Domingo

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

El Génesis define al domingo como el día en que Dios estiró las piernas para disfrutar la Creación.
La exégesis laboral lo reconoce como inhábil, mérito de la lucha sindical y acuerdo tácito para la homilía obligatoria. Es el día del Señor (“dominicus”, por su etimología) y de la repetición televisiva de los goles de la jornada. Pretexto para la convivencia familiar y la cerveza con la carne asada. La conversación y el ocio. La discusión política y el uso irresponsable de los pants.
El domingo tiene el resabio de un fracaso. Se padece bajo la forma de la angustia. Se repasan los pendientes y se plancha la camisa (blanca, de cuello). Se reparte la limosna (acto por demás simbólico) y se reviven las posibilidades de una vida no elegida que confluyen en ésa, la obtenida con la sucesión de negaciones íntimas, volitivas, constantes.
Es un día propicio para morirse. Independiente al trajín diario y dispuesto para echar a perder todos los planes ajenos que se reducen a uno: el olvido de la propia existencia. Nadie tiene pretexto para no presentar sus condolencias ni para derramar un último suspiro. Sólo los desalmados. O los que no se lamentan de sí mismos.
Procede del mejor día de la semana (el sábado) y anticipa el peor: el lunes. Lo cual lo convierte en arena húmeda, ni tierra firme ni mar. Ni frío ni calor. Es todo y nada. Poco y mucho… Los domingos siempre dejan la sensación de algo que no se hizo. La culpa de una postergación indefinida: la reparación de la llave del agua, la llamada a mamá, el paseo con el perro… Algo. Tal vez se trate del infierno donde se paga una condena difusa. Un infierno chiquito, anticipado, indolente, como prefacio para el definitivo.
Se dice que es el día dedicado al sol, el astro que rige nuestro sistema planetario. En inglés se le hace un homenaje de manera lingüística: “Sunday”. Pero en países donde el sol no es una gracia sino una recurrencia fastidiosa, no goza del privilegio de una denominación. Sólo se trata de una figuración compartida. Como el natalicio de Benito Juárez o el día de la ONU, que todos asumen pero que nadie celebra.
El domingo es día de cirrosis ideológica: daña y se ingiere con expectación demolida. Ninguna guerra puede empezar un domingo. Los matrimonios dominicales anuncian su fracaso con sobredosis de hastío. De alusión conyugal a los que una vez fueron y ya no son.
Día de somnolencia injustificada y depresión. De cine, acaso. La pandemia es un domingo pertinaz. Gordo. Aburrido y burlón. No le cabe el “rock and roll”; seguramente, el “blues”.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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