Celebraciones confinadas

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

El confinamiento sanitario nos obliga a replantear todas las formas de convivencia. Hasta las celebraciones precisan de una solución alterna. El Niño, la Madre, los Maestros deben resignarse a recibir bendiciones distantes y festejos creativos en su día. Por lo tanto, papás cariñosos, hijos agradecidos y alumnos conscientes buscan soluciones donde quepa el afecto y se perpetúe la tradición.
Los videos con frases emotivas e imágenes que subliman las culpas están a la orden del día. La red ofrece un inventario abundante para quienes no tienen la paciencia para elaborar un contenido ni la sensibilidad audiovisual para construir un mensaje. La inactividad siempre es buen aliciente para aprender a utilizar “iMovie”. El desarrollo de las habilidades digitales será otra de las consecuencias de la pandemia.
El alejamiento y la reclusión permiten contentarse con muy poco. No habrá madre que cuestione la calidad de la edición ni maestro que corrija la ortografía de sus alumnos. Se acepta con gusto cualquier cosa que ofrezca intenciones nobles. Las lágrimas brotan con la facilidad del temor infundido por el noticiario y el hartazgo del interminable aislamiento. La pandemia sorprendió a todos sin el ánimo para disfrutar de la propia casa ni las aptitudes para reducir la relación humana al familiar directo. En cuestión de hallar catarsis nadie pone remilgos. El llanto brota fácil y la cursilería se saborea como la última gota de agua en el desierto.
La humanidad es víctima. Los sobrevivientes somos héroes.
Las emociones se mantienen en perpetua exaltación y nadie pierde la oportunidad para demostrarlas. Las novias aman a distancia y lo declaran sin rubor en el “Insta”; los alumnos extrañan su escuela y los abuelos postergan obsequios tan desproporcionados como inútiles para sus nietos.
La conciencia de lo humano se redimensiona. La Madre, el Niño, el Maestro representan más que simples conceptos. La esperanza para recomenzar sin yerros. La promesa de valorarlos sinceramente.
En lontananza, todo homenaje es recibido con turbación y consuelo. La vida cotidiana parece una posibilidad onírica, un aplazamiento aspiracional que el Niño, la Madre, el Maestro representan como un ritual laico, una fe pagana, una concreción de lo ideal.
El festejo es una manifestación de nuestra fe secular. Un íntimo deseo de existir, sin la evidencia científica de Dios ni la fragilidad vital de nuestra condición.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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