Campañas

 en Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

Las campañas electorales se destacan por su patetismo y falta de argumentos. En Tamaulipas, un candidato propone traer a la banda Metallica gratis para convertir a su municipio en una ciudad de conciertos. En el sur, un candidato del partido Verde se disfraza de tucán y baila. En el Estado de México, una candidata se monta en una Harley Davidson y dice “a darle, que es mole de olla” para luego presumir un paseo donde va de copiloto. Hay uno que hace “Photoshop” a Superman para empalmarle su propia cara. Otro se menea –mal– al ritmo de lambada y otro más demuestra su condición física con ejercicios inútiles. El candidato al gobierno de Nuevo León parece que va a hacer su primera comunión… Lomelí echa vítores equivocados a Movimiento Ciudadano cuando representa a Morena.
Mientras se despilfarran los recursos en campañas que no presentan propuestas sino candidatos que se humillan para rogar simpatías, el crimen organizado ha acribillado a 80 políticos, la mayoría de los cuales resultan opositores a los gobiernos en turno.
Por otro lado, la federación pretende solucionar la inseguridad con la militarización del país. Los asesinatos, secuestros y robos siguen a tope y los candidatos eluden el asunto: no consideran importante hablar de ello en sus mítines y discursos. Abel Murrieta, que sí lo hizo en Sonora, fue callado a tiros.
Tal parece que los postulantes a alcaldías, gobiernos estatales y diputaciones prefieren no meterse en problemas y, en cambio, impresionan a los electores con pasos de baile, cantos promocionales y chistes malogrados.
Cuando las campañas se sustentan en payasadas y no en propuestas específicas (que los candidatos casi nunca cumplen una vez en el cargo, por cierto), el tono de la democracia adquiere las características de una farsa. Un proceso en el que nadie cree, nadie apoya y cuyo resultado a nadie le importa. Ni a los propios candidatos, que cambian de partido, ceden sus candidaturas y establecen alianzas con sus aparentes rivales para obtener registros o premios de consolación.
Decir que México vive una crisis política es expresar una obviedad. O la sociedad civil no está lista para exigir seriedad o los excesos de ochenta años de transas, mentiras y fracasos nos llegan de golpe.
Se advierte el triunfo de gobiernos municipales que queden bien con quienes detentan la voz a través de las redes sociales. También se supone la emisión de estrategias mediáticas que difundan la mala imagen de sus enemigos. No parece haber una discusión de fondo en asuntos energéticos, presupuestales, educativos, hacendarios… Ni porque los gobiernos instalados lo fomenten ni porque los partidos opositores abran la discusión más allá de críticas parciales o de plano maniqueas.
De un partido político se espera una visión de sociedad (a tres, a diez, a cien años), una postura definida donde los actores que la integran (con alianzas estratégicas e identificación de perspectivas por asumir) y un programa de acciones paulatinas para alcanzar ese ideal.
En las campañas no se encuentran programas, proyectos ni posturas. Significa que quien gane o pierda dará lo mismo. El electorado cruzará el color del candidato cuyo meme o video conserve en el teléfono celular. Quien resulte ex compañero de la escuela o el amigo de un amigo que conviene apoyar a cambio de prebendas ficticias.
Las mayores elecciones de la historia nacional advierten la menor politización de los grupos sociales que ejercerán su derecho en las urnas. Y que en teoría luchan por sus intereses en las decisiones del municipio, del estado, del país. Pero el país que cada quien imagina se encuentra en la fase de una pesadilla compartida. Acaso lo único común a todos los votantes, sin un despertar previsible.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalenci@subire.mx

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