Calendarios que cansan y desgastan

 en Jaime Navarro Saras

Jaime Navarro Saras*

Durante el último gobierno priista antes de la alternancia del PAN en 2000, surgió la ocurrencia de ampliar el calendario escolar vigente de 180 días en promedio a 200 días, la tradición era iniciar el ciclo escolar la primera semana de septiembre y culminar en la última semana de junio, en tanto julio y agosto eran de vacaciones para toda la escuela, un gran grueso de estudiantes transitaban por los cursos recreativos de verano, al igual que los maestros en las escuelas Normales de verano, a estos últimos les implicaban invertir 6 veranos para culminar una licenciatura e intentar, con ello, tener una mejora laboral con la doble plaza o migrar de la educación primara y preescolar a la secundaria, e incluso acumular puntos en el escalafón y poder aspirar a subdirecciones, direcciones, supervisiones o jefaturas de sector de educación básica.
La llegada de un calendario de 200 días implicó una serie de cambios administrativos, con su creación se aseguraba por la SEP y sus asesores que más días de clases eran sinónimo de calidad, a la fecha la realidad educativa no ha podido demostrar que esta hipótesis sea cierta y tenga validez, lo que si es cierto es que en la mayoría de escuelas (conforme llega el mes de julio) se torna un ambiente donde se respira molestia, desgano, cansancio y desmotivación.
Cuando surgió el calendario de 200 días y se puso éste práctica durante el ciclo escolar 1993-1994 (según el Acuerdo 179 firmado por Ernesto Zedillo, entonces secretario de Educación), la mayoría de escuelas siguieron actuando como si aun funcionara el calendario anterior, ya que la entrega de calificaciones no sufrió modificación alguna, sobre todo para los últimos grados tanto de primaria como de secundaria, en estos casos se solicitaban desde las primeras semanas de junio y después de eso los maestros seguían impartiendo clases (o lo que se pareciera a ello) tres o cuatro semanas más hasta que terminaba el ciclo escolar.
Con el tiempo y hasta la llegada de la reforma educativa de Enrique Peña Nieto, si bien había un calendario escolar, cada escuela y de acuerdo a sus características, terminaban las clases con alumnos como querían y entendían las cosas, lo cierto es que se demostró en la práctica que los 200 días de clases sólo eran un referente que con el tiempo se convirtió en mito y, hasta, como un instrumento de control para docentes y estudiantes.
A la fecha no se han dado informes convincentes de las mejoras educativas que implica tener un calendario de 200 días en cambio, y revisando el calendario que entrará en vigor el siguiente ciclo escolar (2022-2023), el hecho de que las clases inicien el lunes 29 de agosto y culminen el 26 de julio, está claro que las escuelas estarán abiertas los 12 meses del año, visto así suena hasta cansado, sobre todo porque el ciclo escolar vigente terminará el 28 de julio, justo un mes antes de que empiece el siguiente.
En este escenario de días amontonados por un calendario que asiste más a los intereses laborales de las familias que a los procesos educativos, a toda costa se avizora un desgaste de docentes y estudiantes, ante ello no se ven posibilidades educativas que puedan ser mejoradas desde un calendario que fue creado y pensado para tener ocupados a estudiantes y maestros, y digo esto porque, a nivel mundial, principalmente en países como España y la mayoría de escuelas en EEUU (a pesar que no haya un calendario nacional como en México, por su sistema descentralizado) las escuelas de educación básica inician clases la primera semana de septiembre y culminan la última semana de junio, como era antes de 1993 en México y donde estos países ponen como prioridad fundamental las actividades recreativas que los estudiantes puedan desarrollar durante los meses de julio y agosto.
En un país como el nuestro y con tantas carencias en las escuelas, más días laborales no implican calidad o excelencia, si éstas tuvieran todos los equipos, espacios disponibles y personal suficiente para cumplir con la tarea, posiblemente sería otra la realidad educativa a mejorar, pero cuando se carece de todo, suena hasta absurdo que la SEP no haga su parte y que el SNTE no exija las condiciones óptimas de las escuelas y su organización para que el magisterio desempeñe su trabajo sin tener que sufrir la milla y el desgaste natural que los años en el servicio le van provocando.
Lo único cierto es que con calendarios como el vigente solo hay una garantía, que con el tiempo los cuerpos docentes entren en un proceso de desmotivación y vean más su función como una carga pesada que como una labor maravillosa (que realmente es), o como decía un viejo maestro ya jubilado: “en el magisterio se paga poco, se trabaja mucho y no se reclama nada, somos víctimas de nosotros mismos, en tanto, casi somos mártires de nuestro propio destino”, en fin…

*Editor de la Revista Educ@rnos. jaimenavs@hotmail.com

  • Víctor Ponce

    Cada mes de junio de cada año, veo ambientes escolares bastante tensos (en secundarias). Toda la energía de aguante y enojo de las adolescencias emerge con fuerza, con furia en estas semanas. Contener esa furia es muy desgastante para las y los profes. Si sabemos esto, ¿por qué dejamos que esto pase?

    • revistaeducarnos

      Gracias por tu comentario, dejamos que pase porque no hay quien represente a los maestros y ponga ideas en la mesa de lo que se debe y tiene que hacer con la escuela, está demostrado que más días no es sinónimo de calidad y llega un momento como en el caso de los meses de junio y julio, que los maestros sólo cuidan niños y adolescentes y todo porque para el Estado es mejor que estén en las aulas que en las calles porque las casas o departamentos les quedan chicos para sus necesidades de desarrollo.

  • Rafael Salazar García

    Es una realidad que la política educativa solo sirve a la política de estado, y que la condicionante de un empleo seguro sea lamentablemente el desgaste del ser y hacer de un maestro. 180 días permitía a docentes y alumnos recuperar esa energía de rehacer el aprendizaje y la enseñanza para volver “con pilas y ánimos” renovados. Una docente decía “no todo lo viejo es obsoleto y no todo lo nuevo es una maravilla”…se necesita conjugar lo de ambos en pro de los derechos de los alumnos y los maestros.

    • revistaeducarnos

      Totalmente de acuerdo contigo Rafael, se requieren espacios y tiempos de descanso, sobre todo porque la docencia es muy demandante emocional y laboralmente hablando.

      Saludos

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