en desuso y en ser sustituidos. Habrá quien desee prolongar determinadas actividades y modas mientras habrá quien proponga que se les elimine o se les sustituya.
Lo más probable es que incluso las prácticas en el aula, como espacio en donde existe un experto y varios aprendices, lleguen a caer en desuso. Quizá después de la pandemia, al menos consideraremos hacerles algunos ajustes. Total, como escribió Ángeles Mastretta, en realidad sólo “el amor es eterno, mientras dura”.

*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología del CUCSH de la UdeG. rmoranq@gmail.com

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