En recuerdo de los maestros que se fueron, en espera de los maestros que no han llegado

 en Miguel Ángel Pérez Reynoso

Miguel Ángel Pérez Reynoso*

La profesión docente en nuestro país se está reconfigurando a marchas forzadas. Los docentes de otras épocas viven desde el recuerdo a partir de la vocación, de la mística en el trabajo, de la entrega de esa fusión con la comunidad en donde realizaban la tarea educativa. Se trabajaba sin prisas y sin pausas, los maestros y maestras que vienen desde la escuela rural mexicana y que, a todo lo largo de las primeras 6 décadas del siglo pasado, no les importó que tuvieran una formación inicial deficiente y que muchos de ellos y ellas, incluso fueran habilitados a la docencia después de haber egresado de la educación primaria y cuando mucho de la secundaria.
El crecimiento cuantitativo en cuanto al crecimiento de número de escuelas, incremento en la matrícula y, por lo tanto, en la contratación igualmente acelerada de docentes. No les preocupó a las autoridades educativas de ese entonces el asunto de la calidad. Los conceptos de calidad, excelencia, eficiencia, aun no existían en el argot pedagógico de la época. Existían sí, los conceptos de vocación, compromiso con la escuela, con los niños y las niñas, liderazgo social, lucha por la tierra y en contra de las injusticias. Gran parte del trabajo educativo de miles de docentes en México estuvo asociado, al liderazgo social y político desde abajo, al compromiso al lado de los más pobres, mientras más lejos se encontraban los docentes de los polos urbanos era mayor el compromiso social al lado de las comunidades. México seguía siendo una república rural, o un país híbrido entre miles de campesinos que abandonaban el campo para incorporares al crecimiento de los que serían (más adelante) las grandes ciudades en nuestro país.
Había una confianza plena para los docentes de esa época, ellos y ellas nos educaron a partir de la iniciativa producto del sentido común que les sirvió para entender su vocación de enseñar y de saber enseñar, los primeras letras y los primeros libros tuvieron como ventana cultural a los maestros y maestras de las escuelas primarias de las décadas de los 40, 50 y hasta los 60.
La llegada de la década de los setenta comenzó con un nuevo discurso, se comenzó a hablar al final de la misma de crisis, crisis económica, crisis política, crisis social. Los 80 es la década perdida en educación a nivel mundial y en los 90 amanecemos siendo todos constructivistas. La transición entre el magisterio-obrero de las primaras décadas del siglo XX y el magisterio de ahora, no fue tranquila, prevaleció el control corporativo de la dupla SEP–SNTE y el oficio o la profesión se proletarizó y pauperizó aún más.
Surgió el estudio hacia arriba, se pusieron de moda los posgrados (maestrías, doctorados), la investigación de la práctica, la reflexión de lo que se hace, las propuestas de innovación, pero la profesión y los resultados de la tarea educativa no mejoraron. El distanciamiento entre los docentes y las comunidades junto con el contexto en donde se ubican las escuelas cada vez se fueron distanciando más y más.
Hoy estamos a la espera de la llegada de los nuevos docentes, esos y esas que se harán cargo de la educación a lo largo del siglo XXI, son docentes sin rostro; carentes de identidad y muchas veces de sentido profesional ellos y ellas no están en las aulas, aún no han llegado a las escuelas.
Algunos nostálgicos pretenden reeditar los avances y las aportaciones de lo glorioso de la escuela rural mexicana, algunos otros se empeñan en importar ideas de otros contextos (pensamiento crítico, complejo, educación holística, constructivismo social, educación de las emociones, etcétera), sin tener el cuidado de adaptar dichas propuestas a nuestros contextos específicos y los menos estamos empeñadas en saber y poder entender las condiciones contextuales de esta realidad compleja, para saber qué tipo de docente queremos para estos tiempos.
Los nuevos docentes no se están formando en las escuelas Normales, ya que dichas instituciones también quedaron paralizadas desde hace muchos años, las Normales no entendieron que había que estar al día con una visión de vanguardia y siguen formando los docentes que serían muy buenos para incorporarlas a las escuelas de los años 70 del siglo pasado. ¿Qué tenemos ahora?, muchas dudas y muchos retos, los desafíos se sintetizan a partir del reconocimiento de que los docentes del presente no están respondiendo, aun con el logro de marchas y la firma favorable del pliego de peticiones, incluso aun a pesar de que la ley se ha aprobado a favor de los docentes de ahora. Los nuevos docentes no saben cómo entender la demanda del nuevo formato generacional de niños, niñas y jóvenes, la versatilidad de los nuevos contenidos de estudio a partir de una sociedad híper-informada y el uso de las nuevas tecnologías como recurso aliado para la tarea educativa.
Los nuevos maestros y maestras no llegan a las escuelas debido a que aún no han sido formados. Aún no tenemos en este momento certeza de qué rasgos, qué características, qué identidad y qué definición profesional tendrán los maestros y maestras del siglo XXI.

*Doctor en educación. Profesor–investigador de la UPN Guadalajara, Unidad 141. mipreynoso@yahoo.com.mx

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