La educación en las vidas

 en Miguel Bazdresch Parada

Miguel Bazdresch Parada*

Según variados estudiosos de la educación, una fuente importante de esa educación para los humanos se da en la vida. Es conocida la diferencia, arbitraria o real, entre tres vidas: la vida privada, la vida pública y la vida íntima. Y de ahí la diferencia de los aportes de cada una de las tres a la educación de los humanos.
Vale la pena una mirada somera a esos aportes, pues estos tiempos agitados en el mundo de los humanos y de nuestras organizaciones de gobierno se prestan para reconocer cuáles son algunos de los aportes educativos al menos de la vida privada y la pública y las relaciones entre ellas.
En la vida privada unos padres procuran educar a sus hijos, por ejemplo, con enseñarles hábitos saludables: comer bien, dormir bien, cuidar la salud, cuidar a los miembros de la familia y más. También les es propicio educar para caer en la cuenta de las valoraciones cotidianas entre los diferentes miembros. Respetar a los demás, aprender a confiar, escuchar a otros, aceptar las decisiones de la autoridad cuando dirime conflictos, o propone acciones conjuntas. Difícil, y a la vez precioso aporte es comprender la frustración, esforzarse más cuando no se alcanza una meta, poner atención a lo que hace y, más aún, poner atención en lo que hay quehacer para conseguir una meta, por sencilla o difícil que sea. Una actitud especialmente aprehensible en la familia es la tolerancia, sea a las acciones de otros, sea a la frustración propia, sea a lo que no se puede hacer en un momento dado.
Desde luego, muchos de esos aprendizajes en la vida privada no son fáciles y en ocasiones son ocasión de conflicto y disputas. Éstas, a su vez, son ocasión de aprendizaje de actitudes complejo como saber disculparse por los excesos, reconocer los errores, comprender la necesidad de realizar actos, quizá incómodos o pesados, es decir actitud de superación, para lograr objetivos.
Estos “educables” en la vida privada también lo son en la vida pública, con un ingrediente complejo adicional: los otros, los compañeros de escuela, de juego, de trabajo. Se añade a los otros, las conductas exigibles en el ámbito público y los efectos de las decisiones de la autoridad gubernamental. También las autoridades de los lugares públicos a los que asistimos, sea el dueño del restaurante preferido hasta el profesor en el aula y el director de la escuela o de la empresa. La vida pública nos pone límites o nos pone rutas quizá no fáciles de aceptar. Ahí la gran oportunidad de reconocer, por ejemplo, las operaciones educativas surgidas de la pregunta: Si yo fuera la autoridad, ¿cómo resolvería ese problema o situación que me estorba y enoja? Es decir, hacer el ejercicio de comprender cómo y por qué el poder público hace caso, o no, de situaciones graves o lastimosas para un importante sector de la población.
Se puede hacer a un lado a vida pública, pues “no me importa”, “hacen los que quieren”, “sólo les da por robar”, y otros exabruptos plagados de ignorancia, desconfianza y frustración. Bien vista, la vida pública es una enorme escuela en la cual aprendemos, primero de nosotros mismos, también de la tarea de vivir juntos y de cómo hacemos y construimos “sociedad”. Esta vida social espera ser mejor cuando la vida de la escuela–institución le ayude a formarnos en aprender a aprender y la vida social sea uno de nuestro compromiso.

*Doctor en Filosofía de la educación. Profesor emérito del Instituto Superior de Estudios Superiores de Occidente (ITESO). mbazdres@iteso.mx

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