La bolita…

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

En un mundo donde un ex Garibaldi se suicida porque no tiene dinero –según el confiable periodismo de espectáculos–, debe replantearse el concepto y pertinencia de la riqueza, la soledad, la fama, el apego a la vida.
Grupo vocal diseñado para amenizar las fiestas de la juventud de cierta posición socioeconómica, sus bailes plástico-regionales fueron imitados y difundidos hasta por una distribuidora de películas de alquiler. Igual que los videos promocionados que hicieron furor durante unos cuantos años, el destino de la agrupación resultó pasajero e intrascendente. Más una plataforma de exhibición para que los integrantes tuvieran acceso a programas televisivos de mediano pelo y carreras de solistas que nunca importaron a nadie. Ni a ellos mismos.
Excepto Sergio Mayer que ha hecho una insípida trayectoria como diputado federal y comisionado para la cultura y la cinematografía, el resto son una anécdota que sólo recuerdan sus familiares.
La fama es un aliciente infecundo que no garantiza la existencia de nadie. La moda encumbra lo inútil y desdeña con la misma enjundia. En la olla del olvido todos participamos del caldo.
El afecto hacia la vida merece un cultivo paralelo. Tiene que ver con el apego a los otros. Con la compasión y la ternura de quien observa el acendramiento de las arrugas, la manifestación de una dolencia o la espontánea aparición –por ello justificable– de la alegría.
Vivir es una posibilidad sujeta a múltiples coincidencias: la biología, la psicología, la física y el deseo intangible de presenciar otro amanecer, tomar la mano de alguien para celebrar una estrella, una tarde de tele, una hora sin obligaciones.
Cuando la nota roja dota de significado a la vida de un destinatario, nuestros parámetros ontológicos merecen un suspiro. Un comentario piadoso, un aprendizaje de soslayo.
“Tengo una bolita que me sube y me baja”, cantaron entre una lluvia de confeti patrio y espantasuegras de la banalidad. Nuestra idiosincrasia de “six pack” y la alusión a una plazoleta chilanga José Alfredo Jiménez difundió el talento y adquirió la adicción. Garibaldi representó lo que los mexicanos quisieron ser: folklore ultramoderno y sensualidad de pantalones abotonados en los costados y escotes de pirotecnia. Un pueblo que mendiga identidad a punta de balazos y tradiciones idealizadas. La felicidad no es mexicana; la fiesta, sí.
Sólo se trata de un suicidio. La pobreza como motivo; la tristeza como condición. Todas las formas de la muerte son lamentables.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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