“Free-lance”

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

El “free-lance” es el eufemismo del desempleo. Se trata de una expresión apropiada para soltarla durante las reuniones (excepto las familiares, donde todos saben que el tío Ramón es un mantenido) donde no existe puesto ni empresa que se puedan referir. El anglicismo dota en automático a quien lo pronuncia de un estado que oscila entre el limbo y el misterio.
Incluye un espectro de diverso origen: escritores que venden editoriales a periódicos locales, publicistas de campañas con paternidad creativa, fotógrafos o sonideros de bodas, edecanes de virtudes negociables, “coaches” de sustituta filantropía y especialistas en Tai Chi… Todos caben en la pasarela cuya membresía consiste en no pertenecer a nómina empresarial alguna. Cobrar como eventual o hacer “chambitas” (sacar a pasear al perro del vecino, barrer una banqueta, suplir al de la guitarra en el coro de la iglesia…).
La condición es no cotizar en el Seguro Social ni ser parte de la esquilma del deber tributario.
El “free-lancer” se recomienda a sí mismo. Cuando tiene un proyecto, trabaja día y noche y cobra mucho menos que un empleado normal. Es bombero de urgencias impostergables, asesor existencial sin honorarios y amigo de parrandas épicas si otro es el mecenas de la alegría. Se adapta a las condiciones espaciales y a las posturas políticas de los otros. Sus ideales y preferencias se supeditan a las de quien lo contrata (pero no existe un contrato; sólo un acuerdo verbal la mayoría de las veces).
Es la solución perfecta para las necesidades más raras: puede redactar la homilía dominical del cura tartamudo o ser el marido sustituto de una amiga divorciada que necesita pareja para un compromiso nocturno.
Por antonomasia, se trata de la versión mexicana del emprendedor exitoso. Viste con la autenticidad que insufla la carencia. Se reconoce porque en la boda es el que lleva cuello de tortuga, aunque sea mayo y en una conversación es el que defiende con mayor vehemencia los argumentos del anfitrión (potencial patrocinador de un encargo). Se sirve tres veces mole poblano a las once de la noche y lleva mezcal casero al bautizo de un testigo de Jehová.
En nuestro país se fomenta el “free-lance” bajo el mito prestigioso del empleo a sí mismo, en un contexto donde no hay suficientes plazas laborales ni paga razonable para quien la desempeña.
Hoy por hoy el “free-lancer” vende tamales pandémicos a domicilio, maneja Uber en coche prestado y durante el trayecto critica al Gobierno con razonamientos empíricos dotados de un sentido común fomentado por la publicidad opositora de la televisión abierta y la conciencia histórica restringida.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

Comentarios
  • Lorena Ramirez
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    A partir de este artículo donde se “denosta y ridiculiza” la función e imagen de un free lance no me cabe la menor duda que perdieron el sentido y seriedad de la revista o se les “agotó la academia” y que pena que se exprese así un director de Escuela que aparte de sus funciones directivas también se dedique a escribir para “cotilleo literario” temas que de sobra se reproducen hoy en día.

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