Educar, educarnos, educarse
Miguel Bazdresch Parada*
Terminamos el año educacional con el exabrupto del Arriaga. ¿Por qué, a estas alturas de la ciencia mundial, se insiste en reunir UNA ideología con UNA educación? La persona humana, precisamente, es humana por las mil y una posibilidades de su pensar, sentir y vivir. Desde luego, las personas escogemos nuestros propósitos y las ideas, prácticas y modos de pensar cuyas características y propuestas son más congruentes con esas ideas, que llamamos valores, con las cuales nos interesa vivir y crecer. Y, al mismo tiempo, nos damos cuenta de lo inútil de la imposición imprudente de lanzarnos hacia ciertos objetivos sin comprenderlos en detalle y, sobre todo, sin realizar un proceso consciente de intelección, juicio y decisión precisamente para respetar las múltiples posibilidades propias de todo ser humano. Educar desde una ideología única, no obstante su valor, no es congruente con la búsqueda personal, insustituible, de un camino personal de realización de lo humano, función principalísima de educarnos.
Educar es una acción personal, imperativa, para despertar, conducir, atemperar y vivir las ideas propias y luego, una vez conocido el propio yo, conocer las ideas y propuestas de otros seres humanos. Conocer la otredad, conocer al otro y a los otros es el modo humano de confirmar o no la validez de mi ser en medio de la otredad, eso mismo enfrente de otro ser haciendo un proceso similar.
Cuando en lenguaje corriente decimos “el maestro es quien sabe enseñar”, con frecuencia olvidamos dos aspectos esenciales del educar, el cual podemos llamar el “educarnos”. El primero: el maestro no enseñará si antes no está educado, es decir, si no ha descubierto su pensar, su gustar y el reunir ambos de tal manera que lo hace suyo y puede pronunciarlo y compartirlo con otros. El segundo aspecto: frente al estudiante, caer en la cuenta de la articulación de sus palabras con sus ideas personales. Esa articulación evidencia una persona, maestro, quien piensa, cree y acepta transmitir su convicción.
Cuando el maestro se propone ayudar a los estudiantes a aprender ciertas ideas, procesos, conceptos o procedimientos, convencido del “educarnos”, el estudiante comprenderá cuál es el “quid” del aprender y el maestro sentirá cuál es su parte en ese aprender, pues él mismo lo ha vivido. Así, se puede afirmar que maestro y estudiante están educándose, por medio del modo de educarnos juntos.
Por tanto, la educación no se trata de convencer a los estudiantes de la verdadera ideología que nos resolverá todos los problemas. Se trata de lograr comprender que la cultura y la naturaleza son las fuentes de conocimientos disponibles para aprender lo que nos dicen cada una. La naturaleza tiene su estructura y, con observación, estudio y experimentación, se pueden aprender algunos de sus secretos, la mayoría de ellos incontrolables. La compilación de todos los fenómenos observados en la naturaleza ha dado pie al ser humano para intervenir esos procesos y obtener resultados mejores para la propia vida de esa naturaleza y, sobre todo, para el aprovechamiento por parte del ser humano de sus frutos y características. La sistematización de todo lo aprendido por los humanos en este observar–hacer–pensar–intervenir se llama hoy ciencias naturales, la naturaleza hecha ciencia, el aprendizaje hecho certezas, siempre cuestionables y, entretanto, aplicables para una mejor vida.
La cultura es el aprendizaje-producto de la intervención de la mente humana en esa naturaleza, incluyendo la naturaleza del ser humano. La observación, la identificación con nombres descriptivos, el registro de sus ideas, movimientos, cambios y transiciones ha hecho posible comprender el clima, los vientos, las tormentas, etcétera, esa naturaleza que el ser humano no controla, y a la vez puede protegerse de sus efectos, aprovechar sus características para aprender más y con todo estructurar un modo metódico para estudiar y “educarnos”. Y claro, enriquecer la cultura.
La cultura es el modo de esculpir el mundo natural, el mundo humano en todas sus facetas y el mundo del educarse, pues la educación no es el colegio, la escuela o la universidad. La educación es el modo de vivir la vida para comprenderla, estimarla y hacerla nuestra tarea, humanizarla, al mismo tiempo de esculpir nuestro yo y compartir experiencias con los otros. Tarea insondable y al mismo tiempo enriquecedora para quien se atreve a “tomarla por los cuernos” y se decide a educarse por siempre en la vida.
La educación es hoy aprendizaje, objetivo cuyo logro se asegura mediante un maestro capaz de colaborar con los estudiantes en el proceso de aprender de la naturaleza y de la cultura. Hasta ahora, la humanidad, casi toda, ha dividido esta tarea en “niveles”, las conocidas palabras de preescolar, primaria, secundaria, media superior, superior y luego diversas formas de “poner al día” sobre los nuevos descubrimientos y nuevos paradigmas para “actualizar” el conocimiento de quienes fueron un día estudiantes y ahora son, se dice, profesionales. Es un esquema vetusto capaz de resistir rayos y centellas para moverlo a otros modos, mejores según se dice.
Sin embargo, de muy diversas maneras se están produciendo alternativas basadas en generar aprendizajes a partir de dos ingredientes: por una parte, la información proporcionada por el aprendiz, es decir, su respuesta a las preguntas del maestro posteriores a los ejercicios diseñados para entrar en contacto con el proceso de conocer alguna materia concreta, basadas en preguntas del tipo ¿qué aprendiste? ¿cómo te das cuenta de ese aprendizaje? ¿puedes explicarlo a otros compañeros? ¿cuáles piensas que puede hacer esa explicación? Y otras semejantes. Por otra parte, pedir a los estudiantes que escriban, es decir, den cuenta de los ejercicios de aprender realizados día a día, a fin de que puedan disponer, a lo largo de los días, de una “historia” del proceso vivido, no sólo para recordar, sino sobre todo para evaluar lo aprendido, lo no aprendido, las acciones con fruto y las acciones sin fruto real, de manera tal que en el curso de los días el aprendiz sabe dar cuenta de su aprendizaje, de las acciones realizadas para lograrlo, de las acciones no productivas, y sobre todo puede evaluar el dominio de la materia “estudiada”, registrada, y revisada, completada y analizada por el maestro.
Hoy, esta alternativa está en práctica en muy pocos lugares. Generalizarla es imposible por ahora. Educar, educarse, educarnos centrado en el aprender del aprendiz pide otras acciones a las acostumbradas por largo tiempo, sobre todo muchos y variados diseños y, desde luego, menos ideología única.
*Doctor en Filosofía de la Educación. Profesor emérito del Instituto Superior de Estudios Superiores de Occidente (ITESO). mbazdres@iteso.mx