La educación como institución: el silencio docente

 en Marco Antonio González

Marco Antonio González Villa*

Cada vez se acerca más la fecha en que podremos regresar a nuestras rutinas cotidianas y con ello a darle vida a las escuelas. La situación que estamos viviendo ha puesto de relieve que hace falta un cambio en la forma de conducirnos en lo educativo, para prevenir cualquier contingencia que, esperamos que no pudiera suceder en lo futuro.
Sin embargo, las expectativas no son buenas mientras no se escuche la voz de los docentes, quienes conocen las circunstancias y condiciones que viven sus alumnos y alumnas, así como tienen referencias claras de la infraestructura económica, material y tecnológica de su escuela, de la comunidad donde trabajan y, nuevamente, de sus alumnas y alumnos, lo cual les permite generar propuestas viables y válidas. Pero no se le dará la palabra con seguridad.
Este pesimismo que aquí develo surge de la experiencia y significación de la educación como institución, tal como la conciben psicoanalistas, socioanalistas, analistas institucionales y algunas vertientes sociológicas, entre otras disciplinas. En este contexto teórico, Rene Kaës, define a la institución como una formación de la sociedad y la cultura que sigue su propia lógica, la cual reúne y administra procesos heterogéneos de carácter social, político, cultural, económicos, psíquicos, entre otros.
Es precisamente en el último punto, el psíquico, en el que la educación, como institución determina formas específicas de acción para los que allí se encuentran. Dejando de lado el trasfondo psicoanalítico de la propuesta de Kaës, retomo entonces las tres funciones psíquicas de la institución, educativa en este caso, por él referidas: 1) moviliza, propicia el movimiento de estudiantes, docentes, administrativos, personal de mantenimiento, de manera organizada, estableciendo roles para cada uno dentro de la escuela; 2) cumple, con la función social que le es encomendada, así como con las expectativas y necesidades de todos los que allí se encuentran o se relacionan con ella; y 3) impone, le adjudica obligaciones y formas de actuar específicas a cada uno, en la búsqueda de mantener los vínculos institucionales, pero más allá, para lograr el propio mantenimiento de la institución y del sistema que lo cobija.
La experiencia nos dice que las tres funciones son claras: moverse, cumplir y dejarse imponer formas de acción, lo cual deja poco margen para la opinión y, sobre todo, para la propuesta. Estamos en un momento coyuntural que abre la puerta para la creación de nuevos espacios en donde, finalmente, se pregunte a las y los maestros frente a grupo qué acciones preventivas o remediales son pertinentes para su escuela y estudiantes.
La tecnología fue una opción, sin embargo, también fue un instrumento para remarcar y ampliar la desigualdad, por lo que no es la mejor respuesta. Crisis es oportunidad; tienen las autoridades la posibilidad de hacer lo correcto y no seguir con indicaciones desde el escritorio. Ya lo veremos

*Maestro en Educación. Profesor de la Facultad de Estudios Superiores Iztacala. antonio.gonzalez@ired.unam.mx

Deja un comentario

Escriba su búsqueda y presione ENTER para buscar