De otro modo
Luis Rodolfo Morán Quiroz*
“Edítense, jóvenes”, aconsejó Antonio Venzor (1952-2017; Se va una gran figura del periodismo jalisciense | NTR Guadalajara) cuando aceptó mi invitación a una sesión del curso de expresión oral y escrita. Como señaló Lincoln Schuster en 1962, en su “Carta a quien pretende ser editor/Letter to a Would-be Editor”): “Don’t pass judgement on a manuscript as it is, but as it can be made to be” (no juzgues un manusctrito como está, sino como puede hacerse que quede). En ocasiones tenemos que hacer un esfuerzo notable para “editar” y transformar nuestros textos, como sucede en la actividad traductora (¿qué término o expresión refleja mejor el sentido de determinada frase o idea?) y a veces simplemente nos editamos a partir de nuestra conciencia del contexto (a la abuela no le hablamos con el mismo vocabulario que a nuestros amigos y contemporáneos) y cambiamos nuestro registro dentro de un mismo lenguaje o idioma.
Cabe recordar que quien habla un idioma está limitado por sus reglas y su vocabulario, como apunta Steven Pinker en su libro Words and Rules. The Ingredients of Language (2001). Como sabemos, la interpretación del mundo pasará por el idioma en que se le expresa. Quien habla o lee o escribe más de un idioma cuenta con múltiples marcos de interpretación. Para Pinker, el lenguaje se desarrolla con un mecanismo similar al juego del “teléfono descompuesto” y evoluciona en el tiempo al mismo tiempo que se alteran las reglas de su funcionamiento. Los vocabularios, acentos, énfasis y modas cambian de una generación y de un grupo al siguiente. Un vocablo significa lo mismo y a la vez significa algo diferente. Como muestra John McWhorter en su libro The Power of Babel. A Natural History of Language (2000), los millares de dialectos tienden a mezclarse con los demás y no sólo es cuestión de evolución de los lenguajes, sino también de préstamos y adaptaciones de palabras y reglas existentes en otros.
En la tarea de edición, de redacción y revisión de nuestros dichos y nuestros escritos y en la lectura de textos o en la escucha de declaraciones de otras personas recurrimos a un constante esfuerzo interpretativo: ¿expreso lo que quiero?, ¿qué expresa ese autor o esa persona? A veces olvidamos quién nos da un mensaje y nos concentramos en lo que nos dice y cómo. Sin embargo, hay que ser precavidos. La tendencia a sentir que los libros que leemos traducidos son originales deriva en la “domesticación” del idioma de origen y también, advierte Lawrence Venuti, en la creciente colonización de la cultura (principalmente angloparlante) hacia las culturas de otros idiomas. Su argumento se basa en el hecho de que son más los libros que se traducen del inglés a otras lenguas que viceversa. La invisibilidad del traductor produce (vista desde el inglés), según Venuti, “una complacencia imperialista en el extranjero y xenofóbica en el interior” (The Translator’s Invisibility. A history of translation; 1995:17). Venuti cita la traducción al inglés de Lefevere de una frase de Schleiermacher en que recurre a la vez a las dos estrategias que este académico y pastor propone: extranjerización y domesticación. El ejemplo que resalta Venuti, respecto a la frase “zu einer fremden Aenlichkeit hinübergebogen”, traducida en inglés actual como “bent towardas a foreign likeness”, se puede traducir al inglés de otras épocas como “toward a foreign likeness bent”; al traducir la frase del alemán al inglés dejando el verbo al final (como todavía se usa en alemán y como se usaba en el inglés de otros tiempos), extranjeriza al seguir el uso del idioma del texto original y a la vez domestica hacia una versión del pasado del idioma de llegada (Venuti, 1995: 101-102). Señalo el ejemplo específicamente porque las dos tendencias no siempre conviven en una misma solución. Extranjerizar es algo que hemos escuchado cuando alguien afirma “accesar” como anglicismo y neologismo en vez de usar el término “acceder”. Domesticar suele hacerse cuando se utilizan términos del idioma de llegada (hacia el que se traduce) como en el caso de la traducción del título del libro de Günter Grass Ein weites Feld como “es cuento largo”, es decir, con la sustitución del “campo amplio” aludido en alemán por una expresión cercana a una usual en español.
