Autoridad
Jorge Valencia*
Una de las características de las generaciones más jóvenes es la ambigüedad para reconocer a las figuras de autoridad. Su anarquía moral no es espontánea; ha sido construida a través de la crianza, la escuela, los políticos y los medios de comunicación —especialmente los digitales— cuya inconsistencia formativa les ha hecho asumir el “respeto a los mayores” (adultos, académicos, curas de diversa denominación y gobernantes) como una lesión intrínseca de su libertad. Su conciencia les dicta: lo que “está bien” es lo que “me da la gana”. Y esto varía y se contradice según la conveniencia.
A los papás ya no les incomoda que sus hijos les pateen las espinillas o que a temprana edad decidan no comerse la sopa. El sesgo de las leyes educativas impide a los maestros el ejercicio de la única forma de coerción que hasta hace muy poco aún conservaban: reprobarlos. Hoy todos merecen aprobar sólo por el hecho de estar matriculados. Los mejores convencen a sus alumnos; el resto finge que enseña.
Los niños crecen bajo el sino de una educación rupestre, sin los límites ni la orientación que quienes les acompañan (adultos sin convicciones) no atinan a definir porque tampoco sustentan la convivencia bajo la forma de la empatía. Los otros estorban para la consecución de los caprichos. En una sociedad egoísta, el gandallismo es el canon. Muchas veces sin hermanos, los niños aprenden que son el centro del universo.
Si la primera educación se da en casa, la reformulación de la familia como institución ha provocado confusión. Los niños aspiran a “tener” cosas, no a “ser” algo. La posesión de un coche justifica las maneras de obtenerlo. Aunque se delinca. La envidia es el motor para el consumo.
Así, la violencia como método de supervivencia se difunde y multiplica. ¿De qué sirve la persecución si quien persigue también está corrompido? Círculo vicioso.
Si “autoridad” significa “hacer crecer”, quienes mandan tienen un deber sobre los depositarios de su influencia (persuasión no coercitiva): convencer, orientar, guiar. En la práctica, ese derecho de mandar se materializa en imposición irreflexiva: “por mis pistolas” provoca una falsa obediencia. Se finge que se acata lo que no se acuerda. La forma de la relación es la apariencia. El jefe que no modela fomenta subalternos que no cumplen, en un existencialismo kafkiano donde nadie aporta nada por el bien común.
Si la empatía es el recurso máximo del que disponemos para la consecución de la paz, la agresión sigue siendo el esquema de nuestra vinculación.
La autoridad se merece. Su razón de ser está en el beneficio individual y colectivo. El árbitro de un partido de futbol sólo es autoridad si los jugadores juegan mejor.
*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx