M@l#$ pal@br#$

 In Rodolfo Morán Quiroz

Luis Rodolfo Morán Quiroz*

 

En un viaje de regreso de visitar a mis primos en Tepic, mi madre le comentó a mi padre que sus hijos nos habíamos vuelto muy “malhablados”. “Ha de ser que sus primos les enseñan malas palabras”, añadió. La escena se me ha quedado grabada durante décadas porque, primero, mi madre quizá se enteró de que, además de decir “tonto”, ahora habíamos ampliado nuestro repertorio a “menso”. Y, segundo, porque los primos de cuya casa y ciudad veníamos son hijos de la hermana de mi madre, aunque fue una de las mejores amigas y compañera de escuela de mi padre. El único reclamo que supe que él hiciera acerca de su amiga, fue que ella fue la culpable de que él conociera a la madre de sus hijos. Ni una palabra más. Ni siquiera antepuso jamás el término técnico para ayudante de cocina al nombre de su cuñada. Interpreto que, en aquellos años, a mi madre le daba miedo y flojera el trayecto de Guadalajara a Tepic, por una carretera llena de curvas, subidas y bajadas, camiones cañeros y apenas un carril de ida y uno de regreso. Al menos más miedo y más flojera que el trayecto que, eventualmente, decidió ya no realizar, a Lagos de Moreno, territorio de la familia paterna.

Con el paso de los años y de los grados escolares e, incluso, de los cursos de idioma, los humanos solemos expresar nuestra curiosidad por conocer vocablos que nos sirvan para denostar, despreciar, aplicar como apelativos, insultar, además de comunicar nuestras emociones y provocar reacciones en otras personas. En especial cuando se ubican en los extremos de lo positivo y lo negativo, notablemente entre la ira y la frustración, pero también la plenitud y la alegría que nos rebasan. De lo primero que queremos aprender y lo último que olvidaremos de nuestra lengua materna y en los cursos de idiomas es el conjunto de las eufemísticamente llamadas “malas palabras”. Así, ni siquiera necesitamos ser capaces de expresarnos en los idiomas desde los que se popularizaron algunas expresiones como “merd#!”, “Schei$$e!”, “fuc# up!”, “stronz@!”, “BS”, entre otras. En muchos casos, reconocemos “malas palabras” por su expresión matizada, en combinaciones como “no manches”, “vete al averno”, “es un penitente”, “ay, güero”.

En algunos campos de actuación existen expresiones asociadas que sólo comprenden quienes son iniciados en esas especialidades, a partir de las alusiones a los objetos del oficio o a los términos con que se denominan. En meses recientes, algunos términos se han clasificado como “malas palabras”, como la de “terrorismo” que tanto se temió que el 45/47 presidente de Estados Unidos aplicara al crimen organizado mientras opere en tierras mexicanas. De ahí que el término haya sido utilizado, sustituido, borrado, negado, para describir hechos delictivos según fuera la relación de los hablantes y escribientes con el gobierno federal. Por ejemplo, los funcionarios federales fueron prestos a descartar esa mala palabra respecto a un coche bomba en Michoacán (https://youtu.be/WVP6eSD_2mo?si=T5_SvTVbWe4L7yxn).

En días recientes, la palabra “tarifazo” se convirtió en un término que el gobierno de Jalisco quiere erradicar del habla de nuestro estado. Esa mala palabra no deben pronunciarla los jaliscienses para referirse al “ligero aumento” en la tarifa del transporte público, de $9.50 a $14.00. Especialmente malo resulta el vocablo en manos de los estudiantes, así que el gobernador Lemus promueve (indirectamente) credencializaciones en las escuelas y (directamente) la bancarización de los “descuentos” o “subsidios” del transporte colectivo (https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/01/11/estados/denuncian-amenazas-y-tortura-contra-detenidos-tras-marcha-contra-el-tarifazo-en-jalisco).

En contraste, cabe recordar, cosa que mi madre en mi infancia y muchos funcionarios de gobierno quisieran negar, que conviene llamar al pan, pan y al vino, vino. Además, hay quien señala que existe un efecto catártico al utilizar malas palabras para expresar sentimientos y emociones. Entre ellos, los de ira, frustración, desilusión; por ejemplo ante la angustia y ante la reducción del poder adquisitivo de nuestros ingresos en combinación con las noticias que nos informan de una mayor vulnerabilidad de nuestros cuerpos y el anuncio de precios más altos de los servicios públicos o privados.

Marisela Colín Rodea, en un texto de análisis del insulto (https://ela.enallt.unam.mx/index.php/ela/article/view/467/702), señala cómo éste es parte de una expresión emocional que suele acompañarse de lenguaje corporal no verbal. Me permito señalar que esa parte expresada en palabras suele dar sentido o “explicar” lo que se hace con el cuerpo: marchar, sonar tambores, gritar a coro, lanzar piedras, detenerse o negarse a colaborar; o enfrentarse a otros agentes sociales, sea con insultos, sea con ching@#@zos. Como se ha visto en casos como el de las protestas masivas por el alza de las tarifas del transporte público en Santiago de Chile en 2019, los funcionarios suelen considerar malas palabras aquellas que se opongan al concepto de “obediencia” (https://www.milenio.com/internacional/latinoamerica/santiago-chile-protestan-alzas-tarifas-metro-saltan-torniquetes-realizan-actos-vandalismo), que suelen estar asociadas a otros actos de expresión emotiva que desafía la legitimidad de las acciones de los gobernantes.

