Ese afán de autodestrucción

 en Rodolfo Morán Quiroz


Luis Rodolfo Morán Quiroz*

“De parto no he de morir”, solía responder un conocido cuando alguien le señalaba las consecuencias nocivas de su hábito de fumar. Como si, de alguna manera, estuviera escogiendo cómo llegaría al final de sus días.

Es frecuente que encontremos personas que tengan comportamientos que implican riesgos para su salud, su integridad física o su vida. Todos los días vemos personas que fuman, que toman alcohol, que son adictas al azúcar, que manejan con escasa precaución, que tienen el hábito de usar el teléfono celular en cualquier momento o circunstancia, que agreden a otros. Para muchas de esas personas, su estilo de vida incluye prácticas y hábitos que implican riesgos, aunque ellos las ven como simples placeres o acciones sin consecuencias nocivas.

Por motivos que ellos mismos desconocen, desestiman las posibles consecuencias para su vida o salud, y continúan su vida cotidiana como si, al decidir sobre su propio proceder, tuvieran el derecho de elegir sobre las acciones que otras personas, cercanas o desconocidas, tendrán que asumir en algún momento como consecuencia de su actuar. Todos tendremos que pagar los costos, vía nuestras contribuciones fiscales a los sistemas públicos de salud que atenderán sus enfisemas, diabetes, infartos y otros padecimientos. Muchos pagarán las consecuencias de los incidentes provocados por la combinación de más de uno de esos hábitos, como en los choques y atropellamientos provocados por manejar con escasas precauciones mientras los conductores utilizan el celular, con el agravante de algunas copas de alcohol entre pecho y espalda.

Muchas personas estarán involucradas en el cuidado, ya sean familiares o profesionales de la salud, de las personas que quedan incapacitadas, temporal o permanentemente, a consecuencia de hábitos cotidianos de quienes muestran afanes de autodestrucción que acaban por alterar sus vidas y las de quienes los rodean.

Ha llegado a tal nivel la creatividad en ese afán de autodestrucción y de afectación a la vida de otros, que esos hábitos comienzan a afectar a las nuevas generaciones. Quienes se convierten en practicantes de determinados hábitos acaban por convertirse en ejemplo a seguir para sus hijos y estudiantes. Quien observa a sus padres o a alguna otra figura de autoridad realizar determinadas acciones, es probable que tienda a imitarlos. Fumar es un ejemplo clásico de esos hábitos que se asocian con el prestigio de quienes los modelan, pero en tiempos recientes se ha sumado al repertorio de conductas el uso de pantallas a tal grado que los niños se convierten en usuarios constantes de esos adminículos tanto por el ejemplo como por el gusto directo de su utilización.

Ese afán de autodestrucción se ha convertido en afán de destruir las vidas activas de las siguientes generaciones cuando los padres, con tal de que sus hijos no les llamen la atención mientras se clavan en las pantallas, proporcionan otras pantallas a esos descendientes y así les aseguran el camino para lograr su propia destrucción, por sus propios dedos y con sus propios ojos. Los que se concentran en la diversión y las gratificaciones de las pantallas en detrimento de otras actividades y habilidades. En días recientes me he enterado de que las maestras de preescolar reciben en sus escuelas a niños que no saben hablar, pues esos niños se han pasado los primeros años de sus vidas utilizando pantallas en vez de socializar con otros niños y con sus padres. Su capacidad de comunicación se ve notablemente rezagada ante la ausencia de interacciones con personas reales.

*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología del CUCSH de la UdeG.rmoranq@gmail.com

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