El cambio y la mejora de las instituciones educativas, ¿en dónde estamos parados hoy en día?

 en Miguel Ángel Pérez Reynoso

Miguel Ángel Pérez Reynoso*

Desde la década de los setenta del siglo pasado, se formó y se forjó una generación cuya mística estuvo ligada a las aspiraciones del cambio político y social. Desde la educación se buscaba intencionar dichos cambios; más adelante y como parte de las aportaciones de la gestión educativa y de las aportaciones participativas y de proyectos comunitarios se puso a la orden del día las aspiraciones del cambio hacia la mejora al interior de las instituciones educativas.
Con la aparición de la escuela de Canadá y de las aportaciones de algunos de sus representantes Michael Fullan y Andy Hargreaves entre otros, se aportó en no mirar las instituciones hacia abajo o detenerse en lo que no sirve o en las inconsistencias de las mismas; sino más bien en aspirar hacia la mejora en el seno de su organización, hacia la mejora sustantiva y hacia el cambio permanente y sostenido.
Lo curioso es que esas aportaciones han desparecido en el debate actual, ¿es neoliberal pensar en el cambio y en la transformación de las instituciones educativas?, ¿es neoliberal la aspiración de la participación y organización colectiva de los sujetos educativos comenzando por los docentes? Yo diría que no.
La cultura escolar, la cultura pedagógica y sus implicaciones en la cultura del profesorado a partir de los hallazgos del estudio de Ángel Pérez Gómez, da cuenta de una tendencia individualista, un poco egoísta que retrata y se refleja en la práctica misma y en el ideal de sujetos en la formación, esta cultura se pretende romper con la propuesta curricular del Plan 2022 ¿se logrará? No lo sé.
Lo cierto es que las escuelas con base en su proyecto institucional de centro deberían pensar en compromisos específicos que cruce el cambio y la mejora. El proyecto local Re-Crea pretende impulsar las llamadas CAV (comunidades de aprendizaje en y para la vida), tiene el defecto de que parte de una visión normalizadora y generalizadora, del desconocimiento de las particularidades de un contexto diverso, asimétrico y con muy poco apoyo institucional. Se dice que hay que partir de un diagnóstico sí, pero un diagnóstico de qué y para qué y casi siempre los resultados terminan con resultados que dan cuenta de una serie de escenarios deficitarios, en donde se enfatizan las carencias, las inconsistencias, los defectos o lo que hace falta.
La diferencia de las aportaciones de la escuela canadiense es que sugiere mirar las oportunidades a partir de las fortalezas con las que cuenta cada escuela y tener claro su objetivo estratégico y hacia donde se quiere o se pretende llegar.
Toda escuela y toda institución educativo deberá definir año con año, una aspiración a lograr, un objetivo estratégico ejemplo: “En el presente ciclo escolar esta escuela de prescolar, primaria, secundaria ubicada en tal ligar se compromete a lograr erradicar el rezago, crear un clima de trabajo que fomente la lectura, el gusto por el desarrollo el pensamiento matemático, vincularse armónicamente con los padres y madres de familia y trabajar en un proyecto compartido”, por ejemplo.
El cambio y la mejora de una escuela en concreto se puede medir, pero también se puede documentar a partir del rescate de experiencias, de sistematizar iniciativas concretas que han sido documentadas. Todo ello condensa la verdadera reforma a la que aspiramos.
Transformar las instituciones educativas surge y debe surgir desde adentro, desde el corazón mismo de las instituciones, desde la práctica y el compromiso de sus docentes, pero, sobre todo, de la claridad del puerto al que se aspira llegar, no se pueden hacer cosas por hacer cosas, sin tener claro el sentido de las mismas.

*Doctor en educación. Profesor–investigador de la UPN Guadalajara, Unidad 141. safimel04@gmail.com

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