Guadalupe-Hidalgo

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

La sabiduría popular designa esta temporada como el espléndido “Puente Guadalupe-Hidalgo”. Abarca la celebración de nuestra -así considerada- segunda nacionalidad, la aparición de la Virgen de Guadalupe, y concluye con la rosca de los Reyes Magos. Tres semanas en que la productividad se cambia por cohetes y piñatas. Época de compras y deudas que comienzan a pagarse en marzo. Kilos de grasa extra y presencia inoportuna de parientes lejanos.
Las tiendas departamentales ofrecen artículos innecesarios que se adquieren con frenesí pese a los aventones, el maltrato de los cajeros donceles, la dudosa calidad de los productos. El aguinaldo es un pasaporte para la dicha y la inconsciencia: el seguro del coche puede esperar. Los villancicos animan y el frío justifica el café de 70 pesos, el abrigo de lana, el tícket del estacionamiento incontrolable del centro comercial.
A la pared le viene bien una segunda mano de blanco. El sillón de tres plazas adquirido a plazos, la suscripción de Sky, los obsequios depositados sobre cualquier parte de manera provisional hasta febrero o hasta que se terminen los chocolates envinados.
El puente provoca la descomposición de los hábitos, la suposición de la abundancia, la excitable pereza con que se posterga lo indispensable (como rehacer la despensa) y se apresura la futilidad, el hedonismo merecido. La vida se disfruta con fritangas y refresco de cola. Netflix hasta el hartazgo. Derroche.
En vacaciones nada puede salir mal. La inseguridad resulta un mal necesario, el costo de la opulencia. Con el aguinaldo y el fondo de ahorro acumulado con sangre, diciembre es un mes pletórico. La risa brota sincera; el descanso, apenas justificado. El fin del año se corona con euforia, tequila bien brindado, renos en parvada, nieve de ornato…
La cena se prepara con ansia. El bacalao se desala bajo el antojo y los romeritos son una promesa de agruras tolerables. El afecto es excesivo y el perdón es una condición. Sobran los abrazos y los mensajes electrónicos con intenciones sinceras. La alegría se exuda con los grados centígrados y un suéter de pelos rojos y calor añadido.
Las ausencias se previenen con requintos y batería dentro de una bocina de tamaño razonable; con el karaoke oportuno y el postre de ración repetida.
Los arbolitos impedidos de su crecimiento natural reparten aroma boscoso con esferas y foquitos combinados, un Santa Claus obsequiador de chocolates y niños que quieren dormirse temprano.
Bajo el árbol habrá regalos envueltos por padres ilusionados, sorpresas genuinas, días de juegos entretenidos hasta que lleguen los Reyes. Entonces se partirá la rosca, se merecerá el monito y se prometerá una próxima reunión…
El círculo de la vida. Mientras tanto, los niños crecen. Hay quien se marcha, quien llega, quien sólo amaga. Otro año se encaja en nuestra vejez apalabrada.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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