La necesidad de editar lo que expresamos se ve cuando encontramos casos de textos en que los autores no se detuvieron en esa tarea, como se ve en diversas ambigüedades cotidianas (https://pin.it/4zmguOR5j; https://pin.it/5obq8PDtE; https://pin.it/5pCGrJlF1; https://pin.it/7dLas8A8U; https://pin.it/dhQ1VKzEI, por señalar algunas). Los diferentes registros también son traducibles e interpretables. Así, reconocemos la sinonimia, aunque la adecuación a contextos de términos como metiche/entrometido; pediche/pedigüeño; melolengo/bradipsíquico; chunches/componentes, entre otras palabrejas/otros términos. Solemos expresarnos con vulgarismos y cultismos, anglicismos y galicismos, lenguajes asociados a determinada clase social, arcaísmos y neologismos y en nuestro vocabulario conviven múltiples registros según sean en nuestras interacciones, lecturas y escrituras. Los registros también complican la traducción pues entender el significado de las palabras no siempre equivale a que podamos entender el significado de las frases en que se utilizan. Como sucede en dichos y refranes (por ejemplo: https://www.instagram.com/reel/DGD3wfSvozF/?igsh=dXU2bGR5enIxZDdn).
Las tareas de edición y de traducción cobran especial importancia cuando nos comunicamos en ámbitos académicos, quizá CASI tanto como al comunicarnos con nuestra pareja: debemos establecer con la mayor claridad las ideas que deseamos expresar, nuestras intenciones y nuestros argumentos. Aunque en las relaciones de pareja solemos teñir nuestras conversaciones con ambigüedades que las matizan de poesía, en las aulas y en las exposiciones orales ante académicos y en nuestros textos formales debemos reconocer la necesidad de ceñirnos a la disciplina editora/traductora. Cuando decimos, como docentes, algo en el aula o asignamos lecturas (en español o en otros idiomas), ¿qué tanto y cómo lo entienden los estudiantes? ¿Qué tan capaces son de expresarlo “en sus propias palabras” y en marcos con los que están familiarizados previamente?
¿Qué tan comunicables son los temas de unas áreas del conocimiento a otras? ¿Cómo podemos aprender de las traducciones y de la interdisciplina que echa mano de diferentes lenguajes, registros e idiomas? Venuti ofrece ejemplos de cómo se traducen textos y se les da un giro que convierte en actuales juicios que no están contemplados en los textos originales. Cita el caso de cómo una traducción de Suetonio (de la Roma imperial) por Robert Graves (1895-1985) al inglés carga al texto traducido con los prejuicios de homofobia de la posguerra como si fueran estigmas señalados en el texto latino; mientras el citado Friedrich Schleiermacher (1788-1840) aprovecha su actividad traductora para promover un nacionalismo germano aun antes de la unificación de los feudos bajo el dominio prusiano y se queja de que los aristócratas de Prusia sean francófonos incapaces de expresarse por escrito en alemán. En realidad, las posibilidades de la traducción y de la interpretación que le acompaña son diversas, pues incluyen, cuando menos:
De un idioma a otro (por ende, de una gramática a otra);
De un marco normativo a otro;
De un marco conceptual a otro;
De un registro a otro;
De una época a otra;
De una disciplina a otra;
De un ámbito laboral a otro;
De una lógica jurídica a otra (lo permitido, lo prohibido);
De una profesión a otra;
De un soporte a otro (de guión a representación teatral o cine); y
De explicación a comprensión y a acción.
