#NiEnCasaEstamosSeguros

 en Invitados

Cristina Toro Zambrano*

“Hoy marcho porque ni en casa estamos seguros”, decía una pancarta en la multitudinaria manifestación que se hizo en Guadalajara, Jalisco, para mostrar la indignación y el rechazo al secuestro y asesinato de tres jóvenes hermanos José Alberto (29 años), Ana Karen (24 años) y Luis Ángel Moreno (32 años) el pasado 7 de mayo de 2020. Ellos se encontraban en la intimidad de su casa, una casa que transcurría en la cotidianidad y afanes de una familia que busca ganarse la vida como muchas otras, una casa que pudo cumplir con su fundamental sentido: el de resguardar, cuidar y proteger, ya que fue transgredida por actores violentos aún no esclarecidos.
La indignación social frente a este hecho se suma al dolor de otras desapariciones que siguen en aumento, según menciona la organización México Evalúa, que busca que “73 mil personas vuelvan a casa” (1). Ese espacio que llamamos casa, que añoramos y recordamos en tonos pasteles, no es siempre y para todos, un lugar para una estancia vitalmente digna sino un espacio transgredido donde se viven experiencias de dolor, exclusión, privación e incluso un lugar donde corre peligro la vida misma, un lugar inseguro que se permea con el fétido color de una realidad circundante que nos lastima con su injusticia.
Nuestra casa, ese “nuestro rincón del mundo… nuestro primer universo” —como diría Bachelard en La poética del espacio—, es el lugar en donde se reúnen nuestras experiencias, pensamientos, sueños e ilusiones más íntimas, la que contiene nuestro pasado, nuestro presente, y guarda las expectativas del futuro. Es el lugar donde el alma y el cuerpo son protegidas cálidamente entre enseres y personas, palabras, acciones, alimentos, olores, sabores y hábitos cotidianos… Pensar siquiera que nuestra casa está amenazada por lo que hay allá afuera, en la calle, en el barrio, en la esquina, en la ciudad, en el país, en latinoamerica, es temer la pérdida de nuestro propio ser, es temer la pérdida de aquello que nos provee la añorada permanencia de nuestra humanidad, la cual está en constante cambio por el cambio del mundo. El horror de saber que esas paredes, techo y ventanas no son suficiente para hacernos “sentir en casa” es el horror de la injusticia que se comete frente a la fragilidad humana, la cual sólo pide a gritos o en sollozos: ¡Justicia!, ¡respuestas!, ¡responsables!
El no estar seguros en casa hace parte de no “sentirnos en casa”. Y esta sensación también es la incertidumbre de no estar protegidos en esa casa-cuidad, en esa casa-país que llamamos nuestra tierra y que puede tener varios nombres. Esta sensación de impotencia, de vulnerabilidad existencial a la que está abocado nuestro propio ser, es también la experiencia que viven de manera dramática, en sus propios cuerpos y con sus propias vidas, las personas que son violentadas en casa por agentes internos a su hogar, en su mayoría mujeres e infantes cuyas casas y cortinas están solapando la violencia doméstica que, por ejemplo, se ha agudizado en la pandemia según ONU, mujeres se han “quintuplicado” las llamadas de auxilio en casa (2), lo que hecho difícil cumplir la consigna #Quédateencasa que se aconseja para el distanciamiento social y la mitigación del contagio del Covid-19, y también es la sensación en los barrios y casas de distintas ciudades en Colombia, que no se sienten seguras, porque se ha infundido miedo a través del uso desmedido y desproporcionado de la fuerza pública y se ha violentado la vida y la tranquilidad que una casa, en cualquier parte del mundo, con abrigo, cuidado, comida y luz, debería dar.

*Filósofa Colombiana que vive en México. Creadora y conductora del programa Virtual @Filosofía y vino. mkristor@gmail.com

Notas

1 Este dato es el que tienen la organización hasta agosto de 2020. https://www.mexicoevalua.org/un-plan-para-que-73-mil-personas-vuelvan-a-casa/
2 https://www.unwomen.org/es/what-we-do/ending-violence-against-women/facts-and-figures

  • Ana Cecilia Valencia Aguirre
    Responder

    Muy buena reflexión. Gracias Cristina Toro

  • Jorge Edgar Hernández
    Responder

    Comparto el sentir y la preocupación. Gracias Cristina.

  • Pablo García Álvarez
    Responder

    Gracias por esta reflexión tan necesaria en esta realidad que nos va quedando cada vez más corta.

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