Disfraz

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

La temporada invita al disfraz. Perder la identidad para asumir una identidad distinta: semejar un muerto para exorcizar la muerte; provocar temor para no temer su presencia. Paradoja de lo mexicano, la catrina es una invocación que obedece a un miedo reverencial. Fusión con el enemigo bajo el deseo de no perder la batalla, aunque la lucha contra la Muerte sea una batalla perdida.
El disfraz es la asunción de un anonimato dirigido y provisional. La máscara de los luchadores pretende la pérdida de la humanidad (el rostro representa la identidad por antonomasia) para alcanzar el rango de lo heroico. El Santo no es un simple mortal. Es algo más: el paladín en contra de los vampiros; el ser que nos protege, en quien podemos confiar. Por el contrario, el verdugo se cubre la cara con un paño negro para deshumanizar su tarea; él sólo cumple un oficio, sin piedad ni saña, como un simple administrador de la muerte.
Los mexicanos nos pintamos la cara por una devoción atávica. Las mujeres usan vestidos largos; los hombres, smoking y frac. La muerte se recibe de gala. Con cempasúchiles y copal. Con chocolate caliente y pan de muertos, amasado para la ocasión. No es un día cualquiera: la muerte está de visita y todos somos ella. La fatalidad es bienvenida. Este día nada nos puede pasar. La muerte no se muere.
El disfraz es escudo protector y declaración de principios, como los hinchas del futbol que se calzan la camiseta de su equipo: “pertenecemos a éste”, significa. Quien se disfraza de la muerte, reconoce un bando y se incluye a su esencia, como una madre que se funde con sus hijos.
Se trata de un blindaje cultural y una festividad. El carnaval es una excepción erótica; el Día de Muertos, una memoria colectiva. Invocación de los espíritus que han partido y promesa de reencuentro. El vínculo es la muerte, puente entre dos mundos, proceso, inicio y fin, nuestro destino.
Fiesta macabra donde el festejado, la muerte, es alguien que no deseamos pero más vale llevarla en paz. Subirse al tren para no sufrir la embestida y, a bordo, saludar a los pasajeros a quienes no se había visto hace mucho. La muerte está de celebración. Sube del inframundo a elegir uno más para su reino. Como los pájaros en parvada, el disfraz confunde, ofrece anonimato, concede una oportunidad. El salvoconducto tiene vigencia. El disfraz de catrín se mantiene listo y planchado. En espera…

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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