Fortuna, Casandra y el riesgo

 en Rodolfo Morán Quiroz

Luis Rodolfo Morán Quiroz*

Suele representarse a la diosa Fortuna como opuesta a la Sapiencia: el azar de los acontecimientos remite a la idea de incertidumbre, mientras que el conocimiento estaría asociado con la certeza de la realidad que nos rodea. En otro relato mítico clásico se representa a Casandra, hija de los reyes de Troya, como sacerdotisa de Apolo, con quien pacta tener relaciones carnales a cambio de la clarividencia. Cuando tuvo el acceso a los “arcanos” del futuro, se negó a conceder su amor (o la parte de sí asociada al término) a Apolo, por lo que él la escupió en la boca para que nadie creyera sus predicciones. Dado que no podía evitar las tragedias que predecía y que nadie le creería, uno podría pensar que para Casandra sería preferible la ignorancia de los sucesos futuros.
¿Eres de las personas que se tapan los ojos en el cine cuando se acerca un pasaje del que no quieres enterarte? ¿Te gustaría saber si tu matrimonio con determinada persona te alcanzará para llegar a una vejez feliz o te llevará a un divorcio a los pocos años? ¿Te obstinas en comprar el coche que te gusta a pesar de que tus amigos te aconsejan que revises otras opciones? El psicólogo alemán Gerd Gigerenzer (nacido en Wallersdorf, Baviera, en 1947), autor o coautor de más de sesenta libros y de casi 300 artículos, se ha encontrado en que los humanos tendemos a malinterpretar la información, por más que nos consideremos “informávoros”, en especial la cuantitativa. Podría decirse que es alta la probabilidad de que malinterpretemos los datos que se nos presentan, sean cuantitativos o cualitativos. Sin embargo, el problema del uso que hacemos de la información se complica si consideramos mecanismos de decisión que psicólogos y economistas han detectado que solemos utilizar. Gigerenzer y sus coautores han detectado que existen personas que prefieren no anticipar acontecimientos en su vida. Entre ellos, si se divorciarán, cuándo morirán, el sexo de su futura descendencia, los resultados de sus pruebas clínicas (de cáncer o de covid, por ejemplo). Esta tendencia a la “ignorancia deliberada” es analizada por el psicólogo alemán en un artículo en coautoría con la española Rocío García-Retamero (2017: Cassandra’s Regret: The Psychology of Not Wanting to Know; Psychological Review, vol. 124, núm. 2) y puesta en relación con la evitación del riesgo y la evitación del arrepentimiento.
Por una parte, respecto a nuestro analfabetismo numérico, por más que sepamos que la expectativa de vida de alguien que nació en México en 2019 es de 72 años si es hombre y de 78 si es mujer, no somos capaces de interpretar el dato. Ni siquiera entendemos algún dato que nos interpele a nosotros mismos; digamos, la expectativa de vida de las personas nacidas en 1960, de 55 y 59, respectivamente. Seguramente conocemos (o somos) casos de muchas personas que ya excedieron esa edad en este momento. ¿Significa eso que “ya se pasaron” de lo que debían vivir? Esa “esperanza de vida” refiere a la cantidad de años que viviría un recién nacido si los patrones de mortalidad vigentes al momento de su nacimiento no cambian a lo largo de la vida del infante. Aunque es probable que cambien, a medida que se desarrollan infraestructuras y tecnologías que alarguen la vida de esos infantes.
Por otra parte, Gigerenzer destaca que no es lo mismo que se nos oculte o se nos distorsione la información (agnotología o anti-epistemología), como vemos que sucede de parte de funcionarios de gobierno o de los medios de comunicación que evitan que se conozcan las malas noticias de una determinada sociedad en determinadas épocas (digamos, las muertes en las pandemias o las consecuencias de los desastres naturales o presupuestarios como las crisis de pensiones) que evitar saber para no tener que asumir los riesgos o arrepentirnos de nuestras decisiones. Es probable que el enamoramiento, la infatuación, la lujuria o el encandilamiento por determinadas personas, experiencias u objetos se encuentren en la