La reconstrucción del futuro

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

Todos imaginamos lo que seremos. Las niñas de colegios católicos sueñan con ser princesas. Los fanáticos del Atlas, que un día meterán el gol que les dé por fin un campeonato. El futuro depende del enfrentamiento de nuestros sueños con la crudeza de la Realidad: para ser princesa hay que nacer en un castillo. Para que gane el Atlas se requiere un milagro.
Pensar en el futuro nacional es motivo de depresión colectiva. No basta el psicoanálisis para justificar la falta de consenso en el mosaico de culturas opositoras, tanto en Mesoamérica como en la península ibérica. Los mexicanos somos el resultado de una sucesión de traiciones. Sobre esas bases fundamos una nación. El mestizaje procreó una raza, pero no exorcizó el descalabro, como demuestra la convulsión social de nuestro siglo XIX.
Nuestros primeros legisladores creyeron que bastaría un proyecto constitucional para asegurar la equidad y la bonanza. No fue así. Cien años después, la Revolución demostró que los grupos sociales no tenían perspectiva del futuro ni claridad en sus argumentos. Los cachorros de la Revolución traicionaron la inercia nacional, continuada por el neoliberalismo finisecular. Nuestro país es un mantel desmembrado por la codicia.
Los acuerdos surgen de la conveniencia y la concesión. La industria de la inseguridad sólo puede propiciar la miseria y el resentimiento de una sociedad sin salida. La mano dura y las oportunidades son programas políticos, no soluciones profundas. Educar a los niños es una apuesta sin garantías cuando el peligro acecha en todas partes. De qué sirve ser bueno si se eso te mata de hambre, podría ser la tesis de la criminalidad.
Ojalá fueran suficientes los nobles propósitos y las discusiones esperanzadoras. El verdadero cambio debe venir de todos los actores sociales, no sólo del presidente cuya figura hace varios sexenios dejó de ser el criterio del devenir racional. Hace lo que puede, como todos. El desmantelamiento de la corrupción es un buen comienzo, pero si no viene aparejado de estabilidad económica e incremento del ingreso per cápita, de nada sirve. Sólo serán eufemismos del engaño.
El futuro se nos presenta de manera apocalíptica. Los jubilados, los enfermos, los grupos minoritarios seguirán a la expectativa de la fatalidad familiar.
Nuestro país no requiere políticos ni oradores sino magos que imaginen desenlaces menos ásperos. Todos quisiéramos un futuro cantado por bardos optimistas. La lógica nos desanima esa posibilidad. Si de acuerdo a lo que vemos el resultado lógico es desolador, debemos atrevernos a inventar un futuro alterno, feliz, más justo. Como los buenos fanáticos del Atlas, la expectación halagüeña se sustenta en un milagro.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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