Comunidades y gremios
Luis Rodolfo Morán Quiroz*
Hace unos días, durante una entrevista radiofónica con el sociólogo Dan Nathan Hael Nava y el antropólogo Alan Guevara Lazcano, discutíamos el tema de los bienes comunes. La noción, que es una traducción del término inglés “commons”, remite a cómo los recursos que pertenecen a un grupo de personas pueden ser administrados y responder a las distintas necesidades de cada una de ellas en cuanto miembros con derecho a acceder a esos recursos. El diálogo con ellos giró en torno al desarrollo comunitario, aunque en los párrafos que siguen me permitiré ampliarlo a otros ámbitos, pues los grupos con los que nos identificamos van más allá de lo que sucede en las localidades en donde habitamos. De entrada, nuestra pertenencia y nuestra referencia a diversos grupos nos plantea la pregunta de qué derechos, obligaciones, compromisos, motivaciones, incentivos y recursos tenemos en cuanto miembros de esos colectivos.
Los recursos comunes, ya sean tierras, aguas, acceso a servicios, instalaciones, suelen administrarse a partir de determinadas reglas que se acuerdan y se hacen explícitas en documentos a los que los miembros tienen acceso. Las reglas pueden ser escuetas y directas: “Cierra la llave del agua”, “No siembres o no construyas en esta porción del territorio común”, “No accedas fuera de los horarios acordados”, o pueden estar asociadas a términos contractuales más detallados, como en aquellos en que se reconoce que, si alguien desea ser miembro de un club, una asociación, una congregación, un gremio, una comunidad, un fraccionamiento, una demarcación o una institución, tiene obligaciones que suelen traducirse en contribuciones con trabajo o con dinero. Pronto hemos de aprender que el acceso a los recursos implica una responsabilidad y la expectativa de que los demás no abusarán de los recursos, especialmente para asegurar su permanencia. El ejemplo de los bosques para los productores de muebles es un caso y suele estar asociado con el tratamiento de las aguas que contribuyen a nutrir los árboles (https://www.youtube.com/watch?v=8A0JKOL8Cxo&t=50s&pp=0gcJCcYJAYcqIYzv).
La noción de bienes comunes puede aplicarse tanto en comunidades como en gremios, instituciones, congregaciones religiosas, partidos, y en todos esos contextos puede suceder que algunas personas lleguen desde fuera (outsiders, es un concepto que suelen utilizar los antropólogos) y se roben esos recursos sin ser derechohabientes directos. Mientras tanto, los miembros del grupo (insiders, señalan los antropólogos), que tienen acceso a esos recursos, se rigen por reglas explícitas que tienen la obligación de conocer y respetar. No obstante, hemos sabido de que, en muchas instancias, un individuo o un grupo (por ejemplo, el supuesto líder y su camarilla) se apropia de la “mandurria” tras haber sido nombrado para servir y luego se sirve de los recursos con la cuchara grande. Hemos sabido de eso en clubes, asociaciones, partidos (el caso de Alito Moreno, que se reelige en el Revolucionario Institucional), sindicatos y sus federaciones y confederaciones (Jonguitud, Elba Esther, Fidel Velázquez) y en gobiernos (Daniel Ortega, Fidel Castro, Nicolás Maduro, partidos que se constituyen en protectores de camarillas, cacicazgos locales), en universidades (en la Universidad de Guadalajara, el grupo de funcionarios derivado de las federaciones de estudiantes).
Esas instancias nos han servido para aprender la verdad de la sabiduría popular: “A quien parte y reparte le toca la mejor parte” y “En arca abierta hasta el más justo peca”, pues hay individuos y subgrupos que convierten a la organización (desde familias hasta iglesias, pasando por grupos de viajeros, de colonos, expediciones escolares y sindicatos) en patrimonio individual, familiar, étnico o de camarilla. Así, solemos preguntarnos en qué se van las cuotas vecinales, sindicales, fiscales cuando hay evidencias de que alguien cedió a la tentación de servirse y repartir a los amigos y a aquellos de quienes se desea un intercambio de beneficios, en vez de dedicar los recursos comunes al beneficio de todos los miembros del grupo. Lo hemos visto en sindicatos como el minero (Napoleón Gómez Urrutia, quien regresó de Canadá “purificado” bajo la 4T), el petrolero (Carlos Romero Deschamps, fallecido en 2023, contaba con algunos cientos de millones de dólares en una empresa fuertemente endeudada https://elceo.com/negocios/cuanto-dinero-tenia-carlos-romero-deschamps-esta-era-la-fortuna-del-exlider-de-pemex/), además del magisterial (Elba Esther lideró casi quince años en el SNTE, fue encarcelada y excarcelada por prácticas patrimonialistas como el tráfico de influencias).