En todo caso, parece inevitable que los humanos expresemos nuestros sentimientos con interjecciones y adjetivos que serán tildados de malas palabras por quienes desearían que las manifestaciones bajaran de tono. Mientras tanto, en los intercambios verbales entre quienes gobiernan y quienes somos gobernados suelen darse también calificativos y apelativos que se convierten en malas palabras. Los intercambios de malas palabras se han convertido en acontecimiento cotidiano: fifís, chayoteros, carroñeros, corruptos, neoliberales, han sido algunos de los términos que las señoras de la época de mi madre y mis abuelas considerarían peores que los de “sonso” y algunas alusiones a animales de pezuña y cornamenta.

A mitad del sexenio anterior, José Luis Montenegro reportó sobre las malas palabras del anterior presidente de México, quien se quejaba de ser de los más denostados de la historia (https://www.independentespanol.com/noticias/america-latina/mexico/amlo-insultos-presidente-mexico-politica-b2227604.html) y, en respuesta, calificaba con múltiples términos y matices a quien él llamaba “adversarios”. Los insultos y los chistes alusivos a los presidentes suelen verse como obra de la creatividad popular y no asociarse con autores específicos. Sin embargo, son vistos como expresiones no aptas para usar frente a los personajes nombrados. Aquí una breve compilación de los calificativos de los cien años recientes en México (https://www.sopitas.com/noticias/presidente-burlas-insultado-mas-chistes-humor-apodos-historia-mexico-amlo/) ejercicio de memoria histórica motivado por la queja del hombre de Macuspana que ahora vive en Palenque, en un rancho cuyo nombre se considera por mucha gente como una mala palabra más.

Es sintomático que a quienes están en el poder les incomodan las malas palabras de quienes señalan sus desaguisados, entuertos, desatinos, chuecuras, contubernios, encubrimientos y complicidades. La alarmante cantidad de periodistas censurados, amenazados y asesinados en el mundo y en nuestro país es síntoma de que existen quienes prefieren callados a quienes escriben o profieren malas palabras, en especial cuando se acompañan de evidencias y denuncias. En los 25 años transcurridos del siglo XXI, 175 periodistas han sido asesinados en México por hilar noticias que aparentemente no agradaron a sus agresores (https://articulo19.org/periodistasasesinados/). Ese número se decuplica para los periodistas asesinados en el mundo entre 2006 y 2025 (1,765) (https://news.un.org/es/story/2024/11/1533976) y (https://www.dw.com/es/cerca-de-70-periodistas-asesinados-en-2025-casi-la-mitad-en-gaza/a-75075313). A las malas palabras escritas, se responde con plomo y otras formas de exterminio, no sólo de quienes hablan, sino por denunciar en nombre de otras personas agredidas. Podemos inferir que han sido las “malas palabras” dichas o escritas las que han motivado los hechos en que han perdido la vida esos periodistas.

La variedad y volumen de las malas palabras en las diversas lenguas y contextos nacionales puede ser apabullante; muchos de los vocablos no son reconocidos como malos hasta que alguien las profiere ante algún personaje que censurarlos prefiere. Hay algunos términos que son lemas y banderas de lucha de determinados grupos, mientras que son motivo de anatema para otros. Así, expresiones como “despenalización del aborto”, “Benito Juárez”, “control de la natalidad”, “condón”, “educación sexual”, “dictador”, son malas palabras que se contraponen a conjuntos proferidos por otros malhablados como “leyes del mercado”, “ganancia legítima”, “expropiación”, “comunismo”. Los dioses y los diablos se enfrentan en batallas verbales en donde resulta complicado entender qué discurso es más malo y cuál es más eufemístico y esconde detrás más perjuicios que beneficios y para quiénes en qué clases sociales y en qué espacios de convivencia y conflicto.

En el caso de los alumnos de la institución educativa en donde laboro, la palabra “te$i$” se ha convertido en tabú, pues suele producir animadversión no sólo por el término, sino contra el objeto/producto y los procesos aludidos con el término, además de la evitación de los estudiantes y docentes que lo utilizan. Algunos vocablos generan angustia, enojo, depresión, como son los de “evaluación”, “reprobación”, “exámenes”.

¿Qué malas palabras se dan en tu contexto familiar, laboral, barrial, institucional? ¿Has notado que las malas palabras han subido de tono y se han vuelto más cacofónicas y escatológicas a lo largo de tu vida y de tus años en el trabajo? ¿O será que yo me he vuelto un cagalástimas y me ando meneando como archipámpano, chingaquedito, burricalvo, ansino y marisabidilla? Para una lista de otras malas palabras e insultos con los que puedes acompañar tus gestos faciales y tu lenguaje corporal más amplio, te dejo estas ligas que pueden ser muy útiles para comenzar el semestre: (https://www.esquire.com/es/actualidad/a17763828/insultos-graciosos-inteligentes-originales/) y (https://matadornetwork.com/es/insultos-mexicanos-que-el-resto-del-mundo-deberia-adoptar/). Recomiendo, además, de Eduardo del Río García “Rius” (1934-2017) El libro de las malas palabras. Insultos, maldiciones y palabrotas del uso diario en América latina (2001) y, de Algarabía editorial, Para insultar con propiedad. Diccionario de insultos (2016). Siguiendo el razonamiento de Rius, será una oportunidad de decirle “sus verdades” a aquellas personas con cuyas perspectivas difieres. Para cerrar, recordemos aquella diferencia que se marcaba tan sólo por una tilde: “mendigo es quien pide limosna, méndigo es el que no la da”.

 

*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología de la Universidad de Guadalajara. rmoranq@gmail.com

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