Desilusión

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

La desilusión ocurre cuando la expectativa es mayor que el resultado. Sucede con una cita a ciegas. Con “El padrino II” y con un compañero de trabajo que no demuestra aptitudes. Cuando se conceden cualidades a otros o a algo que la realidad demuestra excesivas, al final infundadas. Ahí.
Genera nostalgia y pesimismo. El desconsuelo nace de un reproche auto infligido por no haber previsto el desenlace. Las virtudes no se obsequian ni se declaran a priori. La inteligencia es demostrable, como el afecto y la generosidad.
Deja un profundo arrepentimiento y coraje contra sí. Y un aprendizaje acerca de los otros, de la vida. La selección de futbol nunca ganará un torneo importante. Eso se sabe luego de tantos campeonatos perdidos. Aprender de los demás significa tantear de qué son capaces a partir de la experiencia: verlos equivocarse, resignarse, desentenderse.
La sabiduría se adquiere con la desilusión; cuando no se espera mucho de la vida. Las cosas aparecen al fin con la regularidad de un día soleado, una lluvia de verano o un relámpago nocturno que ya no provocan asombro. Cuando las cosas sólo son lo que son. La lluvia, lluvia y el relámpago es eso y no hay alguien a quien –ni ganas de– señalarlo. Ocurre un bostezo. Gotas de lluvia en el cristal de la ventana. Nada extraordinario.
Crecer robustece la decepción por las cosas. Los domingos son la antesala del lunes. La cena de Navidad provoca gastritis y las vacaciones son largos días sin algo que hacer.
La fascinación se convierte en un lujo emocional que no se merece ni se pretende. Baudelaire lo denominó “spleen”. El hastío existencial. La vida como una sucesión de escenas tibias, sin entusiasmos ni sobresaltos. Un blues semilento que no tiene principio ni final. Vida vivida por rutina.
Desilusión por un gobierno de caricatura, un trabajo llano, relaciones humanas que no conmueven. Más una barra televisiva que se repite, un noticiario que podría fecharse diez años antes…
Se trata del principio de la plenitud. Las cosas en su sitio. Las tardes sobre un sofá. La lectura de Vargas Llosa. El disco de Café Tacuba. El lomo del perro cálido. La costumbre con sus crinolinas y su “polisón de nardo” (las lunas de García Lorca).
La repetición de la existencia, otra vez. Desilusión por noviembre y la noche. Los otros. La compasión.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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