Fe

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

Históricamente, la fe ha servido como argumento “legítimo” para someter a los otros. Los conquistadores de Mesoamérica se valieron de Dios para ordeñar las riquezas de las civilizaciones que encontraron. El proselitismo se fomentó a cañonazos.
La ciencia se ha limitado a los paradigmas de la fe. La tierra fue plana y no orbitó alrededor del sol sino hasta la liberación de los dogmas. El arte, la gastronomía, la vestimenta… Todas las manifestaciones humanas se restringen a la normativa de la fe. Los judíos no comen puerco; los jainistas sólo se alimentan de frutos… Los cuáqueros obligaban faldas excesivas en las mujeres a quienes en la actualidad ciertos ritos les impiden el uso de pantalones, maquillaje, hasta de reírse.
Si la fe es un don concedido por la deidad, Su elección no admite escrutinio. Los fundamentalismos demuestran que la negociación es inútil. Los paganos sufren los designios de Su voz, cuyo mensaje se materializa en forma de una bomba en el metro, un avionazo a través de la ventana de una oficina de Manhattan o de un descabezamiento videograbado.
“Para un alma en pena, cada piedra es un altar”, dicen los Caifanes.
El 18 de septiembre de 2009, el jalisciense Luis Felipe Hernández Castillo viajó a la Ciudad de México para pintar consignas en el andén del metro Balderas. Al reconvenirle el vandalismo un policía, Hernández Castillo lo asesinó de un tiro. Luego mató a un civil que lo intentó despojar del arma. Hernández Castillo declaró que el acto obedeció a una orden de Dios.
Cuesta trabajo creer en una deidad que solicita pintas de bardas y asesinatos en primer grado. Acaso se trate del mismo que reclamó sacrificios de niños en los cenotes sagrados de Yucatán.
Si la fe no fomenta la paz y la igualdad entre los hombres, en todos los casos se trata de una distorsión psicopática o de una justificación autoritaria. Como el derecho divino de la realeza y toda la crueldad justificada por esa vía.
Casi siempre, los más radicales son los más insoportables. El Nuevo Testamento los ejemplifica con el grupo de los fariseos: seres piadosos adentro del templo; afuera, capaces de lapidar y condenar a otros. Se trata de personas incapaces de probar un alimento sin santiguarse e infaltables a los oficios, pero sin gesto alguno de compasión. El nazismo es la versión más depurada de la intolerancia.
Si la fe se justifica en la obtención de beneficios, como cantó Charly García, “Dios es empleado de un mostrador: da para recibir”.
Como conciencia rectora de la conducta, sus lindes son a la voluntad de cada quién. La manifestación de esa fe la padecen los demás. Toda imposición niega por principio su virtud. Y la de quien la siembra a partir de insultos y agresiones.
En alguna parte, Dios se ha declarado incrédulo de los seres humanos.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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