Farsa

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

Crecemos con la conciencia de que es mejor llevar la fiesta en paz. No tiene sentido defender una idea a balazos, aunque eso signifique renunciar a alguna convicción y darle el avión a los otros. A palabras necias, oídos hipócritas.
Si la gorda habla de dietas, el farsante dice “te ves delgada”. La gorda agradece con garnachas y abrazos y una amistad fundamentada en la hipocresía. En el fondo, el fingidor es un ser compasivo. A diferencia del mentiroso, reconoce la impostación y encubre la verdad con el propósito de ganar un afecto. Y evitar una discordia.
Las niñas cortesanas tienen naturaleza farsante. Su condición social parte de la premisa de la apariencia: “eres lo que pareces”. Muestran lo que les conviene. Son leales a su “status” y a su educación interesada. Se casan con quien les ofrece el ritmo de la vida al que pertenecen y soslayan el sentido de la existencia en favor de su poder para adquirir cosas.
La política también se cimenta en tales argucias. Al buen político lo define la habilidad para quedar bien. Sólo invierte en sonrisas. Jura hermandad en la bastardía y arguye coincidencias entre enemigos. Los políticos asisten a la universidad del disimulo. Se calzan disfraces con la frecuencia con que cambian de opinión. Se alían con adversarios y renuncian a sus ideales. Debaten convincentemente sus traiciones. La revolución cubana sólo se volvió comunista hasta que Castro negoció con los rusos.
La farsa es condición humana. Tentación de difícil rechazo. Cuando hay escenario y público dispuestos, todos ceden al impulso de la actuación. Se engola la voz, se vocaliza en exceso y se remata con caravanas de agradecimiento ante la ovación.
Somos actores de nuestras propias circunstancias. Pepe el Toro no podía sufrir en silencio: requería del melodrama para ser. Y es el arquetipo más auténtico. Vivir es sufrir. Y el sufrimiento sólo tiene sentido cuando hay otro que lo lamenta. El heroísmo es un anhelo en “close up”. Fundido a negros. Aplausos.
La vida es ridícula y breve y precisa de quién la represente. Aunque no es su intención, Pepe el Toro resulta cómico en una época donde las malas noticias no alcanzan para la compasión ni el asombro. Su llanto hoy causa risa. Sus desgracias divierten. Eso no pasa: nadie se resigna a la miseria.
En México la realidad sirve como tema de sobremesa o como motivo de burla. Nos acostumbramos a una vida paralela, fuera de inflaciones y campañas de opereta. Ahí, Pémex no ha sufrido saqueos y la equidad gobierna nuestros vínculos. Las únicas noticias que se leen son las de los resultados dominicales del futbol, que representa una guerra higiénica donde alguien gana y casi todos pierden. Por eso nos gusta tanto. Aspirar al triunfo implica una frustración aprendida, repetitiva. También ésa es una mentira.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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