El aroma del confinamiento

 en Rafael Lucero Ortiz

Rafael Lucero Ortiz*

“Por falta de sosiego nuestra civilización desemboca
en una nueva barbarie. En ninguna época se han
cotizado más los activos, es decir los desasosegados.”

Con esta cita de Nietzsche, cierra Byung-Chul Han, su ensayo filosófico sobre el arte de demorarse, titulado El Aroma del tiempo, que me permito parafrasear en esta entrega.
La razón del parafraseo es que según afirma Chul Han, la narración es lo que da aroma al tiempo, sentido a la vida y al mundo. El confinamiento nos permite convertir todo nuestro universo en un mismo espacio. La oficina, la obra, el comercio, nuestro espacio de trabajo lo llevamos a casa. El parque, el cine, el teatro, el billar, el bar, nuestro espacio de diversión lo llevamos a casa. El ciclo escolar de los hijos, programa, actividades, ejercicios y actividades de aprendizaje las llevamos a casa. Todos nuestros diversos espacios y fracciones de tiempo, los llevamos a casa para vivirlos en jornada doméstica. El confinamiento redujo nuestras coordenadas a 24 horas en casa.
El reloj y la agenda, inventos para controlar nuestro tiempo y las evidencias objetivas de nuestras vidas, dejaron de tener sentido, mientras nos percatamos de que el tiempo para la vida de confinamiento en casa, sin compromisos ineludibles con terceros, tampoco alcanza. La noche nos sorpende sin cumplir con nuestros propósitos de lectura y escritura, llamadas, videoconferencias, caminata, jardinería, tareas domésticas que me devuelven a mis tiempos estudiantiles y de soltería. Termino el día derrotado por los retos de fontanería que resuelvo consignarlos como desarreglos mayores, para justificar la llamada a un técnico en estos oficios.
Nos dimos cuenta que en la oficina se procastina a hurtadillas, más que trabajar, aunque con mayor remordimiento, no deja de tener aroma de corrupción. En cambio en casa dejamos correr el sol de levante a poniente, como dueños absolutos del día y de la vida y sin ningún remordimiento, al contrario placenteramente. Cuando un día, pudo ser domingo o lunes, cualquier día, porque en el confinamiento hasta los días perdieron su identidad, cuando de golpe, me sorprendí de que era mi vida, mi tiempo, que la pandemia consumía. Y decidí aromatizar el confinamiento, darle narrativa al tiempo, sentido reflexivo a la vida. Para no caer en lo que Goethe nos previene, si mi memoria no fantasea: la vida reflexiva sin acción es estéril, la vida activa sin reflexión es piedra que rueda con la inercia de la mecánica, sin sentido.
En los espacios de trabajo, de mi oficina por ejemplo, las ausencias de los vulnerables al covid-19 y las guardias para lo estrictamente necesario, enfocó los reflectores sobre lo mínimo de lo estrictamente necesario y evidenció una operación con los mismos resultados y con mucho menos personal de la nómina existente. El sector público ni tardo ni perezoso inició el recorte. ¿Se adelgazarán los trabajos presenciales, después de la pandemia y se incrementará el trabajo en casa, con otras inciertas implicaciones, tanto positivas como negativas?
A juzgar por el alto incremento de la violencia familiar, la enérgica y hasta la violenta protesta, particularmente de jóvenes, en ciudades europeas, norteamericanas, de Brasil y de México, es claro que, el estrés del confinamiento y la impotencia contenida frente a todo tipo de abuso de poder, los detonó Floyd desde Miniapolis, Giovanni desde Guadalajara, Madelein de la Ciudad México y Oliver de Tijuana.
¿Es posible que la pandemia del covid-19 más la pandemia de los abusos de poder en todos los órdenes y los déficit de derechos, profundicen nuestra barbarie o nos impulse a resurgir en una nueva humanidad?
Antes de que el primer caso de contagio por el covid-19 apareciera, el virus ya había dado cuenta de la terapia intensiva y la vacuna urgente requerida por nuestro sistema de salud. Infraestructura hospitalaria insuficiente, no solo para atender a los afectados por la pandemia, sino a los enfermos crónicos; desabasto de medicamentos, falsificación en la producción y corrupción en las adquisiciones; ausencia de médicos especialistas; carencia de equipamiento hospitalario y sanitario para la atención de la pandemia.
En lo económico, remuneraciones al trabajo que no cubren las necesidades básicas. Ciudad Juárez es la única ciudad con tasa cero de desempleo y proporcionalmente con la concentración más alta de pobres.
En lo financiero, no hay instituciones, ni públicas ni privadas que consideren a los pobres, mayoría de la población, sujeto de crédito. Son excluidos de todo tipo de financiamiento decente y presas de agiotistas disfrazados de casas de cambio, de empeño o prestamistas privados. Mecanismos rapaces, de usura, que dejan en la indigencia al pobre.
¿Y qué decir de lo político?, ¿quién representa a los jóvenes, sus sueños, inquietudes, necesidades, demandas, a pesar de que son un tercio de los electores?, ¿quién vela por los viejos, artículos desechables del sistema político y económico?, ¿quién representa a las mujeres amas de casa, a las empleadas domésticas, a las personas desaparecidas, a los pueblos indígenas?
¿Será posible que la crisis sanitaria, así como las crisis anteriores de la primera y segunda guerra mundial o la revolución mexicana, en nuestro caso, nos traiga un aroma de esperanza, de “reencarnación colectiva de la especie humana”, como lo sueña Manuel Castells?
¿Será que hagamos del confinamiento un proceso con aroma de sosiego a la Nietzsche o de reset como la imagina Castells? ¿Y rescatemos el sentido público de la salud, la educación, el cuidado de los viejos y los débiles? ¿Y nuestra economía se oriente al bien vivir?

*Analista y consultor independiente. rlucero1951@gmail.com

  • Jorge
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    Pertinente artículo Rafa. Felicidades!

  • Lorena
    Responder

    Excelentes reflexiones maestro Lucero, leídas al aroma de buen café porque al final de la vida Byung Chul Han también audazmente nos dice, ” EL ÚNICO RECUERDO QUE QUEDARÁ EN NOSOTROS A QUIENES NOS AMAN, ES NUESTRO AROMA,”

  • Emmanuel
    Responder

    Artículo muy reflexivo y acertado, gracias

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