La dificultad de entender a otro: la inevitable incomprensión
Marco Antonio González Villa*
Forma parte del aprendizaje social, es una premisa básica de las relaciones interpersonales, un principio ético y la materia prima de trabajo en el campo de lo psi, y, sin embargo, pese a su importancia y el énfasis que ponemos en lograrlo, resulta sumamente difícil entender el actuar, las decisiones, las ideas y el pensamiento del otro.
Esto nos lleva a plantear que vivimos en una permanente, inevitable y no deseable incomprensión, que nos trae continuamente frustración, enojo, desaliento, tristeza y sentimientos de soledad. “No nos entendemos”, dicen en una pareja; “si ya habíamos tenido avances, ¿por qué recaíste?” Señala un terapeuta; “¿por qué no valoras mi esfuerzo?”, dice un padre a un hijo; “¿por qué no piensan en su futuro?”, dice el docente de adolescentes; “¿por qué quieren ganar más?”, dice el empresario al obrero, y así una infinita cadena de incomprensiones.
Lo que solemos tener son interpretaciones, algo que seduce a muchas personas, sean profesionales o no, aunque pocas veces nos acerquemos a tener un real entendimiento de otro ser. “Yo creo que eres así por esto…”, “creo que hiciste esto porque me odias…”, “considero que por tu baja autoestima actúas de esta forma…”, “es por tu compulsión a la repetición que haces…”, “no haces mis tareas porque eres flojo e inmaduro”, y así pensamos tener la verdad del otro, aunque sepamos que no hay verdades absolutas; ahí se nos olvida.
Dicen algunas teorías filosóficas y psicológicas que, si quieres saber algo de alguien, pregúntale directamente, lo cual, aunque parece obvio, nos puede llevar también a un punto muerto en el que el otro tampoco sepa quién o cómo es en realidad o yo no tenga los referentes, conocimientos o experiencia para entenderlo; muchos seguidores de grandes teóricos dicen manejar su teoría, pero su formación los limita sin que se den cuenta. Por eso tenemos a tantos secretarios y subsecretarios de educación que jamás entenderán a un Piaget, a un Vygotski, a Ausubel, a Freire o a Dussel, teniendo cada uno de ellos una formación y visión interdisciplinaria. La lectura superficial de otro, real o metafórica, no me hace entenderlo, ni comprenderlo, ni saber sobre él, de ahí tantas fallas en sus “propuestas educativas”. Confieso que me es incomprensible su falta de lectura.
Si lo académico o intelectual no se salva, mucho menos lo sensible: muchos y muchas artistas han sido incomprendidos y sus obras ignoradas o desvalorizadas, muchas parejas abandonadas por no entender la forma de querer del otro, muchas personas lastimadas porque nadie entiende qué les causa dolor, muchos malentendidos porque no entendemos ni sabemos las razones del otro.
Pese a esta situación, hay dos aspectos que debemos resaltar y rescatar: por un lado, aún con las dificultades de mutua comprensión y entendimiento, existen la conciliaridad y las interpercepciones compartidas, que nos pueden acercar al pensamiento y sentir de alguien más, y por otro, independientemente de las claras y obvias diferencias entre todos y todas, lo social nos demanda regirnos por un principio ético de pleno respeto, trato digno y velar por la subsistencia del otro.
Así que tenemos limitaciones para entender al otro, que nos hacen no comprenderlo, pero eso no me legitima o valida para atacarlo, minimizarlo, cuestionarlo o destruirlo: es la incomprensión la que nos debe llevar a acercarnos para lograr el entendimiento del otro. La comprensión del otro amplía nuestras limitadas perspectivas, pero esta comprensión parte de un interés personal que demanda tiempo, esfuerzo y compromiso, por eso pocos lo logran o se esfuerzan en ello. Concluyo este editorial con el deseo simple de que alguien comprenda este texto; no pido más.
*Doctor en Educación. Profesor de la Facultad de Estudios Superiores Iztacala. antonio.gonzalez@ired.unam.mx