base de nuestras decisiones y que omitamos criterios que pudieran llevarnos a decisiones más informadas. Nuestro problema, tanto en nuestras decisiones cotidianas como en la manera en que la escuela y los cursos (sean de probabilidad y estadística, de diagnóstico clínico o de cálculo de beneficios para la empresa o la familia) no siempre realizamos el esfuerzo de emprender análisis que nos sirvan para tener una vida en la que seamos capaces de reducir las incertidumbres, es que solemos anteponer la emoción a la razón y a los cálculos racionales. A veces hay alguien que no quiere que sepamos. A veces nosotros no queremos saber.
Esas opciones se nos han planteado no solo al optar por algo o alguien en vez de sopesar nuestras opciones, sino también cuando hay quienes tienen interés por evitar que nosotros nos enteremos. Ya sea porque nosotros no queremos que la persona amada se entere de nuestras malas mañas, nuestros hábitos perversos o nuestras tendencias, o porque no queremos enterarnos de cuestiones como lo poco que durará la lujuria, la belleza, la FORTUNA o el buen funcionamiento del coche o la relación laboral o de pareja en la que nos hemos comprometido. Como personas, tenemos diferentes preferencias a saber o ignorar, pero también podemos encontrar sociedades en donde hay mayores tendencias a comprender y a aceptar riesgos o arrepentimientos. Entre los hallazgos de Gigerenzer y sus colegas cabe destacar que la población en Alemania es más capaz de entender la información respecto a tratamientos de salud que en Estados Unidos. Algo que resulta consistente con comprender o no los datos estadísticos que se nos presentan, o con sospechar que faltan datos por conocer.
Lo cierto es que, en este mar de incertidumbres respecto a lo que se sabe, lo que se oculta y lo que no queremos saber para no correr riesgos innecesarios o arrepentirnos de nuestras opciones, estos autores tienen razón en que vale la pena ser capaces de interpretar la información a la que podemos tenera acceso. Ya sea respecto a la probabilidad de que llueva dado que el cielo está nublado, a la probabilidad de un divorcio dadas determinadas conductas y hábitos de los participantes o la probabilidad de llegar al centésimo cumpleaños con salud.
En estas “sociedades de riesgo”, como las denominan sociólogos como Ulrich Beck (1944-2015) y Anthony Giddens (Londres, 1938) habrá que considerar de qué tácticas y mecanismos echar mano para decidir acerca de nuestros presentes y futuros y cuáles incluir en nuestros cursos formales en las escuelas. ¿Cómo enseñar a plantear preguntas para comprender y complementar la información? ¿Cómo establecer criterios para la toma de decisiones que pueden afectarnos individual, generacional o permanentemente? ¿Cómo evitar los engaños de quienes nos seducen con sus cantos de sirena? ¿Cómo identificar cuáles son los temas de los que preferimos no ver, no oír y no hablar, como los monos del santuario de Toshogu (Japón)? ¿Cómo saber si es mejor tener los ojos vendados, como se pinta a Justicia, en casos como los dictámenes penales o de doble-ciego en la academia?
Respecto a la posibilidad de que tu matrimonio derive en divorcio, sugiero consultar este artículo del 2002. A menos que tú y tu persona amada prefieran no saber de antemano: https://bpl.berkeley.edu/docs/66-Two%20Factor%20Model02.pdf
La página de “IN-estadística” alimentada por Gigerenzer y sus colegas, que contiene, entre otros, análisis de casos del comportamiento derivado de desconocer datos epidemiológicos, en idioma alemán, está aquí: https://www.rwi-essen.de/unstatistik/

*Doctor en ciencias sociales. Departamento de sociología de la Universidad de Guadalajara. rmoranq@gmail.com

Comentarios
  • Guillermo Pablo Martín de Alba
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    Cómo siempre magistral en tus notas, comentarios en el fluir de tu escritura QUERIDO PRIMO.

    ERES UN MAESTRO GRANDE ENTRE LOS GRANDES.. APLAUSOS Y FELICIDADES SEÑOR LICENCIADO EN FILOSOFÍA.

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