Mar

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

El mar que hace 500 años significó conquista para los descubridores del Nuevo Mundo, hoy significa vacaciones. Hernán Cortés se deshizo de la armadura para tirarse en un camastro, beber piñas coladas “all inclusive” y broncearse semidesnudo bajo el sol del Océano Pacífico.
La burguesía replanteó la concepción del descanso. Mediante un pago considerable en forma de mensualidades sin intereses, todos podemos sentirnos reyes por una semana. La esclavitud tiene un costo promovido por FONATUR. La industria del turismo adiestra empleos de servicio (meseros, recamareras, taxistas, cocineros…) cuya mayor virtud está en las sonrisas. La capacitación de la manera de estirar la mano está a cargo de hoteles trasnacionales que se plantan en las mejores playas. Los turistas nacionales que pueden endeudarse para reproducir esa logística disfrutan habitaciones con aire acondicionado y sonido de oleaje a través de Spotify.
La soberanía se alcanza a base de bloqueadores solares de FPS 50. O más. En cada graduación de lentes que resisten la resolana y los aceites se encuentra la razón de nuestra mexicanidad. Ni los lentes pertenecen a la manufactura doméstica ni los hoteles ni los menúes de los restaurantes (“restaurant’s”): sólo el picor de la sal, los rayos ultravioletas y las pulseras tejidas con nailon que ofrecen los vendedores de playa como buitres sobre la rapiña.
Las vacaciones adquieren el estatus de quienes pueden pagarlas. Los que no, se contentan con Chimulco (si es que aún existe Chimulco), la navegación “on-line” y las novelas de aventuras decimonónicas que plantean un mundo que ya no existe.
Los que pueden pagarlas, usan chanclas que en otra época eran exclusivas de la servidumbre; bañadores que no ocultan el sobrepeso y un cáncer de piel en ciernes.
El mar sigue ahí, igual que hace millones de años. Su vaivén trae noticias de otras historias. De piratas y conquistadores. De gente que inmigró y bestias submarinas ya extintas, a las que les crecieron patas y poblaron tierra firme.
Como escenografía bucólica, el mar es añoranza de lo que tal vez fuimos. Con una cerveza en vaso y unas papas fritas sobe un camastro, nos arroja una brisa de identidad mientras adquirimos una nueva pulserita. Un bronceado peligroso. Una nostalgia inefable.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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