Cuando alguien afirma, por ejemplo, que Marx escribió determinada afirmación, es probable que considere que las palabras de quien tradujo un texto de ese autor del alemán al español equivalen exactamente a lo afirmado en el texto original. Es altamente probable que “tengamos idea”, aunque no siempre es “la misma idea”, pues el texto en español es una mediación que nos aproxima, pero que no equivale. Algo similar al debate acerca de la supuesta “equivalencia” o “identidad” entre mapa y territorio y acerca de cuál antecede a cuál como plan o como concretización de algo no trazado aún. Al leer textos traducidos, hemos de considerar, al menos que éstos se originaron en una cultura y una época distintas a las que se expresan en el idioma al que se tradujeron y en el que los leemos. Incluso la lectura de un texto “actualizado” del mismo idioma (pienso en El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha transformado del castellano del siglo XVI a los registros del lenguaje mexicano del siglo XXI, por ejemplo) presenta retos que rara vez asumimos: ¿qué intenciones y efectos tuvo el texto original y qué usos se le dan y han dado en distintos momentos y contextos? Leer porciones de la obra El Capital de Marx en el siglo XXI (en español mexicano) requiere consideraciones históricas y políticas distintas a las que le dieron origen en la Alemania del siglo XIX. Cuantimás acontece con otros textos que nos llegan re-traducidos como algunas obras de la literatura rusa que primero pasaron al francés y de ahí fueron traducidas al español, o algunas versiones de la biblia asociadas a determinadas tradiciones institucionales y doctrinarias específicas.
Como productores y escritores de textos y de otras acciones interpretables, verbales o no, como lectores de textos escritos en nuestros idioma habituales o vertidos a ellos, como lectores e intérpretes de conductas verbales y no verbales, hemos de estar conscientes de que expresan más de lo que consideramos desde una posición ingenua de univocidad. Existen implicaciones que ni autores ni lectores podemos anticipar para el momento de la lectura o la aplicación de las “instrucciones” que pueden resultar ambiguas para intérpretes cercanos o lejanos en culturas, tiempos o registros expresivos (como la instrucción de “inserte aquí la pestaña”). Lo que nos lleva a cuestionarnos, en nuestra actividad docente, ¿cómo comprenden y aplican los estudiantes lo que sucede y se “comunica” (o se cree comunicar) en el aula y en los textos asignados o aludidos en los cursos? ¿Cómo cambia en el tiempo y las generaciones o periodos lectivos el significado y el valor de lo impartido en los cursos? ¿Qué tanto aproximamos a nuestros estudiantes a las nociones en que se originan los conocimientos (“extranjerizar” en la dicotomía de Schleiermacher) y qué tanto intentamos ahorrarles el esfuerzo de salir de sus ámbitos conocidos (“domesticar” en la segunda estrategia de Schleiermacher)?
*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología de la Universidad de Guadalajara. rmoranq@gmail.com
Rodolfo, el tuyo es un excelente texto.
https://revistaeducarnos.com/de-otro-modo/
Las preguntas que formulas abordan problematizaciones en varios planos. Uno de ellos sería el plano oblicuo, como diría Alfonso Reyes.
Emmanuel Lévinas, en su pretensión de establecer la ética como filosofía primera, no plantea el “ser en sí” o “para sí”, sino el “para otro”. Por ahí va el sentido de su libro “Otro modo de ser o más allá de la esencia” (“Autrement qu’être ou Au-delà de l’essence”).
Por otro lado, está el poema de Rosario Castellanos:
Meditación en el umbral
No, no es la solución
tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoy,
ni apurar el arsénico de Madame Bovary,
ni aguardar en los páramos de Ávila la visita
del ángel con venablo
antes de liarse el manto a la cabeza
y comenzar a actuar.
Ni concluir las leyes geométricas, contando
las vigas de la celda de castigo
como lo hizo Sor Juana. No es la solución
escribir, mientras llegan las visitas,
en la sala de estar de la familia Austen,
ni encerrarse en el ático
de alguna residencia de la Nueva Inglaterra
y soñar, con la Biblia de los Dickinson,
debajo de una almohada de soltera.
Debe haber otro modo que no se llame Safo
ni Mesalina ni María Egipciaca,
ni Magdalena ni Clemencia Isaura.
Otro modo de ser humano y libre.
Otro modo de ser.
El último verso me remite a tu escrito “De otro modo” del 3 de agosto de 2025.
Saludos cordiales y gracias, estimado Rodolfo.