La pretensión por lo imposible versus la costumbre de ganar

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

Sólo extraña al entrenador de la selección mexicana, que además es argentino y ya entrenó a equipos de la MLS, que el equipo norteamericano le gane de manera arrolladora a los nuestros. También Canadá está subida en ese avión.
Mientras los mexicanos nos desgastamos demasiado en justificar las bases de nuestro éxito para que cuando éste llegue no nos agarre desprevenidos, el equipo de los EE.UU. se dedica a ganar sin argumentos, sólo como una consecuencia de su tradición deportiva.
La eliminatoria para el Mundial de futbol alcanza nuevamente el rango de calvario. Ser los mejores de los más malos se convirtió en un insulto que no estamos dispuestos a soportar y la mejor demostración es la dificultad de nuestros equipos para ganarles a ésos. Antes el discurso más recurrente de la zona mixta era el mal de ojo que los equipos bananeros acometían contra los nuestros: desde el vudú de los haitianos hasta las patadas voladoras con que sus defensores persuadían a nuestros delanteros para achicarse. Para contrarrestarlo, bastaba una cita en el estadio Azteca: los visitantes, poblados de jugadores llaneros, padecían de rubor; ganábamos con la pura estrategia de instalar vestidores con regadera. Pero ahora esos equipos vienen a ganar. Hasta los canadienses y los estadounidenses han aprendido a jugar. Un deporte impopular se ha vuelto para ellos otro pretexto para el éxito.
Nuestros comentaristas deportivos más nacionalistas reclaman el hecho de que ellos están adiestrando a sus jóvenes en los mejores equipos de Europa. Alphonso Davies es el “crack” canadiense que ha roto la Bundesliga. El norteamericano Christian Pulisic (de origen europeo) juega en el Chelsea de Inglaterra. Mientras tanto, los jugadores mexicanos van a cuentagotas a las ligas de élite y eso como una proeza donde interviene en la ecuación el hecho de ganar menos dinero del que podrían si se quedaran aquí.
Así las cosas, los aficionados seguimos apelando a una narrativa de fatalismo: perdemos contra los malos, jugamos tan bien como los buenos y nunca ganamos por pura mala suerte: el árbitro que marcó un penal inexistente, la tarjeta roja exagerada, la increíble distracción de nuestro portero…
Aunque en torneos con límite edad nuestros equipos han demostrado que también pueden ganar, nuestra selección mayor sufre de una maldición irreversible: nacimos para perder con honor.
La Holanda de los años 70 no ganó más que el prestigio. Es un equipo mítico. Nuestras selecciones de los últimos 35 años (del Mundial del 86 para acá), no ganan porque les faltan argumentos o les sobran estrellas (Hugo Sánchez, Cuauhtémoc Blanco, Rafa Márquez, Pável Pardo, Andrés Guardado…). Significa que nuestra única posibilidad de trascender consiste en renunciar a los astros y jugar con mejor orden. Si el desorden consagró a lo holandeses, la perseverancia asociativa y el milagro es nuestra única esperanza.
Le hace falta una Virgen de Guadalupe a nuestra camiseta.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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