Cuerpos

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

El tiempo deja una sustancia corruptible sobre los cuerpos. Las arrugas y los achaques son la evidencia de los años, las tristezas y los afectos.
Nacemos con cuerpos como cáscaras, frágiles, limpias y suaves. La intemperie los acondiciona con callos y curtimientos. Los endurece y los fragua. Las cicatrices son la prueba de los aprendizajes.
Los cuerpos de los niños son torpes. Les cuesta dominarlos lo mismo que a los viejos. Se diría que lo raro es que podamos controlarlos. Empezamos y terminamos con cuerpos bárbaros, como máquinas indomables.
Nada tan pueril como el culto a dioses olvidables que florecieron en el gimnasio. Algunos esculpen sus músculos con la obsesión que fomentan los estereotipos. Se hinchan y se tornean con rutinas exhaustivas que tarde o temprano se desinflan. La gravedad y la vejez los regresan a lo que fueron.
Hay quienes nacen con cuerpos de envidia. Otros los construyen con cirugías y otros los echan a perder con frituras y negligencia.
Albergan –los cuerpos– ánimas específicas. Hechos para andar distancias considerables o emprender tareas especializadas, se funden con cerebros y corazones. Difícil concebir a un luchador que escriba poesía o a un boxeador perito en ternura. Cada cuerpo se construye bajo ambiciones y anhelos. Con hábitos y costumbres.
Un cuerpo equilibrado es aquel en que habita la inteligencia, la bondad y la destreza.
Sirven para vender cosas y persuadir actos. La cinematografía y la publicidad se valen de arquetipos para construir argumentos y ejemplificar consecuencias. Los cuerpos se manipulan como marionetas. Son canales para la transmisión de mensajes.
Obtienen plazas políticas y laborales. Identifican puestos y oficios, historias, roles. Las brujas cumplen un perfil, lo mismo que los presidentes y los futbolistas. Aún las excepciones, como Schwarzenegger en la gubernatura de California, se reconstruyen con vestimentas y afeites. Pasará a la posteridad como Terminator, no como el cazador de indocumentados que también fue.
Los cuerpos están hechos de barro y saliva de Dios, dice la Biblia. Por eso regresan al barro. Y a Dios.
También están hechos de estrellas. De polvo sideral y de moléculas de asteroides. Todo en la tierra se recicla. Somos un préstamo de otras cosas. Llevamos trozos de pinos y de nopales y de ballenas y de águilas. A veces algunas de nuestras células recuerdan lo que fueron: tigres, perros mansos, serpientes rastreras…
Un día serán memoria. Neuronas en cabezas ajenas que a veces, cuando las cosas se alineen, recordarán qué fuimos. Viento, eco acumulado en la hojarasca de octubre.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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