De visas

 In Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

En los tiempos apocalípticos de la posverdad, la calidad moral de una persona se mide por la vigencia de su visa. Si los antros de música electrónica se reservan el derecho de admisión, los países se atribuyen potestades para abrir o cerrar sus fronteras a los extranjeros con virtudes difícilmente comprobables. La coincidencia política es el argumento de la honorabilidad. Los candidatos al turismo transnacional están obligados a la demostración de sus recursos patrimoniales e ideológicos. La desglobalización del mundo en pos de la hegemonía unilateral tiende al juicio a priori y la sanción a través del cerrojo de sus puertas. “Aunque aprendas de mí –le dijo Próspero a Calibán–, por tu origen nunca serás uno de los nuestros” (Shakespeare, “La tempestad”).
Podemos ver una serie en Netflix u otras plataformas, producida en distintos países, con traducción de los parlamentos en cualquier idioma. Podemos ver mapas satelitales de algún barrio minucioso del mundo, pero no podemos entrar a un territorio donde sus guardias fronterizos consideren nuestras opiniones o nuestro color de piel riesgosos para su seguridad nacional. La gentrificación internacional se adueñó hace mucho de los valles más fértiles del planeta. Calificamos como extranjeros de nuestra propia patria o personas de segunda división al interior de la civilización humana. Nos delata nuestro idioma, nuestra pigmentación, nuestro historial crediticio y digital.
Por su etimología indoeuropea, “hombre” significa “el que viene de la tierra”. En contraste con los dioses, cuyo origen es celeste, la nuestra es una especie hecha de lodo y nuestro límite es gravitacional. Lo que la atmósfera nos comprima. Somos de donde estemos. Nuestro hogar es el mundo. El tiempo y el lugar son accidentales; nuestra constitución es nómada, geográficamente holística. La aparición de las ciudades amuralladas primero y después los países con pasaportes arrinconaron nuestros lindes y linajes. Los africanos son catalogados como invasores en Europa; los latinoamericanos, en Estados Unidos y Canadá.
A menos que el propósito de un viajero consista en derramar efectivo (o invertir en la industria), el trashumante califica de persona “non grata”. La propiedad privada incluye banderas nacionales y también puntos de vista. La Cristiandad echó de sus fronteras a los defensores de la Media Luna, luego de siete siglos. Desde la invasión, el colonialismo eligió territorios y fundó una administración política donde definió los requisitos de la ciudadanía. El resto, quedó fuera, calificó de extranjería: los extraños, los diferentes, los otros.
Las visas son un permiso provisional de acceso a un país. Su vigencia reconoce el derecho de alguien para estar donde su libertad pueda ejercerse. Negar ese derecho es un acto de preeminencia que escinde nuestra naturaleza y justifica la discordia. Si los indoeuropeos definieron nuestro origen en la tierra, de donde somos –de lo que somos–, todos los valles y montañas, llanos y costas, bosques y desiertos son parte de nuestra casa. La visa es una imposición cultural que un día será recordada como una costumbre bárbara. Mientras tanto, la visa incluye un credo y una fe susceptibles de tener que recitarse.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx

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