La profesión de ser docente: pasión por la transmisión

 en Invitados

Irene Aguado Herrera*

Si los docentes no son capaces de suscitar entre los niños
el amor por lo que aprenden y,
además, por el hecho de aprender, no son docentes.

(Castoriadis, C. 1997: 211)

Agradezco la invitación por parte de la Revista educ@rnos para realizar y compartir una reflexión sobre la práctica docente que realizamos cotidianamente mirándola desde la parte afectiva que ella implica y, sin la cual, no es factible que se lleve a cabo. He tenido la oportunidad de pensar la docencia y pensarme como docente a propósito de trabajos académicos y algunas entrevistas que me han realizado. Asumo que en esta ocasión hay dos aspectos diferentes, el primero ya señalado, que es partir de reconocer la ineludible relación entre el acto de educar y el amor, y el otro la modalidad de que el elemento afectivo se plasme como producto de un acto de escritura; el cual somete al escritor a una arqueología subjetiva, ya que reconstruir mediante la escritura el sentido de lo enunciado es recuperarse fugazmente como sujeto de la enunciación. La escritura es la ilusión de un oasis en una soledad compartida. Lo que supone además dirigirse a otro, a un posible lector fantaseado que le dé un sentido, sobre el cual y parafraseando al poeta León Felipe, me permite decir: pensamientos míos, hijos de mi corazón que os vais ahora solos y a la ventura por el mundo que os guíe Dios.
Una vez hechas estas consideraciones asumo la tarea de escribir estas puntualizaciones en torno a esa “función que consiste en abrir al sujeto a la cultura como lugar de humanización de la vida, la de hacer posible el encuentro con la dimensión erótica del conocimiento” (Recalcati, 2016: 14), desde mi propia historia, desde mi implicación como docente, desde mi tránsito por las instituciones y los establecimientos educativos, que han estado presentes de manera constante, a lo largo de prácticamente toda mi vida, desde el ingreso al jardín de infantes, hasta el momento actual.
El conocimiento, las producciones artísticas, los bienes culturales en tanto creaciones humanas anteceden al nacimiento de cada uno de los sujetos en particular, ya están ahí, forman parte de ese universo simbólico que permitirá al cachorro humano advenir miembro de una cultura y en tanto tal sujeto. Sin embargo, para que esto suceda y se haga efectivo se requiere llevar a cabo un proceso de educación, un acto de amor por parte de quienes, a modo de polea de transmisión, desean incluir a los más jóvenes a ser parte de esa cultura, la cual valoran y desean transmitir. En esa medida se demanda al recién nacido y a los más jóvenes que acepten, que hagan suyo ese ofrecimiento, ese don. Desde esta lógica hay que recibir el don del conocimiento y su transmisión, para a su vez poder transmitirlos, para poder advenir educador en general y docente en específico. En palabras de Dolto (1991) puedo señalar que es por ellos que la vida se humaniza. Así, el origen y la constitución del sujeto sólo es posible como efecto del encuentro con el prójimo, quien al establecer un vínculo de amor que le demanda y posibilita la vida, lo pone en las vías del deseo, de advenir sujeto de deseo y simultánea e indisolublemente miembro de una cultura, de un linaje que le hereda los ideales plasmados desde el entramado cultural, matriz necesaria para la constitución subjetiva. En donde se posibilita encontrar–construir un lugar desde el cual amar y crear sean posibles. Ya que como señala José Revueltas: “Todo acto de creación es un acto de amor.” Y si se define la educación como lazo social […] se puede agregar también que sólo el amor puede posibilitarla” (Gerber,1990: 63).
La recepción del don-conocimiento-transmisión, nos remite al lugar de alumno, de ser aprendiz, de estar en condición de aceptar el deseo/don. En definitiva ser sujeto–objeto de amor para apropiarse, para hacer para sí, lo que se le ofrece. En este sentido en el amor a la profesión docente se articulan: el amor al conocimiento y el amor a aquellos de quienes se recibe y con quienes se comparte, como dice Pennac (2002) “amar es, finalmente, hacer el don de nuestras preferencias a aquellos a quienes preferimos” (p. 83). Así, en el ejercicio de la docencia se actualizan permanentemente tanto el lugar como la posición de alumno, así como la trayectoria educativa y escolar de cada uno de los involucrados en el acto educativo. De ahí que, el que se tenga una transferencia masiva y de trabajo consistente en investir y amar el conocimiento, pero también y no menos importante, a nuestros compañeros de ruta, compañeros de clase, profesores, amigos, trabajadores administrativos, y el establecimiento mismo, sus salones, sus rincones, sus pasillos, sus cafeterías, sus áreas deportivas, sus jardineras, y sus árboles, particularmente sus jacarandas en primavera.
Hay un aspecto que no puede quedar excluido de este relato; toda vez que la premisa que lo ha orientado es que el proceso educativo conlleva, y es su condición de posibilidad: el lazo amoroso. La relación con el conocimiento y la transmisión de éste como un acto de amor, con lo que se apunta a lo que permite, sostiene y hace posible la educación, a saber, la relación educativa, así como al acto fundamental del quehacer docente, llevar al alumno a amar el conocimiento y el proceso de su adquisición, como lo señala Castoriadis (2002). Según el mismo autor, esto hace que la profesión docente no sea un trabajo cualquiera.
De manera simultánea, también hay fuentes de malestar, de confrontación, de conflicto, de cuestionamiento. La primera remite al orden de imposibilidad que la educación misma entraña, al malestar que todo proceso de adscripción institucional conlleva, a las exigencias y tensiones entre los mandatos, ideales e imaginarios sobre los cuales se sostiene la educación y lo que de manera efectiva y cotidiana acontece en cada hora de clase.
Acercarse al tema de los efectos que tienen los afectos sobre los sujetos–actores del acto educativo ha sido analizado y se ha dado cuenta de él desde diferentes ángulos y con diferentes recursos, me refiero a poemas, novelas, películas, en los que han quedado plasmadas las otras escenas del acto educativo, en donde los contenidos académicos, las planeaciones y las rúbricas, las estrategias didácticas pasan a segundo plano, o incluso están fuera de foco, ya que lo que son objeto de elucidación son los aspectos psíquicos y afectivos de los protagonistas de la escena. A contraparte, están las investigaciones, de corte científico–académico en las que la subjetividad ha sido eludida, menospreciada cuando no inclusive ubicada como obstáculo o distorsión. Iniciativas como ésta en la que se nos convoca a elucidar sobre y desde la subjetividad constituyen una vía para dar cuenta de la complejidad del acto educativo y del lugar que tiene en la constitución de los sujetos que en ella participan.
Vida afectiva y pasiones son motor instituyente, aun a pesar de ser negadas, relegadas o aun devaluadas, de ahí que el trabajo de análisis y responsabilización de y sobre las mismas permite que sean puestas al servicio del trabajo en todos los niveles que implica el proceso creador del sujeto mismo, de las instituciones y, por ende, de las subjetividades. Para que como lo plantea Castoriadis (2002), la educación sea un proceso de humanización, de socialización, que permita y promueva el advenimiento de sujetos autónomos y responsables. De tal forma que, el trabajo educativo cotidiano constituya una labor de revaloración de los sujetos, del rescate de su potencia creadora y del ejercicio de la imaginación, tanto con respecto a sí mismos como al orden institucional, social y político.
Por último, considero que ante las circunstancias que vivimos actualmente como efecto de la pandemia, y con motivo de las medidas que se han impuesto a las instituciones educativas, estás reflexiones apuntan hacia las decisiones que sobre este quehacer y esta institución tienen que tomarse. Entender a la institución educativa y al proceso de educación como proceso de subjetivación, y al acto educativo como la posibilidad de que el conocimiento circule cómo y con el deseo, en los términos antes planteados, y que rebasa con mucho los términos de una lectura y propuesta instrumentalista, que reduce la educación a la adquisición de información y al entrenamiento comportamental.