Alguna vez, un migrante a quien entrevisté fuera de su país de origen afirmó que también las asociaciones de migrantes pueden servir el propósito de que, quienes las encabezan, contacten con gobiernos y funcionarios y, en vez de impulsar una agenda para promover políticas que protejan a quienes migran, reciban beneficios a cambio de ser más “suaves” en sus gestiones. Algunos jugadores de tenis, cuando se enfrentan con frecuencia contra los mismos contrincantes, se “acuatan” con el otro en un proceso que da idea de cómo quienes deben negociar desde el sindicato con contrapartes patronales ajustan su juego para reducir sus esfuerzos. Términos como “cochupos” y “concertacesiones” se han aplicado a esos procesos que reducen las exigencias de los gremios a cambio de beneficios para los negociadores y supuestos líderes que, de algún modo, actúan como quienes “se quedan con el cambio” cuando los mandan a la tienda y se guardan en el bolsillo individual los recursos comunes. Las historias del sindicalismo en diversos países y de las transiciones políticas suelen correlacionarse con las historias de las bonanzas o las quiebras de empresas o de las traiciones gremiales. En muchos casos, los “líderes” de los gobiernos, de los sindicatos, de las congregaciones, terminan convertidos en autócratas “porque no hay otros cuadros” para dirigir a las masas, a los creyentes, al pueblo, al gremio, a la gente en general. Viene al caso la trayectoria de Robert Moses (1888-1981), quien canalizó fondos federales a Nueva York durante 34 años (1934 a 1968). Cerca de la mitad de la inversión nacional en dineros federales se canalizó a obra pública en esa ciudad (carreteras, puentes, albercas, parques, nuevos desarrollos urbanos) y discriminó contra los barrios de afroamericanos. Buena parte de los bienes comunes de todo un país se concentraron en una sola metrópoli a partir de que Moses negoció con diversos funcionarios a quienes benefició.
La experiencia de las recientes elecciones en el sindicato de trabajadores académicos de la Universidad de Guadalajara (que funciona en varias regiones de Jalisco (STAUDEG) es una muestra de ese acuatamiento mencionado antes (entre la universidad en cuanto “patrona” y el sindicato como representante de una parte de los trabajadores. A lo largo de varios años hemos sido testigos de los beneficios que obtienen funcionarios y representantes sindicales por realizar acuerdos suaves que no “estresen” ni las relaciones entre universidad y representantes, pero tampoco generen conflictos con gobiernos locales y federal. De tal modo, el grupo que controla y “representa” al gremio establece las reglas de participación respecto a quienes desean entrar al ámbito de la representación gremial. Según el sociólogo Pierre Felix Bourdieu (1930-2002) en su teoría de los campos, existe una constante lucha entre los aspirantes a controlar los recursos del grupo o el ámbito de actuación frente a quienes ya controlan y definen el campo (editorial, de los perfumes o la vestimenta, gremial, de los bienes de salvación, entre otros). En algunos casos, este patrimonialismo (entendido como el manejo de recursos comunes como si fueran exclusivos de un individuo o grupo) deriva en situaciones como la que se plantea en la cuestión de para qué respetar normas sociales cuando se puede escapar de su observancia con algún pretexto de privilegio y excepcionalismo: (https://www.facebook.com/share/r/19P52V72xj/).
Los conductores de automóviles simplemente señalan que ellos van a donde deciden, pues traen en sus manos el volante. Hay quien señala que quien trae “la mandurria”, el “bastón de mando”, “la banda presidencial” o algún otro distintivo, que puede ser la amenaza de la movilización masiva de su gremio o la mayor cantidad de votos en la más reciente elección, está en condiciones de exactamente eso: establecer las condiciones para las negociaciones en cuanto al uso de los recursos (plazas, cursos, niveles, puestos, permisos, comisiones) y la definición del grado al que los miembros de la comunidad o el gremio pueden acceder a ellos. Una sátira en esta canción “Voten por mí”: (https://www.youtube.com/watch?v=sqyw4XEF5Lo&list=RDsqyw4XEF5Lo&start_radio=1).
*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología de la Universidad de Guadalajara. rmoranq@gmail.com
Excelente articulo