Cámaras y actores
Rubén Zatarain Mendoza*
La popularización de los dispositivos móviles ha generado el consumo extensivo de teléfonos para amplios sectores de la población, incluyendo menores de edad. Con los teléfonos móviles se ha dispersado el uso de cámaras de fotografía y video.
La “democratización” del acceso, la reestructuración de las economías familiares e individuales, la competencia entre compañías ha puesto en manos de las masas los instrumentos para el intercambio de imágenes y sonidos, para ser partícipe pasivo las más veces de ese lenguaje de interacciones de significados múltiples, muchas veces pseudoconcreción del sentido auténtico de la comunicación.
Más allá de los creadores de contenido que todos los días se renuevan, están los usuarios que en la vida cotidiana se conectan mentalmente y en comportamiento a estos dispositivos.
El impacto del uso masivo de teléfonos móviles en los campos de la economía, productividad y el desarrollo cognitivo en los entornos escolares y extraescolares, desde educación básica hasta superior, son fenómenos aún por documentar.
Las complejas conexiones entre lenguaje y desarrollo de la inteligencia, la pseudoconcreción del uso del lenguaje a través de las mediaciones audiovisuales que implica la hiperdigitalización.
Las ganas de hablar, de decir, de regalarse en imagen como bono de aceptación social, como sublimación y rebeldía del no ser, de sujetos con sentimientos y emociones en las jaulas de las habitaciones y rincones, el sentido del absurdo de habilidad social guardada mientras se toma de la mano el aparato y con él, anonimato y silencio.
El sujeto y las competencias comunicativas, habilidades humanas y sociales de una esencia y sentido diferentes, el encuentro virtual con el otro como costo económico y de administración del tiempo que se cobra tal entorno.
Los entornos laborales y productividad en oficinas de administración pública y privada, la huidiza concentración en los espacios de aprendizaje, los otros impactos visibles.
La exacerbación del exhibicionismo y el autodidactismo para ensayar poses que capten la mirada ajena. El ángulo para socializar rostros, cuerpos y escenarios.
El parecer que se impone al ser y la colección de fotos e imágenes en redes sociales, la socialización virtual e imagen que sustituye la palabra e interacción, la persona en cotidiana abstracción.
Las infancias y juventudes teatrales, las modas y artificios, fiestas compartidas y mejor toma del plato de comida no elaborada por manos propias, el mejor ángulo de la bebida prohibitiva en el eco distante del discurso escolar de la vida saludable.
Los rostros que ocultan para mejor momento soledad, depresiones, tristezas y ansiedades. Los niños y jóvenes, los narcisos y adonis, los modelos y dictaduras de belleza y el mercado de los cuerpos para niñas y jóvenes. La omnipresencia de la inequidad y la incapacidad adquisitiva de buenas ropas y artificios, de teléfonos de alta gama inalcanzables, los retoques que juegan a las escondidas tras bambalinas y píxeles.
El cosmético y belleza representativa, el mercado de las sonrisas y la danza estática de los labios que simulan besos, que guardan sus mejores muecas.
Ser visto y comentado como necesidad creada, la cámara de foto y vídeo en el dispositivo móvil como extensión y como bastón psicológico y bálsamo de soledad; el aparato a todos lados y cuya portación administramos como necesidad vital, el cargador, cuyo olvido hace crear tics nerviosos, la angustia de olvidar o perder de vista el teléfono.
El teléfono móvil, textos y mensajes, el álbum de privacidad y las múltiples fotografías. El autoconocimiento a través de la imagen, la sombra de realidad que compramos de nosotros mismos y que coloniza voluntariamente.
Las claves de acceso celosamente resguardadas, la privacidad como algoritmo de uso común en las plataformas donde campean aplicaciones de inteligencia artificial, donde el hombre y la mujer objeto casi traen código QR de mercancía.
El ojo invasivo que ve lo que no compete, la descentración de la propia vida y la atención a la vida ajena de las vidas inútiles de los consumibles del mundo de la música y el cine.
El jugoso mercado. El uso y los fines de los mismos que rebasan la intencionalidad comunicativa y recreativa para ser medios de comercialización, publicidad y control político.
El niño de primer grado, después de hacer de mala gana la tarea escolar, que llora amargamente en un rincón de abandono en una frutería porque no tiene Internet, incapaz de crear sus propios juegos. La angustia de la madre que ha de atender a los clientes y que esta vez no ha pagado a tiempo la cuenta del servicio.
La calle y la seguridad en la gestión y ejecución de la autoridad de los tres niveles de gobierno. La toma de fotografías de personal de la Marina y de la policía estatal de Jalisco que posan ante la cámara mientras catean a un motociclista de moto Italika, para ellos sospechoso, celebrando anticipadamente documentado informe de trabajo.
La inteligencia artificial y la perversión de las reglas de ortografía, la perversión del sentido de lo humano, el sujeto de las formas huidizo de las esencias. La ciudadanía y el mundo real, la hiperrealidad de la calle y los medios de información.
La imagen y las campañas electorales, la venta de rostros falsos en esa democracia falaz de la que somos paganos y clientes del mercado cautivo en el que se ha convertido la ciudadanía.
Las fotoinfracciones y los sospechosos límites de velocidad autorizados en lo oscurito y a discreción. Las fotos, tarjetas y placas, la incesante captura del conductor con fines recaudatorios. La crisis vial y ecológica del medio urbano como antítesis de la civilización y como objeto de creadores de ideas financieras insaciables, de gerentes de la política pública con ideas empresariales. El ciudadano y las consecuencias del voto en las campañas de los boots y de las cuentas mochas de votos aparecidos en bolsas negras.
La foto de la licencia de conducir costosa, los pasaportes y las tarjetas bancarias cuyos sistemas de banca móvil imponen como requisito la fotografía del rostro.
Las cámaras que se cuelan a bolsas y bolsillos, a pupitres y mesas de trabajo, a camas y sofás.
La vida cotidiana que nos convierte en actores mecánicos del guion de un metaverso e hiperdigitalización para el que nuestros cerebros están en proceso de adaptación.
El tiempo real de vigilia y sueño, la ingente necesidad de recuperar habilidades lectoras y tiempo de concentración y estudio. El desafío de la inteligencia artificial y el reto de construir una pedagogía para distraídos y actores del propio guion de estulticia.
*Doctor en Educación. Profesor normalista de educación básica. zatarainr@hotmail.com