Despacito y sin arrogancia

 en Rodolfo Morán Quiroz

Luis Rodolfo Morán Quiroz*

Uno de los recipientes del premio Nobel de economía de 2002, Daniel Kahneman, ya anticipaba parte de lo que el premio Nobel de la misma disciplina para 2017 (Richard Thaler) también señaló: las decisiones que tomamos no son completamente racionales. Ni siquiera las que desearíamos tomar con bases puramente utilitarias. Los seres humanos tarde o temprano somos jalados por nuestras emociones. Y en vez de razonar, racionalizamos, en vez de hacer decisiones justas, justificamos lo que decidimos. En realidad, se trata de un argumento que ya había presentado George Simmel más de un siglo antes, pero que no había sido demostrado empíricamente hasta hace poco.
Kahneman distingue con claridad que los humanos tenemos dos formas de pensar: resolvemos las cosas de forma rápida cuando creemos que se trata de una situación que antes habíamos enfrentado y que podremos resolver de la misma forma. O pensamos de manera más pausada cuando se trata de problemas más complejos con los que no estamos familiarizados. Así que nuestros mecanismos de actuación se rigen por mecanismos de pensamiento. Algunos otros pensadores como Gary Klein han insistido en que las decisiones que toman los expertos suelen basarse en su confianza en que se trata de situaciones similares a algunas que han resuelto previamente. Aun cuando Klein y Kahneman difieren en sus posturas, en general podríamos decir que contribuyen a señalar que, aun cuando creemos que las decisiones son fáciles, solo los expertos se atreverían a tomarlas sin mayor información de la situación de la más reciente coyuntura, basados únicamente en lo que pasó en instancias que se les parecen. Y en que, cuando se trata de procesos con los que no estamos familiarizados, dedicamos más tiempo a entender y visualizar las aristas de los problemas que se nos plantean.
Por otra parte, el filósofo Carlos Pereda abona a pensar en la utilidad que tiene pensar despacio en la manera en que solucionaremos los problemas. Introduce el concepto de la razón arrogante para señalar que tendemos, desde nuestra individualidad o como parte de un grupo con el que nos identificamos, a creer que tenemos la razón. Y cometemos la arrogancia de no escuchar las posiciones de quienes no son “yo” o quienes no son parte de un “nosotros”. Pereda, por eso, propone que debemos practicar el arte de interrumpirse a uno mismo para no caer, por ejemplo, en nacionalismos que consideren a todos los demás miembros de otras nacionalidades, como inferiores o agresores frente a nuestra nacionalidad. Personalmente, yo plantearía que el juego entre evitar la razón arrogante y practicar el arte de interrumpirse se suscita también en la terapia individual, familiar o de grupo, pues hay al menos un profesional que nos ayuda a practicar el arte de interrumpirnos y de escucharnos a nosotros mismos y a las posturas de otros.
En todo caso, a veces en nuestras escuelas nos olvidamos de pensar despacio para hacer las decisiones más sensatas en torno a distintos niveles de nuestro quehacer pedagógico. Solemos creer que somos tan expertos que podemos emitir un juicio sin mayor reflexión, o que por haber pensado antes en un tema podremos resolver cuando se nos presente una variante. O que podremos calificar o pasar o reprobar a los estudiantes sin reflexionar en la complejidad de las respuestas que nos ofrecen. A veces, arrogantes, creemos que solo hay una respuesta correcta y no nos interrumpimos antes de establecer una calificación. De tal forma, reflexionar acerca de las emociones que ponemos en juego, las posibles formas alternativas de ver nuestras indicaciones para los productos del aprendizaje y los razonamientos de los demás, podría ayudarnos a ser más lentamente sensatos en nuestro decir y actuar.

*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología del CUCSH de la UdeG. rmoranq@gmail.com

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