Historia viva

 en Rubén Zatarain

Rubén Zatarain Mendoza*

Cuando en la agenda nacional de noticias era tema de soslayo el 2 de octubre de 1968, era un niño preescolar que se acercaba al mundo de la plastilina para representar el mundo pequeño dónde campeaba la mirada desinformada y el deseo de apropiación de la apasionante belleza del entorno natural.
La mirada infantil propia y la de muchos pueblerinos con edad de ciudadanía era totalmente ajena a los asuntos sociales que se estaban expresando.
1968, año de movimientos sociales, de inconformidad y movilizaciones estudiantiles sincrónicas en algunas ciudades como el Distrito Federal, París y Praga. Evento histórico que también evidencia la mirada parcial de los medios de comunicación y la distancia del conjunto para vivenciar su derecho a la información.
En los pueblos aquellos del medio rural cortados de vías de acceso por las recurrentes inundaciones, las grandes y las pequeñas noticias siempre han tenido el mismo valor, muy pocas veces son apenas objeto de comentario o cuchicheo pasajero. La vida cotidiana de la gente del campo impone su propio ritmo y apenas deja tiempo para prestar un poco de oídos a las noticias que llegan y se sintonizan en los viejos radios.
La mentalidad asincrónica y el no acceso a la información forman parte del entramado de la vida cotidiana en sedimentos de pobreza económica, cultural y de alcance de conciencia.
Entre el incesante cacareo diurno de gallinas que anuncia un nuevo huevo o el mugido lejano de las vacas que pastan a las orillas del pueblo o el rebuzno de un burro sin horario de comunicado indeterminado, está el devenir de las gentes del medio rural que mide su tiempo del día en observaciones básicas y breves, comunicados del uso del tiempo con frases como “ya amaneció”,” ya es mediodía” o “ya está oscureciendo”
La noche y las estrellas siempre brillantes que regresan a poblar el cielo mientras las últimas lluvias se despiden, arropan el descanso de una cansada jornada de trabajo de siembra y plantaciones. No hay mucho tiempo antes de conciliar el sueño, apenas un poco para radionovelas como Chucho el Roto antes de la era masiva de la televisión.
1968. El asesinato a mansalva de estudiantes en la plaza de las tres culturas en Tlatelolco parece tan lejano e impersonal como los preparativos de las olimpiadas y la expedición de los pioneros que ya están casi listos para su viaje a la Luna.
1968. La encrucijada moral del escritor jalisciense Agustín Yáñez, entonces secretario de Educación Pública, para algunos copartícipe, para otros ratoncillo indefinido y para muchos que respiran los aires de Jalisco inocente, al igual que la UdeG de aquel momento, el legado de su apatía al movimiento estudiantil.
Se dice que el escritor Ricardo Garibay, testigo presencial narra la siguiente escena:

Al concluir una reunión con el presidente Díaz Ordaz, Yáñez cruza con este unas últimas palabras casi en secreto y le entrega un documento. De inmediato, el mandatario rompe el papel en 4 partes y vocifera “A mi ningún hijo de la chingada me renuncia” ¡Váyase a cumplir un poco mejor con su cometido!