Bibliografia

Castoriadis, C. (1997). Pasión y Conocimiento. Revista Colombiana de psicología
– (2002). Psique y educación. Figuras de lo pensable. Fondo de Cultura Económica.
Dolto, F. (1991). La causa de los niños. México: Paidós
Gerber, D. (1990). La pedagogía y el amor del maestro, en Psicoanálisis y Educación, México: UNAM-Facultad de Filosofía y Letras.
Pennac, D. (2002) Como una novela. México: Norma.
Recalcati, M. (2016). La hora de clase. Barcelona: Anagrama.

*Doctora en Educación. Profesora de la UNAM FES-Iztacala. ireneag@unam.mx

  • María Teresa Pantoja
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    Irene en esta reflexión me con-mueve la transición del amor por enseñar y que hace posible el lazo social,al malestar que implica los conflictos, los celos la envidia y que pueden atentar contra esa pasion. Me agrada que tomes ambos aspectos en cuenta.

  • Carlos Montes Q
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    En una de sus acepciones la RAE dice que la pasión es “apetito de algo o afición vehemente a ello”. Según otra fuente, la pasión por definición no puede durar. El texto de Irene Aguado hace patente que ese elemento del acto educativo implica, el gusto por participar en la transmisión del conocimiento, y una constante renovación de ese apetito. Lo facilita y lo complica la presencia de los afectos, lo que nos lleva a otra de las acepciones de pasión de la RAE: perturbación o afecto desordenado del ánimo. En esos elementos que señala la autora podemos recordar y reconocer a los docentes que dejan huella. Una grata y recomendable lectura.

  • Patricia Becerra Estrada/IEMS_DSETIC_MHgo_G1
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    La tarea fundamental de la docencia es la motivación epistemofílica de los estudiantes, porque es a través de esta pulsión que es posible lograr la autonomía del propio pensamiento y su transformación en sujetos creadores de sí mismos y de su entorno. Sólo que para ello, coincido plenamente con la Dra. Irene, es condición de posibilidad el amor, los afectos, la transmisión a partir del deseo y la vocación, que pueda ir más allá de las exigencias académicas para resignificar y revalorar la actividad docente.

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