Pasados los días apenas un trozo de periódico viejo en la envoltura de sal o azúcar, apenas un apunte telegráfico en los noticieros de la radio, apenas una foto borrosa y deslavada en blanco y negro, la versión oficial triunfa, hay una primaria versión histórica sobre las cifras, sobre las motivaciones.
Sobre la matanza.
Posterior a conocer las monedas conmemorativas de plata llamadas monedas olímpicas, algo de tiempo después, nuestra generación se encontraría de frente con la fotografía del rostro oculto detrás de sus lentes del responsable de aquel crimen de lesa humanidad, de aquella decisión injustificable desde el poder presidencial, de Gustavo Díaz Ordaz cuyos dientes fueron inmortalizados en múltiples cartones.
Del rol indigno del ejército y de la agresión brutal la memoria colectiva se fue difuminando. Los criminales subsisten gracias al olvido y a la urgencia e inmediatez del proceder de las masas.
2019, la parada ante su estatua en la residencia oficial de Los Pinos hoy convertida en museo, el desfile de bronce de los expresidentes trajeados, muy cerca del búnker donde se concentraba el estado mayor presidencial, donde ahora se exhiben los vehículos usados por varios ex presidentes.
Soldados con órdenes de disparar, estudiantes indefensos corriendo para encontrar refugio de las balas asesinas, los caídos, los encarcelados, las voces del sistema en voz de los comunicadores de prensa, radio y televisión.
1982. López Portillo y su romance con Sasha Montenegro mientras las fotografías del libro de la noche de Tlatelolco de Elena Poniatowska fueron objeto de comentario en alguna noche de biblioteca en la Escuela Normal. Graban su impronta en la memoria.
Mensaje de muerte para detener las tentaciones comunistas de estudiantes desarmados, golpe a sus cabezas para crear y reproducir el miedo de manera generacional, los anestesiados y desideologizados que ahora moran en los espacios universitarios en manos de autócratas, serviles al sistema y ladrones de presupuesto público.
Odio y enojo desarmados contra ese sujeto apodado en círculos políticos como Tribilin (según refiere Julio Scherer en su libro Los Presidentes) o “La changa” como era conocido en las manifestaciones estudiantiles, gritos apagados y nuevos que fueron cobrando volumen y participantes con el transcurrir de los años.
En la tradición del normalismo rural y un poco menos en otros proyectos institucionales de formación de profesores, participar en las manifestaciones para no olvidar la masacre del dos de octubre es parte del proceso de aprendizaje político sobre la realidad nacional.
La catarsis colectiva en los gritos de calle y mensajes de pancarta y lonas, los gritos de algunos que se niegan a la herrumbre del olvido de las fechas infaustas. El proceder gubernamental por sexenios de ni los veo ni los oigo, las falsas transiciones democráticas neoliberales de carga implícita a la derecha.
La SEP y el debate de las ideas pedagógicas, tender la doble red de escolarización para que los sueños de mejora muevan la rueca del país de las inequidades.
Las marchas conmemorativas que cumplen 52 años y que han tomado renovados bríos en 2021. La voz en cuello y la conciencia crítica siempre necesaria de los estudiantes.
Los temas y las razones, las preguntas y las mínimas respuestas, los estudiantes y los profesores juntos por la luz y la justicia en asuntos como los caídos y encarcelados del 2 de octubre o los 43 desaparecidos de la Normal de Ayotzinapa.
La oposición derechista cafetera y twittera, la miseria de la política, Lilly Téllez senadora, la abominable elección de propuestas de gobierno como la del estado de Nuevo León. El salto al vacío, la toma de posesión de la incompetencia y la frivolidad, la simpleza programática “Amar a Nuevo León”,
La voz patética del español Aznar que enfático afirma que tuvieron que suceder algunas cosas en materia de conquista y de que no existe materia de disculpas; la derecha internacional aliada participante activa de proyectos ideológicos franquistas, los Pandora Papers y la globalización de la opacidad de algunas fortunas.
La SEP y sus cien años el 3 de octubre, el sueño del derecho a la educación de calidad y la honestidad como valor universal.
La SEP y el parto del SNTE en sus entrañas.
1968. La postura canina de mover la cola del liderazgo del “sindicatito” encabezado por Félix Vallejo Martínez, uno de los tramos del cacicazgo de Sánchez Vite.
Tlatelolco y Ayotzinapa como heridas que no cierran, la opción del amor y el olvido o del odio y el recuerdo.
La necesidad de justicia y luces para desactivar emociones por aquello de las verdades históricas.
La SEP y su centenario, es además historia viva.

*Doctor en educación. Profesor normalista de educación básica. zatarainr@hotmail.com

Comentarios
  • Griselda Gómez de la Torre
    Responder

    02 de octubre de 1968, ni perdón, ni olvido.
    No bastaba una sola voz, por dolida y sincera que fuese, para dar el sonido, la significación, la dimensión misma de los trágicos días vividos por muchos mexicanos en octubre de 1968. ¿Cómo podemos pensar el 68?, ¿movimiento o parteaguas en la historia del México moderno?, ¿Qué cambió socialmente?, ¿Qué persiste aún del movimiento?, ¿seguimos siendo los mismos como sociedad?, ¿desde qué mirada comprender lo que cambió?, ¿lo que aún se mantiene?, ¿Cómo recuperar la autonomía universitaria?, ¿Cómo entender los derechos humanos desoídos?
    “Ya somos el olvido que seremos, el polvo elemental que nos ignora y que fue el rojo Adán, y que es ahora todos los hombres y que no veremos.
    Ya somos en la tumba, las dos fechas del principio y término.
    La caja, la obscena corrupción y la mortaja.
    Los triunfos de la muerte y las endechas. No soy el insensato que se aferra al mágico sonido de su nombre.
    Pienso con esperanza en aquel hombre que no sabrá que fui sobre la tierra. Bajo el indiferente azul del cielo, esta meditación, es un consuelo” (Dr. Abad)

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